Carta a Mi Hacker
Sé perfectamente que estás leyéndome ahora mismo y por eso te suplico, te pido, que te pongas en contacto conmigo, pero de forma directa, sin móviles ni i-books ni web-cams… Es decir, en persona.
Los ordenadores nos han sido muy útiles todos estos años: tú has seguido desde tu escondrijo los aconteceres que nos han llevado a esta crisis mundial que aún está, dice nuestro común amigo Jon, en su génesis por lo que aún nos castigará más, hasta provocar esos cambios en la sociedad, en la economía, en la ética de los empresarios y la moral de los políticos, en el quehacer de los periodistas, que vaticinaste antes de tu desaparición. Cambios que incluso exigías como necesarios.
Los ordenadores, concretamente el mío, te han acercado a tu enorme éxito sin precedentes. En eso sí que no hubo predicción, pues escribiste la trilogía casi como un entretenimiento y te sorprendiste –con la ilusión de un niño que abre un inesperado regalo en navidad- cuando el editor dijo que iba a publicarte.
Fue justo ANTES DEL TERRIBLE SUCESO (del que poco sé y no te apures, no te voy a preguntar), antes de que decidieras desparecer el 9 de noviembre del 2004, dejándonos como legado tu obra, que nos sabe a poco.
Recuerdo la última vez que nos vimos, en diciembre del 2004. Ibas muy bien disfrazado, pero te reconocí. Apenas pudimos estar unos minutos en Arlanda, en esa fría sala de espera de aeropuerto.
Te lo pido por última vez: contacta conmigo. Dónde quieras. Esta vez tú eliges. Viajaré a Australia, como en nuestra primera vez, cuando te conocí y me pareciste uno de esos intelectuales-sabelotodos que se creen con el derecho de juzgar y sentenciar, con la clave para salvar al mundo, con tus gafitas de “Harry Potter”, tu cara de nunca-haber-roto-un-plato, tus arengas contra el racismo y tus anécdotas infantiles a lo “Pippi Calzaslargas”… Te llamaba Kart-Stig-de-los-cojones, Don Perfecto… Si lo prefieres nos vemos en Estocolmo, en esas largas noches de diciembre, cuando juntos resolvíamos los casos de Wallander o seguíamos los debates de “Rapport”… En Goteborg si lo prefieres, o en Granada u otra isla perdida, en Gibraltar, en Milán o en Londres.
No puedes, no debes, seguir así, con esta comedia. No es ético. ¿Qué diría Mikael si llegara a enterarse?
Estoy segura que sigues entrando en mi disco duro, haciéndote el hacker como te enseñé, aunque hace más de un año que no me mandas tus crípticos mensajes… Así que, Karl Stig-Erland, por favor, dame una señal.
De momento, como tus millones de seguidores, esperaré la publicación de La reina en el palacio de las corrientes de aire.
Lisbeth
