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El Cumpleaños de Leonardo

Ilustración del relato 'El Cumpleaños de Leonardo'La noche no pudo mantenerse levantada un instante más y cayó desvanecida a los pies del día. El sol, encendido, comenzó a ascender con lentitud, digamos por un hilo, hasta quedar colgado en un extremo de la ciudad.
A esa hora, unos besos tronadores, salivosos, deshicieron el silencio. En la calle un viento inesperado alzó una hoja de periódico. Al llegar frente al cristal polvoriento de la ventana se abrió como las piernas de una teibolera y Marcos alcanzó a leer un titular de la sección de finanzas que no entendió, algo referido a una multinacional que, pese al volumen de sus deudas, se enorgullecía de su cuenta de resultados. El titular incomprensible generó sobre él un efecto calmante. Si así eran las cosas, no tenía una sola razón para preocuparse. Pasados quince segundos, el ruido de los dos cuerpos colisionando, POC POC POC, se superponía a los chillidos ratoniles, IK IK IK, que la cama dejaba escapar. En este punto, los oídos de Leonardo también fueron visitados por gemidos femeninos, que él identificó inmediatamente como muestras de placer. Le resultaba fácil imaginar la escena detrás de la puerta. Movió una de las piernas, agitó la otra y no tuvo dudas de que en su organismo acababa de acaecer un fenómeno mundanal y telúrico: se le había parado la verga. Porque así como el que pone los ojos en un triste se entristece, así el que oye gemidos lujuriosos se le cubre el ánimo de lujuria. Leonardo procedió a quitarse la ropa, casi se la arrancó de dos manotazos, y se refregó contra el tapete del suelo como si estuviera sobre una mujer. Cuando el roce aumentó la fiebre en su cuerpo, se detuvo sin derramar una sola gota de leche. Contempló su hombría en erección con una extraña mirada de rabia. Le habría gustado que nadie hiciera el amor, sólo porque él no lo había hecho. Estaba encerrado, escondido en el baño. «Métete ahí y no salgas hasta que yo te diga», dijo Vanessa cuando llegó Marcos, quien ahora a ella le seguía arrancando gemidos de gusto. Poco después, Marcos empezó a dar alaridos. Algo excesivo. Tanto que Leonardo volvió a arder en deseos por probar un goce semejante. Pero ésos no eran alaridos, era un grito entrecortado, como de mariachi, como de azteca en medio de un ejército de españoles. «JUUUUUYJUTUITUITUIYYYIIII.» Marcos celebraba su eyaculación como un caballo. Sí, entre mariachi y relincho. Y, como consumado solista, Leonardo comenzó a tocar por nota su magnífico instrumento. Fue interrumpido por el rumor de una pelea oral: Vanessa y Marcos ahora estaban discutiendo. Leonardo no alcanzaba a captar lo que se decían, ni le importaba. De pronto oyó un portazo, BLAM, que era un adiós, el adiós de Marcos, un zapatero solterón de cinco décadas, un individuo demasiado común, demasiado repetido, moldeado por las torpes manos de la miseria, que se sintió ofendido y avergonzado con una frasecita, «eres como un adolescente, miamor», entre suave y sarcástica. Como todos los hombres, Marcos tenía un dios pequeñito en su interior, al que había que alimentar, sostener, elevar, cuidar, y en lo posible, mentir. Cuando él se marchó, el dormitorio se transformó en un espacio distinto: un cuarto anodino, paredes lisas, muebles avejentados y vista a una desolada avenida de mucha basura inerte que producía un exceso de amenaza de extinción. Silencio. Cubetada de agua fría. Puñalada por la espalda. Vanessa permaneció con la boca abierta, como acabada de despertar. Percibió que una descarga de agonía, nauseabunda, le mariposeaba en el estómago. Consideró que se trataba de bichos. Pronto advirtió que la sensación era más compleja e inconfundible. Parpadeó, desmadrada por la realidad, temblando, con deseos de inhalar, de jalar fuerte, de meter por boca, vena y nariz cocaína, ácido, marihuana, opio, tabaco… lo que fuera y todo de una vez. Maldita sea, ni siquiera tenía una cerveza para engañar a la amargura. Ni dinero, ni un perro, ni una amiga. Consultó el reloj de la pared. No le preocupó la hora. Total, nunca llegaba temprano. Su vida era un continuo llegar tarde: a las oportunidades, a los amores, a los sueños. Por ejemplo, cuando Marcos apareció en su biografía y le hizo creer que la cotidianidad podía adecentarse, ella ya pasaba de los veinte años. De sus ojos rodaron lágrimas que se deslizaron con rastros de rímel, crema, sudor, colorete, pintalabios. No era un llanto aparatoso, con hipos y quejidos; era un llanto lento, silencioso, imparable. Lloraba por todo y por nada; porque se sentía sola, dueña de un reino vacío; porque sólo se ponía vestidos holgados y, aun así, debía soportar a diario los requiebros indecentes de los vagos callejeros; porque su marido, que era un simio evolucionado, tres grados inferior a un hombre, desde que obtuvo el título de papá, ocupaba la cama exclusivamente para dormir; porque su amante siempre eyaculaba sin esperarla, sin poder evitarlo, como un adolescente; porque ya había sido un día largo y ni siquiera eran las ocho de la mañana; porque