El Secreto de Truman Capote
Antes de relatar mi historia quiero presentarme. Porque ya no tengo miedo a decir realmente mi nombre; quizás la cercanía de mi muerte, me han diagnosticado un cáncer de pulmón y me han dado dos meses de vida, ha espantado todos los temores que han dirigido mi vida desde aquel lejano año 1959. De todas las maneras tampoco tengo muchas más fuerzas para continuar aquí, echo de menos tanto a mis padres y a mis hermanos que sólo quiero reunirme con ellos.
Mi nombre es Danny Clutter aunque desde que tengo memoria todo el mundo me ha llamado Dan, a mí me gusta más. El motivo de que al final de mi vida me haya decidido a contar lo que realmente vi aquella noche en la que aquellos dos gansters mataron a mi familia, en Holcomb, Kansas es tan sencillo como increíble. No sólo estuvieron ellos dos, hubo alguien más y si jamás dije nada fue porque cuando él me descubrió debajo de la cama de mis padres, sonrió, me guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios para indicarme que guardar silencio.
Todo comenzó cuando cayó la noche y llamaron a la puerta. En ese momento en la cocina estaban mis hermanos y mis padres, yo que llevaba todo el día con un terrible dolor de tripa, me hallaba en el váter. Así que cuando comenzaron los gritos, las exigencias, los golpes y las patadas yo salí muy asustado y me refugié debajo de la cama, en la alcoba de mis padres. Y allí fue la primera vez que le vi. Llevaba el flequillo rubio muy largo y peinado con la raya a la izquierda, tomaba notas convulsivamente con un lápiz y encendía un cigarrillo tras otro. Lo extraño es que no olía a humo y nadie más pareció percatarse de su presencia.
En un momento determinado, cuando sonó el primer disparo, se arrodilló ante mí y me tendió la mano.
- Sal. – Dijo. – No tengas miedo, pero no te separes de mí.
Y así lo hice, me pegué a sus piernas y lo perseguí por toda la casa. Por cada una de las habitaciones donde aquellos dos hombres golpeaban a mi familia y les preguntaban por un dinero que mi padre decía no tener. Y nadie nos vio. Y ni mis padres ni mis hermanos hablaron de mí, por eso salvé la vida.
Cuando los nervios atacaron a mamá, comenzó a llorar y gritarles para que nos dejaran en paz, pero uno de ellos, el más bajo de los dos, sacó su revolver y le disparó un tiro. Mi madre dejó de chillar y durante un instante, que me ha perseguido toda la vida, el tiempo se detuvo. Nadie se movió, ni siquiera mamá que miraba asustada el agujero que tenía en su precioso vestido de flores.
Luego todos parecieron volverse locos. Papá se abalanzó sobre mamá y mis hermanos sobre los pistoleros y éstos comenzaron a disparar hasta que en sus pistolas no quedó ninguna bala y los cañones echaban humo. Yo estaba tan asustado que ni siquiera lloré y mi acompañante sin dejar de sonreír, continuó impasible tomando notas.
Luego el silencio. Sentí incluso que el viento se había parado y desde aquel día imagino que la muerte debe de ser así: tristeza y silencio. Así que tampoco me va a sorprender mucho lo que me encuentre dentro de un par de meses
Cuando los dos hombres se marcharon mi acompañante se agachó ante mí y dijo las que fueron sus únicas palabras: “Es mejor que nadie sepa que tú también estabas aquí”, luego se quitó el flequillo de la cara con un movimiento de la cabeza que ahora, con el paso de los años me parecer afeminado, cerró su libreta, encendió otro cigarrillo y se fue.
Las personas que me recogieron y cobijaron debieron pensar lo mismo, porque nadie jamás supo que no éramos dos hermanos sino tres y que con su silencio, mis padres no estaban protegiendo un dinero que no existía, sino la vida del más pequeño de sus hijos.
Hasta que la muerte no ha llamado de nuevo a mi puerta no me había atrevido a leer “A Sangre Fría”, pero por fin lo hice y por supuesto no me sorprendió la exactitud de los hechos que narra ya que yo sí conozco el secreto de Truman Capote, sino que me entristecí por ser el único de los que presenció la barbarie, que permaneceré en el anonimato después de la muerte.
