Aquella primera noche que dormí al raso, en compañía de hombres que roncaban, se rascaban y olían como si fueran animales, me acordé de mi padre y de la paliza que me daría cuando volviera.
Desde que los franceses habían entrado en España algo en mi interior se revolvía día y noche. El trabajo que realizaba en la pequeña huerta de mi familia me mantenía en un estado físico aceptable, pero mi mente vagaba siempre muy lejos de la azada, el pozo y del único burro que teníamos. Quería ir a pelear contra el francés. Pero tanto mi padre como mi madre se habían negado desde el primer momento. Sus razones, aunque válidas para ellos, no me satisfacían a mí. Siempre alegaban que era muy joven (aún no había cumplido los dieciséis) y que solamente con la ayuda de mi hermana pequeña, no conseguirían sacar la cosecha adelante.
Continuar leyendo »