Editorial Narradores

La Muy Puerca Mentía

30-abril-2009Diego Fonseca

Ilustración del relato 'La Muy Puerca Mentía'Mi mujer y yo somos men­ti­ro­sos. Y no es que sea mal asunto: nos diver­ti­mos. Pero, desde hace algu­nos días, yo estoy algo trau­ma­ti­zado. Una de sus últi­mas men­ti­ras me ha dejado en el aire, flo­tando, inca­paz de nada.

Habi­tual­mente, cuando con­ver­sa­mos, alguno dice una frase con un sos­pe­choso fondo de ver­dad. No importa si es ella o soy yo. Nues­tro olfato entre­nado detecta de inme­diato el olor de la farsa, que resol­ve­mos recu­rriendo a fotos, recor­tes de perió­di­cos y libros de his­to­ria. Cuando la pesa­dez de esos hechos indi­ges­tos lo ame­rita, lla­ma­mos a ami­gos y fami­lia­res o entra­mos a Goo­gle. Todo para hon­rar la ver­dad, un con­cepto que sólo nos importa en privado.

Mi mujer pone tanta ener­gía y con­cen­tra­ción en des­en­tra­ñar una fala­cia que levita regu­lar­mente. Yo, pro­pie­ta­rio de recuer­dos frá­gi­les, recu­rro a ter­ce­ros con más asi­dui­dad. Médico y pro­fe­sor, mero­deo los blogs de gale­nos céle­bres y pido pre­ci­sio­nes por correo a mis cole­gas académicos.

Pero esa per­ver­si­dad, ese juego astuto que nos pro­voca cos­qui­llas, sólo lo prac­ti­ca­mos entre noso­tros dos. En público, nos apo­ya­mos mutua­mente las men­ti­ri­llas. Nues­tra estra­te­gia, que ha per­mi­tido man­te­ner inven­cio­nes y repu­tación sin som­bra de duda, se alza sobre un cono­ci­miento micros­có­pico de las téc­ni­cas que per­mi­ten ocul­tar las fal­sías y ampliar su efecto de verosimilitud.

Somos escul­to­res de men­ti­ras titá­ni­cas, con­su­ma­dos artis­tas del monu­men­ta­lismo ver­bal. Enga­ña­mos con gesto pres­cin­dente, con ros­tro cons­tre­ñido o entre risas. Con­ta­mos fic­cio­nes al oído, por­que la secre­cía ampli­fica su poder. Y como en la cir­cuns­tan­cia apro­piada la emo­ción pro­fun­diza el argu­mento, no falta jamás opor­tu­ni­dad para comu­ni­car el camelo con tono ale­gre o preocupado.

Pero aun siendo maquia­vé­li­cos no somos mala gente. Nues­tro ofi­cio es ser car­pin­te­ros de men­ti­ras blan­cas. Las bolas, fil­fas, cha­fa­rri­na­das y habla­du­rías que hace­mos cir­cu­lar no dañan a nadie. Esta­mos vie­jos y can­sa­dos para pro­cu­rar­nos jol­go­rios más exi­gen­tes y hemos hallado que somos posee­do­res de una habi­li­dad innata para el bulo, los embus­tes tibios y los enga­ños de salón. Nues­tra ima­gi­na­ción es un motor capaz de impul­sar hipér­bo­les y chis­mes sin des­canso, ali­men­tar chis­mes y enre­dos y atar, unos tras otros, embro­llos, inocen­tes infun­dios, tiz­nes y tachas de café, chu­rre­tes, faro­les y lam­pa­ro­sas trolas.

Todos estos artes nos auxi­lian para seguir joco­sos y man­te­ner jovial el espí­ritu y el alma. Men­ti­mos por pla­cer, para implo­sio­nar los pesa­dos silen­cios fami­lia­res de domingo, para hacer que los demás olvi­den por un rato que viven como viven. Crea­mos pos­ta­les para que el día sea más pasa­ble. Reme­dando a Sal­gari, Twain y Verne, juga­mos a ser niños grandes.

Y todos nos fes­te­jan. Ami­gos, veci­nos, cono­ci­dos. Las seño­ras del club house y mis com­pa­ñe­ros de poker. Hasta nues­tros hijos, padres res­pon­sa­bles, nos han per­mi­tido bor­dar rela­tos fan­tás­ti­cos a nues­tros nie­tos, que los dis­fru­tan revol­cán­dose entre risas sobre los pisos de la casa de fin de semana en Santa Bárbara.

Nues­tros últi­mos años han sido así. Hemos pasado salud y enfer­me­dad min­tiendo. Hemos acom­pa­ñado con inven­cio­nes abri­ga­das el viaje de anti­guos com­pa­ñe­ros de ruta al último res­ponso. Nos hemos con­so­lado y aca­ri­ciado con cuen­tos que hacen plop.

