Katmandú, La Cumbre del Mundo
30-enero-2009Kendall Maison
Tras mi viaje por India que resultó importante en varios campos, llegar a Nepal resultó agradable y relajante. Allí en el techo del mundo, con la cordillera del Himalaya omnipresente siempre ante los admirados ojos de quienes llegamos, caminé por sus calles embarradas unas veces y empedradas otras, girando mi cabeza ciento ochenta grados para ver cada detalle que asomaba a mí desde cada orilla de la calle. Estatuas de piedra milenarias se alzaban enhiestas y los templos de madera pintada de rojo con adornos de la diosa Kali, o el palacio del rey en el que abundaban las ventanas, privilegio de las clases sociales altas y que evidenciaban el poder adquisitivo antaño de la nobleza, con puertas forradas de oro puro talladas delicadamente y con sus gentes deambulando por la ciudad, nos impresionaron.
Salí lentamente del centro y me adentré en los campos que se abren en terrazas en las que se cultiva el arroz como elemento distintivo y catalizador de su economía. Las casas se vuelven más humildes y sin embargo no dejan de ostentar una belleza sin igual que sobrecoge. Los niños salen a curiosear y a pedir algún regalo como cuando nosotros mismos de niños, preguntábamos a nuestros mayores, si nos habían traído algo al llegar a casa. Conversé con varios de ellos por medio de señas y con algunos más mayores en inglés y supe de sus costumbres y ritos que me parecieron cuando menos interesantes.
Los lamas con sus túnicas de color azafrán a la entrada de un monasterio nos invitaron a pasar adentro y ver su modo de vida, Marta y yo penetramos en un mundo nuevo para nosotros y nos sentimos privilegiados por ello. Ascendimos por unas escaleras de piedra a cuyos pies como huecos en la tierra misma, se dibujaban media docena de pequeños estanques llenos de carpas doradas. Entramos en el gran espacio central del monasterio y divisamos un enorme Buda de plata al fondo en posición de enseñar. Dos lamas creaban un mandala con hermosos colores y suma paciencia, emulando al universo para luego destruirlo y echar en una jarro sus restos y lanzarlos al agua simulando el renacer y el morir del ser. A ambos lados los lamas rezaban en sánscrito, emitiendo una letanía sonora de singular belleza.
La atmósfera reinante nos embargó y sentimos que nos hallábamos en un mundo diferente y quizás mejor, que abandonamos dejando dentro parte de nuestra personalidad y espíritu. Bajar de aquel Sangri-la fue doloroso por haberlo amado por tan poco tiempo. Los campesinos, que viven como en tiempos inmemoriales, se me antojaron seres sabios y discernidores capaces de enseñarnos a vivir en este occidente materialista y dominado por la palabra poder.
Pisar la cumbre del mundo fue una experiencia vivida con gran intensidad.
Os recomiendo visitarla.
