La Tía Clara
Aunque no entendía muy bien qué ocurría, estaba tan excitada como mis padres.
Si ellos hablaban, yo hablaba. Si sonreían tras un comentario, yo sonreía. Si reían tras una anécdota del pueblo –para mí un sinsentido-, yo reía. Incluso mi madre me contagió sus lágrimas, a pesar de intentar ocultarlas tras el grueso álbum de las fotografías gruesas y ocres. Cuando vio mi lloro, me abrazó con fuerza susurrando: “no, Clara, cariño… No llores. Hoy es un día grande y feliz”.
Hoy es 29 de agosto. Sí, amigos, esto se acaba. Se acabó la playa, el chiringuito, las caravanas y demás imágenes relacionadas con la parafernalia estival. Espero que no lo lleven muy mal y quédense con los buenos momentos que, seguro, han vivido en sus vacaciones. Rememoren los bailes en la plaza del pueblo, el aqua park y, por qué no, regodéense en esos libros que han disfrutado desde la tumbona.
Esta semana me he quedado realmente sorprendido. Anonadado diría yo. Todos sabemos, y sino, lo intuimos que somos estafados en mayor o menor medida, por comerciantes de barrio, grandes superficies o vendedores varios. Es algo que tenemos asumido desde que nacemos: el tendero intenta inflar sus precios o colarnos mercancía defectuosa para paliar la obscena maniobra de los intermediarios que les dejan muy poco margen. (Espero que nadie se sienta ofendido).
Para alguien que está convencido de que la forma de aprender a escribir bien desde un punto de vista literario es leyendo a buenos escritores, novelistas o cuentistas, se ve algo sorprendido al comprobar que practicando ese tipo de escritura en páginas cibernéticas dedicadas a tales menesteres se da un número escaso de personas —muy pocas y especialmente dotadas para ello— que lo consiguen verdaderamente en el corto espacio de un par de años… y terminan siendo escritores aceptables, buenos cuentistas y novelistas, con obras dignas de ser editadas y dadas a conocer al gran público.
Buenas, mi nombre es Rocío López. Soy una gran aficionada a la literatura y me encanta vuestra revista, por esas dos razones me permito enviaros un cuento a ver si es de vuestro agrado.
Los que tengan a bien leerme a menudo (cosa que les agradezco profundamente) sabrán que no está en mi ánimo, ni siquiera en mi forma de ser el descargar el tintero en forma de disertaciones varias lanzadas contra quien no me gusta como escritor. Y no lo suelo hacer porque creo que la escritura es tan plural y tan libre que jamás se tiene que circunscribir a nada ni a nadie.
Cuando en su momento vi la película ‘Hacia Rutas Salvajes’ (Sean Penn, 2007) me quedé con un regusto agridulce; por un lado, positivo por el hecho de haber visto un film entretenido, a pesar de su largo metraje, bien realizado y con la perspectiva de que se trataba de una película basada en hechos reales y con un contenido interesante; por otra parte, me quedó una sensación más contrariada basada en el hecho de que me pareció haber visto un videoclip bien montado, en el que el afamado actor y director estadounidense nos ofrecía una historia preciosa, edulcorando excesivamente una aventura que acabó en drama.