La Coruña, el Extremo de un Mundo
16-enero-2009Kendall Maison
La primera vez que visité esta ciudad llegué desde Santiago de Compostela y tras la visión del mayor templo de la cristiandad, contemplé una ciudad moderna y bien trazada junto a un mar que le daba alimento y personalidad a quienes poblaban su suelo, con olor a salitre y a fresco viento que llega desde el norte. Dejé mi equipaje en el hotel y me dirigí al puerto que me habían dicho era algo digno de ver y que arropaba a quien se acercaba a sus balconadas de blanca madera y sus barcos flotando en los muelles como cunas del tiempo, que cabalgan las olas sin descanso siglo tras siglo.
Una amiga hizo de Cicerone y me fue mostrando los tesoros arquitectónicos y los lugares más entrañables de su ciudad. Bordeando la escarpada costa, llegamos al castillo de San Antón, que guarda dentro de sus muros otrora fuertes y gruesos destinados a preservar de ataques a los habitantes, los tesoros arqueológicos de su historia más lejana. Dentro sentí que las esencias de quienes moraron en él me animaban a escudriñar en su historia con el deseo de no ser olvidados por los actuales coruñeses. Saltamos el muro y echamos nuestras espaldas contra la muralla externa para disfrutar de las olas y de las cortantes rocas que lo circundaban.
El castillo quedó atrás y mi amiga me prometió que aún descubriría cosas más imponentes que aquel…
En lo más alto de las colinas que coronan los riscos que caen verticalmente al mar se alza la torre de Hércules. Romana y altiva se muestra ante mí como titán que guarda celosamente sus misterios. Ascendimos escalón a escalón hasta llegar a la parte más alta desde donde el mundo cobró una dimensión distinta y diminuta, para evidenciar lo pequeños que somos y lo grandes que nos creemos. Es faro que guía desde tiempos en que España era joven a los navíos que se acercan a la Península Ibérica.
Por la tarde acudimos al parque de Santa Margarita que con sus suaves superficies de césped que se extienden por entero por él, permite que los pavos reales y los monos campen a sus anchas sin ser estorbados por los visitantes. Resultó un espectáculo fascinante ver como los pavos reales extendían sus plumas de vivos e intensos colores para cortejar a las más modestas hembras de su especie. La tarde la pasamos recorriendo sus calles cuidadas y empedradas en las que preciosas tiendecitas ofrecen sus productos y dan luz acogiendo a quien penetra en su dédalo de callejuelas y edificios de piedra. Disfruté de la hospitalidad de sus gentes y regresé tres veces más pues me sentí en casa entre los coruñeses de quienes guardo un recuerdo imborrable.
¡¡Id, id y conoceréis cómo se recibe a quien llega a La Coruña!!
