Pisa, La Torre Inclinada
Cuando penetré en la ribiera italiana traspasando la incontable cantidad de túneles, nunca imaginé que vería ante mí una ciudad tan especial, que se me antojó una hermosa maqueta a tamaño natural. El duomo abulbado y picudo apuntaba discretamente al cielo guardado por una torre que el tiempo y las guerras nunca han logrado inclinar lo suficiente como para derribar su orgullo y templanza. Se trata de la torre inclinada de pisa, sí, esa que suele salir en la mayoría de los panfletos de viajes turísticos y que se ve blanca como si de mármol al completo se hubiera tallado por mano del mismísimo Dios. Penetré en el claustro cuadrangular y flanqueado por magníficos arcos que aportan serenidad con sus líneas limpias y definidas, y subí los peldaños que separan de la tierra la torre, para ver desde el punto de vista de un ave a los seres que pululan por debajo de sus cimientos que de la tierra salen.
La ciudad es pequeña y de gentes acogedoras bien cuidada y de reducidas proporciones, cosa que da al viajero la posibilidad de salir de la diminuta urbe y pasear por los cuidados parterres que crean una maravillosa alfombra de un verde esmeralda. Adquirí algunos recuerdos, hice las fotos de obligado cumplimiento con gran placer y me senté a contemplar aquel espectáculo que es ver como la historia cambia de vestido, se limpia de inmundicias que el padre tiempo siempre deja como impronta suya y medité, largo y tendido conmigo mismo dándome cuenta de lo milagroso, no de que la torre se sostuviese sino de que el hombre aun exista para poder admirarla como a una artista del equilibrismo que se mueve en aguas turbulentas.
Es una pequeña ciudad, es un pequeño artículo, pero espero que cuando vayáis y lo veáis comprendáis la razón del porqué sobran más palabras.
¡Ah, Pisa, tú la pequeña gran ciudad!