Pero enton­ces llegó el epi­so­dio del cuarto, un ins­tante en el que sentí que mis pode­res de mago se me esca­pa­ban por las nari­ces. Estaba yo en cama, tra­tando de repo­nerme de una dura neu­mo­nía que con­traje simu­lando ser un astro­nauta para solaz de mis nie­tos. Aque­lla había sido una fría tarde en Santa Bár­bara, pero no pude negarme al reclamo de los peque­ños, que que­rían que su abuelo les con­tase cómo había entre­nado a Neil Arms­trong para cami­nar en la luna. Desoí el con­sejo de mi esposa y de mis pro­pios hijos y salí con los niños a per­so­ni­fi­car uno de sus cuen­tos favo­ri­tos y de paso a aca­bar con el pecho ave­riado por el viento.

Yo tenía ya casi cerra­dos los ojos pero alcancé a ver a mi mujer lle­gar a la alcoba y sen­tarse en la cama. Me tomó la mano y se la pasó por su meji­lla. Yo son­reí para mis aden­tros. Pero, repen­ti­na­mente, se acercó hasta mi oídos y dijo algo que al día de hoy me segui­ría cau­sando gra­cia si no fuera por­que a ella le ha puesto el humor agrio y gris.

Poco urge lo que dijo; lo impor­tante es que debía ate­rrarme. Como corres­ponde, lo puse en duda. No hice caso de sus lágri­mas, una tác­tica artera que jamás antes había empleado y que ambos pro­me­ti­mos evi­tar pues sabe­mos de sus noci­vos efectos.

Cuando mi mujer desea mos­trar serie­dad, frunce el ceño y entris­tece la mirada. Es su clá­sica cara de perro mojado. Ése fue su pri­mer gesto al sen­tarse en la cama durante el epi­so­dio de la alcoba. Así que, ape­nas acabó de secre­tear a mi oído, no dudé. La muy puerca mentía.

La dejé ter­mi­nar de moquear, enjua­garse el llanto y reti­rarse del cuarto cabiz­baja y de inme­diato me dis­puse a veri­fi­car sus pala­bras. Allí comen­za­ron mis tri­bu­la­cio­nes. Los méto­dos corrien­tes no fun­cio­na­ban. Revisé el perió­dico, pero no hallé la página que debía tener la infor­ma­ción. Intenté lla­mar a mis her­ma­nos, hijos y ami­gos, pero el fan­tasma de la edad pasó su mano por mi frente: no recor­daba nin­gún número tele­fó­nico. El cóc­tel de medi­ca­men­tos que el médico me inyectó toda la semana tam­poco ayudó a traer la con­tra­seña para ingre­sar a Inter­net desde los cajo­nes arrum­ba­dos de mi memoria.

Cada intento de pro­bar los dichos de mi mujer fra­casó con rotun­di­dad. Ella no sólo recu­rría a cons­truir men­ti­ras empleando téc­ni­cas avie­sas que antes no tole­rá­ba­mos, como pro­vo­car lás­tima llo­rando, sino que se las arre­glaba para obs­ta­cu­li­zar su des­tri­pa­miento. Quizá hasta con la ayuda de mis hijos. En cir­cuns­tan­cias nor­ma­les, me hubiera reído, pero con el cuerpo atro­pe­llado y los pul­mo­nes magu­lla­dos, sólo tenía pen­sa­mien­tos ren­co­ro­sos e iracundos.

En los días suce­si­vos, me abo­qué a des­ar­mar la men­tira y a iden­ti­fi­car su anda­miaje. Y es posi­ble que el apa­sio­na­miento puesto en la tarea haya absor­bido gran­des cuo­tas de ener­gía, por­que me siento liviano como un soplo. No obs­tante, seguiré empe­ñado en des­ma­de­jar el ovi­llo que ella ha tejido así me con­suma por com­pleto, pues no es justo su pro­ce­di­miento. Lo nues­tro siem­pre ha sido men­tir­nos sin ocul­tar­nos la verdad.

Y si estoy a dis­gusto con lo que sucede, más lamento su nega­tiva a dis­cu­tirlo. Jugando a ser sorda o dis­traída, mi mujer no atiende mis recla­mos, no importa si son súpli­cas algo­do­na­das o gri­tos sin fuero. En cam­bio, con­ti­núa la cha­rada repar­tiendo llan­tos des­con­so­la­dos por cada rin­cón de la casa. Lo hace con des­caro, fin­giendo cons­ter­na­ción, simu­lando no saber que la observo mien­tras, oh dolo­rosa vida, pro­nun­cia mi nom­bre sin siquiera mirarme a los ojos.

El asunto se ha vuelto incó­modo y es hora de con­cluir la farsa. Así que esta noche, antes de dor­mir, tomaré su ros­tro y le hablaré con el cora­zón por última vez.

—Ya basta —le diré—, nos cono­ce­mos dema­siado. No pue­des seguir afe­rrada a esa his­to­ria absurda de la alcoba. ¿No ves cuánto dolor nos pro­voca que pre­ten­das que crea que he muerto?



Un Comentario en “La Muy Puerca Mentía”

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  1. Paquita Colldeforns dice:
    4 mayo 2009 19:07

    Estu­pendo, muy dina­mico, con un voca­bu­la­rio ingenioso,culto, pero muy cercano.Yo creí que lo que le dijo en la alcoba es que se estaba muriendo…, no que ya lo estaba, jejj.

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