el mundo era como era; porque padecía frustración sexual exacerbada; porque su marido parecía encontrar más placer en los brazos de Morfeo que en la carne de mujer; porque su amante tardaba más en ponerse el condón que en dejarse caer a un lado de ella. Leonardo entornó la puerta del baño. Miró con detenimiento el perímetro del dormitorio y, cuando estuvo seguro de que no había moros ni cristianos en la costa, salió. Tras dar dos pasos, quedó estático por un largo rato. Contempló con deshonesto deleite las tetas estrujables, la leve y atractiva curva del vientre, los torneados muslos separados. Tan suplicante como amenazador, prosiguió su avance hacia Vanessa. Vanessa se encontraba en la misma posición en que Marcos, su amante, la había dejado: desnuda, con la noche perdida en el pelo y la luna aferrada a su piel, arropada por un desteñido pedazo de sol que se colaba por el cristal polvoriento de la ventana, tendida bocarriba en el lecho matrimonial, sobre una sábana impregnada de colonia barata para después del afeitado y del inconfundible olor inmediatez matérica, incapaz de exigir respuestas a la existencia, sumida en el dolor del alma que el tiempo esculpió en su rostro, sometida a la influencia de un futuro que nunca llegaría, tan pasivamente animal. Por la ventana del recuerdo vio a una niña, muchos años atrás, que se desplazaba de luna a sol por una playa de arena blancuzca. La niña recogía conchitas y se sentaba a la sombra de las palmeras para escuchar el canto del apacible mar. Vanessa retornó al presente, se apartó el pelo de los ojos y se miró en el espejo del tocador. Ni ella misma, a pesar de su baja autoestima, podía negar que el carro de la edad (cuarenta) no le había arrollado la belleza del cuerpo, que, sin perder firmeza, se mantenía demasiado pródigo en redondeces. Buena hembra, útil para el arte de la fornicación. Pero se lo había pasado muy mal en la vida. Y había otra posibilidad: se lo habían hecho pasar muy mal en la vida. Además, la muerte la rehusaba, seguía otorgándole promesas incumplidas. Se quedó allí llorando su suerte hasta que las lágrimas se le secaron. En medio del rompecabezas tenebroso que esa mañana le armaba, viró la cabeza hacia la derecha y vio que Leonardo se acercaba a ella. Él caminaba con seguridad, desafiante, como hacen los vaqueros cuando dan los diez pasos en el duelo. Hoy era su cumpleaños número veintidós y todavía no había tenido la oportunidad de aparearse con una dama. No le faltaban ganas. Lo que le faltaba era un poco de belleza. Era muy feo, sí, y todas las putas y también las hijas de puta del barrio le huían. Por eso, con la respiración ansiosa, ávida, medio quejumbrosa, colocó sus huesudas manos en las curvas vanessianas. Vanessa trató de frenarlo con un muy vago no, casi tan falso e inconvincente como un prometedor sí. Él continuó tocándola con la ansiedad de quien está a punto de resolver un enigma. Vanessa, confundida, pretendía negar su propia excitación sexual. Se dijo que no era posible que estuviera pasando esto. Pero ahí estaba un pene de respetable grosor apuntándole justo a la cara. Y ella se dio cuenta de que su propia concupiscencia era tan tenaz que mejor era cederle paso, no resistirse. No vio ninguna razón por la cual hacer la bestia de dos espaldas con Leonardo no pudiera ser hermoso y beneficioso para ambos. No habiendo otro hombre en casa (su marido no regresaba del trabajo hasta las nueve o diez de la noche), pensó que sería mucho mejor para el muchacho perder la inocencia en la seguridad de su propia hogar. Cerró los ojos (ya no quería ver, quería sentir) y aferró con su mano derecha el sello masculino descubierto. Era como si ella tuviera un pájaro palpitante en la mano, un pájaro que trataba de volar hacia el techo pero que Vanessa retenía para su propia satisfacción. Así, Leonardo fue acogido, recibido, y a la vez, acosado, requerido. Llenó el silencio de notas desgarradas al sentir que Vanessa posaba sus labios gruesos, deseables, mamadores, sobre la ardiente copa de su árbol. Con su lengua la mujer subía y bajaba por la corteza, y de vez en cuando enseñaba una sonrisa de muchos dientes. En el momento que el árbol estuvo lo suficientemente labrado y a punto de expulsar la savia que traía dentro, el joven lo apartó de las aguas salivares. Le pareció adecuado acostarse a un lado de Vanessa y besarle el cuello para ver que demonios pasaría. Tras vacilar un minuto, se acostó a un lado de ella y le besó el cuello. Entonces Vanessa gritó y se levantó de un saltó, como si se le hubiera aparecido ante las narices el mismísimo Satanás con cuernos, patas de cabra y el rabo en la mano, dispuesto a darle por el culo. Luego fue a ducharse en el baño lleno de champús, cremas, rastrillo, calzones puercos y sudados. Se frotó el cuello con aspereza, con la urgencia de arrancarse de la piel el contacto de dos verrugas de su hijo.

 

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Narrado por Francisco Enríquez Muñoz el 20-08-2009 [Escribir comentario]
Categoría: Cuentos

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