Monólogos
Hasta hace unos pocos años, el humor patrio por norma general, exprimía lo chabacano, lo vulgar, lo zafio y lo grosero para preparar sus espectáculos. Y es que con honrosas excepciones, eso es lo que nos hacía reír, descojonarnos y por supuesto luego comentarlo en la reuniones de amigos o familiares. Voy a evitar aquí dar nombres de famosísimos humoristas que objetivamente lo únicamente que hacían era hablar de sexo, miserias y problemas que generalmente los padecían otros.
Y aunque siempre nos encanta oír las desgracias que les ocurren a los demás, por fortuna actualmente existe un humor más fino, más elaborado cuya punta de lanza son los monologuistas. Esos hombres y mujeres que nos exponen con ironía nuestra cotidianeidad más rutinaria hasta hacer que nos riamos de nosotros mismos.
Por supuesto que la persona que está detrás del que da la cara, el que escribe los monólogos (a veces son los mismos), es quizá la pieza más importante del espectáculo. Ya que aunque es necesario que la persona que se sube al escenario sepa con sus gestos y forma de hablar transmitirnos toda la gracia de la historia, también es verdad que el escritor que se trabajado los textos tiene su mérito.
Pues bien, hace muchos años en este complicado país apareció un hombre, un humorista que aunque lleva fallecido bastante tiempo, hizo monólogos cuando nadie más los hacía. Y no sólo eso sino que esas historias que nos contaba, actualmente siguen estando de actualidad y siguen haciéndonos reír; tanto a las que las hemos oído mil veces, como a los que las oyen por vez primera.
Miguel Gila. El hombre del teléfono. El humorista de lo absurdo que nos hizo desternillarnos con sus historias de la guerra, con su nacimiento o con aquel pobre hombre que después de haber perdido un hijo, por la brutalidad que existía antes en nuestros pueblos, decía agradecido: me habéis matado al hijo, pero lo que me he reído.
Memorable, grandiosos, fino, irónico, actual e inolvidable. Gila era todo eso y mucho más, porque él escribía sus historias que decía que era la misma vida la que se las inspiraba. Y lo mejor de todo es que era capaz de reírse de sí mismo; porque sino es impensable que un hombre bregado en mil peleas en la Guerra Civil española, sea capaz de hablar de la guerra con más gracia que nunca.
Una lágrima se me escapa por ese gran hombre y por todas sus historias que siempre me sacan una sonrisa, incluso en los peores momentos. Ojalá salgan muchos más como él.
