El Acompañante
30-julio-2009Andrés Fabián Valdés

–No suelo recoger a ningún extraño cuando viajo haciendo ruta, y mucho menos si ya es de noche –le explico mientras veo su cara bonita-; pero como ya llevaba más de dieciséis horas encima del camión y el sueño me vencía por la falta de descanso, supuse que sería de gran ayuda el tener a alguien con quien conversar durante el transcurso de las horas nocturnas de trabajo.
–De verdad, gracias por recogerme –me dice.
–Es un lugar muy peligroso para andar por ahí a estas horas. Tratá de tener cuidado; no hay que meterse en cualquier lugar a cualquier hora.
Con disimulo le miro las piernas; flacas, pero bien formadas.
–No se preocupe, ya he estado en peores lugares. Además sé defenderme sola.
-¿Y de dónde sos?
–Últimamente he estado en muchos lugares.
-¿Y sabés a dónde vas?
–Voy a visitar a mi abuela.
Saca un pequeño espejo y un lápiz labial de un bolsillo de su bolso, y con ellos comienza a pintarse los labios de rojo. Enciendo una de las luces interiores para que pueda verse mejor. Me agradece el gesto y echa su cuerpo unos centímetros hacia delante para arrimar su rostro a la luz. Desde mi ubicación casi se le pueden ver los pechos por entre el escote de su blusa. Parecen duros y redondos; muy lindos a pesar de que son pequeños. Deseo verlos; debo hacer mi cabeza un poco hacia arriba.
-¿La luz se hizo fuerte? –pregunta sin quitar sus ojos del espejito.
Miro hacia el camino. Quedo encandilado. Una bocina potente me ensordece. ¡Un brutal impacto! ¡Estallidos! El auto da vueltas violentas. Todo gira caóticamente: el interior del auto, luces, el rostro de ella, oscuridad.
De pronto el auto queda quieto; los metales crujen. Mis brazos tiemblan, y cuelgan de mi cuerpo. Me duele la cabeza. Nos encontramos al revés; pies arriba. Forcejeo para quitarme el cinturón de seguridad; está difícil. Empiezo a golpear la puerta con el hombro. Los golpes son débiles; apenas logro moverme. La puerta se abre y caigo desde el interior de la carrocería. Mi cuerpo parece desgarrarse. Mi sangre brota a borbollones. Me levanto muy aturdido. Le doy la vuelta al auto hasta llegar al asiento del acompañante. No la escucho quejarse ni hacer ningún ruido. Es para asustarse. Quiero abrir la puerta cinchando con la mano pero es imposible. Empiezo a pegarle patadas. Pateo una y otra vez. Cruje con un ruido metálico y al fin se abre. Cae al suelo el cuerpo de ella, ensangrentado, ¡sin vida! Su carita infantil está desfigurada por las graves lesiones. Maldita mi suerte. Soy culpable. ¿Qué va a pasar ahora? Estoy metido en un terrible problema. No sé qué hacer. No puedo dejar de temblar.
Observo a los alrededores; no hay una luz encendida a muchos kilómetros. Sólo los focos de luz de la ruta podrían delatarme. Pero todo está quieto y silencioso; no parece haber nadie. Tan solo se percibe el sonido del movimiento del agua al otro lado de la ruta. Ya he pasado por este lugar otras veces y de hecho conozco que por allí corre un arroyo. Quizás sea lo suficiente profundo para ocultar algo. Además, es muy probable que nadie haya visto nada. Debo calmarme. Tal vez el conductor del vehículo con el que chocamos también se encuentra muerto; es muy seguro que lo esté, sólo oigo el agua correr…
Voy hasta el cuerpo, y al verlo nuevamente, tan joven, horriblemente lastimado, no puedo evitar el llorar; los ojos me arden. Intuyo que en una situación así no se debe perder el tiempo; cada minuto que pasa es importante para lo que me sucederá a mí.
Tomo el cadáver; es liviano. Lo sostengo tratando de que no vuelque sangre y deje rastros sobre la hierba. Camino rápidamente rumbo hacia el arroyo. La sangre tibia chorrea sobre mis brazos. Recuerdo cuando la recogí en el camino; se veía tan indefensa… Observo su cara y distingo el rojo del lápiz labial. Siento mucha culpa. ¡Mierda con todo esto! Casi llego a la ruta; falta cruzar algo de balastro. Piso mal sobre las piedras. El suelo se mueve y resbalo. Caigo. El cuerpo de ella rueda hasta pasar las balizas y queda visible en plena ruta.
-¿Para qué mierda levanté a esta pendeja?
De repente escucho una bocina que se me acerca velozmente. Levanto la cabeza. Una luz me enceguece. Siento un golpe en la frente. Abro mis ojos. Tomo el volante con fuerza. Lo giro instintivamente. La luz poderosa desaparece en un pestañear.
-¡No te duermas! –escucho gritar. -¡Casi nos matamos! ¡Nos salvamos por un pelo! ¡Creí que íbamos a morir!
Piso el freno y el camión se detiene de un tirón. Observo al desconocido. Es un hombre de apariencia callejera: pelo largo y descuidado, tiene la barba de hace muchos días, igual que uno de esos tipos de la cárcel, y por lo demás está bastante deteriorado. Sin embargo, a pesar de esta extraña compañía, siento un gran alivio; una descarga de mil kilos de masa criminal.
–Menos mal que yo le estoy haciendo compañía –menciona. –Sino, solo, ya se hubiera matado… Hubiese pasado del sueño a la muerte sin darse cuenta.
Quedo mudo, observando su cara de pobre tipo, y tratando de encontrar aquella cara joven y bonita de labios rojos.
