Editorial Narradores

Miguel Hernández

28-enero-2009Antonio Senciales

Retrato de Miguel HernándezLa Lite­ra­tura y la Poe­sía Espa­ñola I

Miguel Her­nán­dez Gila­bert (1910–1942), poeta nacido en Orihuela (Ali­cante), aun­que no es pro­pia­mente de la gene­ra­ción del 27, sino de la del 36, se le con­si­dera el epí­gono genial de la pri­mera, por su mayor pro­xi­mi­dad poé­tica a aque­lla generación.

Fue hijo de una fami­lia humilde, pas­tor de cabras en sus años más tem­pra­nos. Más tarde cursó estu­dios de Dere­cho y Lite­ra­tura y se dedicó a leer y escri­bir con avi­dez sus pri­me­ros poe­mas mien­tras cui­daba al ganado.

Al esta­llar la gue­rra civil se alista como sol­dado en el ejér­cito repu­bli­cano y al ter­mi­nar el con­flicto huye y es dete­nido en la fron­tera por­tu­guesa y entre­gado a las auto­ri­da­des fran­quis­tas, que le encar­ce­lan. Tras su paso por dis­tin­tas cár­ce­les y ya en Madrid, es libe­rado tras las ges­tio­nes de Pablo Neruda cerca de un car­de­nal espa­ñol. Vuelve a Orihuela donde es dela­tado, dete­nido, encar­ce­lado nue­va­mente y con­de­nado a muerte, pena que se le con­muta por treinta años de pri­sión por inter­ce­sión de su amigo Cos­sío y otros inte­lec­tua­les. Muere en la cár­cel ali­can­tina con 31 años (se cuenta que sin cerrar los ojos) enfermo de tuberculosis.

La poe­sía de Miguel Her­nán­dez está mar­cada en gran medida por los acon­te­ci­mien­tos trá­gi­cos en que se vio envuelto.

Algu­nos poe­mas suel­tos o parte de ellos que siem­pre me han gustado:

ACEITUNEROS

Anda­lu­ces de Jaén,
acei­tu­ne­ros alti­vos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tie­rra callada,
el tra­bajo y el sudor.

Uni­dos al agua pura
y a los pla­ne­tas uni­dos,
los tres die­ron la her­mo­sura
de los tron­cos retorcidos.

Leván­tate, olivo cano,
dije­ron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
pode­rosa de cimiento.

Anda­lu­ces de Jaén,
acei­tu­ne­ros alti­vos,
decidme en el alma: ¿quién
ama­mantó los olivos?

Vues­tra san­gre, vues­tra vida,
no la del explo­ta­dor
que se enri­que­ció en la herida
gene­rosa del sudor.

No la del terra­te­niente
que os sepultó en la pobreza,
que os piso­teó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árbo­les que vues­tro afán
con­sa­gró al cen­tro del día
eran prin­ci­pio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuán­tos siglos de acei­tuna,
los pies y las manos pre­sos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vues­tros huesos!

Anda­lu­ces de Jaén,
acei­tu­ne­ros alti­vos,
pre­gunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, leván­tate brava
sobre tus pie­dras luna­res,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Den­tro de la cla­ri­dad
del aceite y sus aro­mas,
indi­can tu liber­tad
la liber­tad de tus lomas.

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vien­tos del pue­blo me lle­van,
vien­tos del pue­blo me arras­tran,
me espar­cen el cora­zón
y me aven­tan la garganta.

Los bue­yes doblan la frente,
impo­nen­te­mente mansa,
delante de los cas­ti­gos:
los leo­nes la levan­tan
y al mismo tiempo cas­ti­gan
con su cla­mo­rosa zarpa.

No soy de un pue­blo de bue­yes,
que soy de un pue­blo que embar­gan
yaci­miento de leo­nes,
des­fi­la­de­ros de águi­las
y cor­di­lle­ras de toros
con el orgu­llo en el asta.
Nunca medra­ron los bue­yes
en los pára­mos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cue­llo de esta raza?
¿Quién ha puesto al hura­cán
jamás ni yugos ni tra­bas,
ni quién al rayo detuvo
pri­sio­nero en una jaula?
Astu­ria­nos de bra­veza.
vas­cos de pie­dra blin­dada,
valen­cia­nos de ale­gría
y cas­te­lla­nos de alma,
labra­dos como la tie­rra
y airo­sos como las alas;
anda­lu­ces de relám­pa­gos,
naci­dos entre gui­ta­rras
y for­ja­dos en los yun­ques
torren­cia­les de las lágri­mas;
extre­me­ños de cen­teno,
galle­gos de llu­via y calma,
cata­la­nes de fir­meza,
ara­go­ne­ses de casta,
mur­cia­nos de dina­mita
fru­tal­mente pro­pa­gada,
leo­ne­ses, nava­rros, due­ños
del ham­bre, el sudor y el hacha,
reyes de la manera,
seño­res de la labranza.
Hom­bres que entre las raí­ces,
como raí­ces gallar­das,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quie­ren poner
gen­tes de la hierba mala,
yugos que habréis de dejar
rotos sobre sus espal­das.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca con­tra la grama,
ten­dré apre­ta­dos los dien­tes
y deci­dida la barba.

Can­tando espero a la muerte,
que hay rui­se­ño­res que can­tan
encima de los fusi­les
y en medio de las batallas.

NANAS DE LA CEBOLLA

La cebo­lla es escar­cha
cerrada y pobre.
Escar­cha de tus días
y de mis noches.
Ham­bre y cebo­lla,
hielo negro y escar­cha
grande y redonda.

En la cuna del ham­bre
mi niño estaba.
Con san­gre de cebo­lla
se ama­man­taba.
Pero tu san­gre,
escar­chada de azú­car,
cebo­lla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Alon­dra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Sole­da­des me quita,
cár­cel me arranca.
Boca que vuela,
cora­zón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más vic­to­riosa,
ven­ce­dor de las flo­res
y las alon­dras
Rival del sol.
Por­ve­nir de mis hue­sos
y de mi amor.

La carne ale­teante,
súbito el pár­pado,
el vivir como nunca
colo­reado.
¡Cuánto jil­guero
se remonta, ale­tea,
desde tu cuerpo!

Des­perté de ser niño:
nunca des­pier­tes.
Triste llevo la boca:
ríete siem­pre.
Siem­pre en la cuna,
defen­diendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan lato,
tan exten­dido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remon­tarme al ori­gen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azaha­res.
Con cinco dimi­nu­tas
fero­ci­da­des.
Con cinco dien­tes
como cinco jaz­mi­nes
adolescentes.

Fron­tera de los besos
serán mañana,
cuando en la den­ta­dura
sien­tas un arma.
Sien­tas un fuego
correr dien­tes abajo
bus­cando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebo­lla,
tú, satis­fe­cho.
No te derrum­bes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

(Dedi­cada a su hijo, a raíz de reci­bir una carta de su mujer,
durante la gue­rra civil espa­ñola, en la que le decía que no comía
sino pan y cebo­lla).



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