Un Viaje a Fantasía
Siempre me han gustado las partes viejas de las ciudades, porque en ellas unos puede viajar al pasado, a los inicios, donde a todo se dio forma y sobre todo me encanta perderme en las librerías antiguas, aquellas en cuyas estanterías se apilan con desorden estético, cientos de libros, leídos muchos de ellos, quizá, por hombres y mujeres que vivieron mucho tiempo atrás. Al menos a mí me gusta pensar eso.
Aquella tarde paseaba por un pueblecito de Baviera, de nombre impronunciable y aunque la temperatura invitaba a continuar caminando, decidí entrar en aquel local que pomposamente y en español, anunciaba que vendía libros antiguos, libros modernos y libros que trasladaban al lector, realmente donde quisiera ir. Yo de momento no me quería mover de allí, pero me emocionó descubrir algo escrito en castellano, así que entré.
El local olía a humedad, a madera y a polvo. Estaba escasamente iluminado lo que le confería un aspecto entre tétrico, siniestro y atemporal. No vi a nadie detrás del mostrador por lo que comencé a recorrer sus estanterías, primero con ausente curiosidad pero después vivamente interesado. Había ediciones realmente antiguas de casi todas las obras conocidas así que me emocioné y en un momento dado me puse de puntillas para alcanzar un volumen de “La Historia Interminable” de Michael Ende, obra relativamente reciente, pero que me pareció que estaba bellamente editada. Me apoyé sin darme cuenta en la balda inferior y esta cedió, cayéndose encima de mí kilos y kilos de pensamientos, aventuras, poemas y tapas gruesas.
Creo que perdí durante unos segundos el conocimiento, no estoy seguro y recordando lo que pasó después, espero por bien que estuviera desmayado, no sólo unos minutos sino la siguiente media hora. Me incorporé aturdido y después de sacudirme el polvo de la ropa comencé a gritar preguntando por el encargado, sorprendido de que el estruendo no le hubiera sacado de dónde estuviera.
Pero en lugar de un hombre afable y mayor como me lo había imaginado, se presentó ante mí un niño de no más de diez años que me invitaba a guardar silencio con un enérgico gesto. Tenía el pelo largo y rubio, vestía calzas largas de color beis, camisola cerrada por cordones a la altura del cuello y botas de cuero.
- No hagas más ruido, si nos descubre, la Nada nos devorará y tenemos que resistir. Porque sino Fantasía desaparecerá. Mi nombre es Atreyu.
- ¿Pero de qué estás hablando?
- Sígueme.
Y el niño desapareció detrás de unos grandes árboles que, lo juro, antes no estaban allí. O igual el que no estaba antes allí era yo, porque a mi alrededor la librería había desaparecido y en su lugar cientos de arbustos y árboles me rodeaban, como si fueran la madre, la base primigenia de lo que después serían estantería y libros.
Le seguí, ¿qué iba a hacer si no? Se movía con audacia entre el espeso follaje y a mí me costaba seguirlo. De repente en un claro nos topamos con una bestia de dimensiones enormes. Era de color blanquecino, tenía la cara chata de un San Bernardo y curiosamente en sus costados, alas. Yo retrocedí de inmediato, asustado.
- No tengas miedo, es Fújur, me está ayudando.
- Qué es. – Dije sin atreverme a acercarme.
- Un dragón de la suerte. Ven tenemos que cabalgar en su lomo, la Nada continúa devorando Fantasía, tenemos que impedirlo. – Y viendo como el niño trepaba por una de las patas del animal y éste ni se inmutaba, me arriesgué a imitarle. ¿Qué podía hacer?
Tenía el pelo suave, como el de esos peluches tan caros y grandes que tienen los niños. Intenté pisar sobre él con suavidad para no hacerle daño, pero dudo que sintiera a alguien tan pequeño como yo. Pisar su cuerpo era como pisar una mullida alfombra persa. Llegué arriba con más dificultades de las que me hubiera gustado y en la cara de Atreyu vi la impaciencia.
- Ahora agárrate bien, iniciamos el viaje. – Pero el aviso llegó demasiado tarde.
El animal inició el vuelo con brusquedad y yo perdí de repente el blando asiento que tenía, rodé cuerpo abajo y me estrellé contra las raíces de un gran roble. Creo que volví a perder el conocimiento, porque cuando noté que alguien me sacudía el hombro, en vez de encontrarme con mi joven amigo, vi la cara barbuda de un hombre de unos sesenta años. El pelo lo tenía medianamente largo y al igual que la barba, salpicado de abundantes canas. Me miraba a través de unas enormes gafas.
- ¿Está bien?
- Sí, ¿por qué lo pregunta?
- Porque lleva media hora ensimismado con ese libro entre las manos. ¿Le gusta?
Yo miré sorprendido el libro, estaba abierto más o menos por la mitad y efectivamente, la edición era maravillosa.
- Supongo que sí. ¿Cuánto cuesta?
El hombre meditó unos segundos y después dijo:
- Supongo que no me arruinaré por regalar un libro. Es suyo.
- ¿Por qué me lo regala?
- Por que usted necesita ir allí, pero jamás daría el paso sino lo hago. Le regalo algo más que un libro, le regalo la posibilidad de escapar a un mundo creado para que nos podamos evadir. Es un trocito de libertad.
- Gracias, no sé que decir.
- Disfrútelo. Me llamo Michael. – Y antes de darme cuenta, me había acompañado hasta la puerta y con suavidad enérgica, me empujó hasta que abandoné el local.
Me quedé un rato ensimismado contemplado el libro que aún conservo y después volví a mirar el letrero de la librería; había desaparecido, en su lugar y en varios idiomas se podía leer la siguiente leyenda: En esta casa nació y vivió en su juventud Michael Ende; que la Fantasía nunca desaparezca.
