Editorial Narradores

Tras Su Pasado

8-enero-2009Fernando Mimbrero Chaves

Ilustración del relato 'Tras Su Pasado'Mien­tras da cor­tos paseos por el andén y mira cons­tan­te­mente la hora en su reloj, Blanca espera el enlace que ha de hacer (como último tramo del largo viaje que había ini­ciado en Álava, de donde pro­ce­día) y que la lle­va­ría hasta su des­tino: “Cal­za­di­lla”, una pequeña loca­li­dad man­chega, pró­xima ya a la pro­vin­cia de Jaén. Fal­tan pocos minu­tos para que el reloj bies­fé­rico de la esta­ción de Alcá­zar de San Juan mar­que las once de la mañana. Es un día frío y gris de prin­ci­pios de Febrero, no siendo des­car­ta­ble, incluso, la des­carga de alguna que otra tor­menta, como pre­sa­gia­ban unos nuba­rro­nes de color negro intenso que, ame­na­zan­tes, se cier­nen por encima de unos cerros próximos.

Una vez aco­mo­dada en el tren, junto a la ven­ta­ni­lla, fijó su aten­ción, aun­que con disi­mulo, en una pareja de cierta edad que era, hasta enton­ces, su única com­pa­ñía en el vagón. Su indu­men­ta­ria deno­taba con cla­ri­dad que pro­ce­dían de aque­llos alre­de­do­res. Ella, mirada can­sina y triste sem­blante, ves­tía toda de negro, fal­dón hasta los tobi­llos, blusa de man­gas lar­gas sobre la que dejaba caer, no sin cierta gra­cia, una toqui­lla cuyos extre­mos que­da­ban suje­tos por delante con un imper­di­ble del que col­gaba una meda­lla, en la que se apre­cia­ban los ras­gos des­vaí­dos de alguna ima­gen de su devo­ción. Se cubría la cabeza con el típico pañuelo, anu­dado bajo la bar­bi­lla y por el que se entre­veía su cabe­llo, total­mente blanco. A su lado, con par­si­mo­nia, el hom­bre ponía entre sus labios un ciga­rri­llo, pre­via­mente sacado de la petaca y al que pren­día fuego con un mechero de mar­ti­llo, suje­tado nece­sa­ria­mente con ambas manos, debido al tem­blor pro­pio de la edad. Justo a su dere­cha, sin per­derla de vista, había dejado momen­tá­nea­mente una bota de vino a la que, sin duda, recu­rri­ría con asiduidad.

Mien­tras Blanca pone toda su aten­ción en aquel luga­reño, ata­viado a la vieja usanza, con traje de pana bajo el que se apre­ciaba una blusa inma­cu­lada, abro­chada hasta el cue­llo, botas de cuero y tocado con una gorra cuyo estreno era más que evi­dente, comienza a reme­mo­rar, con una cro­no­lo­gía casi per­fecta, los momen­tos más impor­tan­tes de la rela­ción que, hace años, man­tuvo con el hom­bre al que ahora, des­pués de tanto tiempo, tra­taba de loca­li­zar y que, desde enton­ces, le había dejado marcada.

De manera muy espe­cial, entre otros muchos recuer­dos, su memo­ria le retro­trae a la pri­mera vez que com­par­tió su cama con él. Blanca tenía enton­ces treinta y dos años y ahora, doce años des­pués, aún se estre­mece y tiene que des­viar la vista hacia los cam­pos que, ver­ti­gi­no­sa­mente, pasan ante sus ojos, a tra­vés de la ven­ta­ni­lla, para poder recrearse en unas imá­ge­nes que, durante todos estos años, han per­ma­ne­cido en su cora­zón, como escul­pi­das a fuego. Mien­tras siente aún cómo los bra­zos de José (ese era su nom­bre) rodea­ban su cuerpo, tras haber con­su­mado el amor que sen­tían el uno por el otro, él, besando su cuerpo con ter­nura, des­lizó a con­ti­nua­ción los labios hasta el lóbulo de su oreja y, mien­tras lo mor­dis­queaba cari­ño­sa­mente, le susu­rró al oído unas pala­bras, pre­ña­das de cariño que, a pesar del tiempo trans­cu­rrido, las recuerda casi lite­ral­mente y con la misma fres­cura de entonces:

- Amor mío – decía José mien­tras su mirada y su boca aún dela­ta­ban la pasión que, momen­tos antes, habían vivido – quiero decirte que toda­vía hay un aspecto de nues­tra rela­ción que es muy impor­tante para mí. Y es el hecho de estar siem­pre a tu lado, com­par­tirlo todo con­tigo y hacerte lo más feliz posible.

El cora­zón de Blanca se ace­lera aún más cuando nota que el con­voy reduce la velo­ci­dad y fija su aten­ción en un enorme letrero indi­cán­dole que había lle­gado a su des­tino. A la ilu­sión que, sin duda, había sido el prin­ci­pal deto­nante para empren­der tal aven­tura, se le une el lógico temor ante la situa­ción que podría encon­trarse. ¿Esta­ría casado? ¿Ten­dría hijos? Dema­sia­das inte­rro­gan­tes que, en más de una oca­sión, estu­vie­ron a punto de hacerle dar mar­cha atrás, pero a las que, impe­rio­sa­mente, nece­si­taba dar­les respuestas.

Al bajar del tren y, mien­tras repara con dete­ni­miento en aque­lla pequeña esta­ción, un empleado de la misma se acerca a la foras­tera diciéndole:

- ¿Va usted al pueblo?

- Sí, en efecto – con­testa. — ¿Hay algún medio para hacer el desplazamiento?

- No debe tar­dar mucho la fur­go­neta de Julián, que hace el tras­lado de via­je­ros – apos­ti­lla aquel hombre.

- Gra­cias, de todos modos – dice ella con ama­bi­li­dad, al tiempo que ini­cia el camino andando ya que la cer­ca­nía de las pri­me­ras casas las hacían visi­bles y por el hecho, ade­más, de hacerlo en com­pa­ñía de un redu­cido grupo de per­so­nas que tam­bién se diri­gen hacia allí.

Cuando enfila la calle que hacía de entrada a la citada loca­li­dad, le sor­pren­den
los gri­tos des­afo­ra­dos de una mujer que, escoba en mano, intenta echar de mala manera a una gata arisca que, al pare­cer, había sido la cau­sante del llanto des­ga­rrado de un pequeño que estaba sen­tado, tran­qui­la­mente, en el umbral de la puerta.

Al aden­trarse más por la calle y lle­gar a la con­fluen­cia de la misma con un pequeño sen­dero, se topa, de repente, con un cam­pe­sino que, encima de una mula, tam­bién hacía su entrada en el pueblo.

- Bue­nas tar­des. Per­done, ¿me podría indi­car dónde está la calle Toledo?- pre­gunta Blanca.

- Siga usted esta calle abajo y tuerza la pri­mera a la dere­cha – con­testa el hom­bre que, aun­que parco en pala­bras, sí le ha seña­lado el camino a seguir con ges­tos ostensibles.

Aun­que ini­cia su anda­dura con paso firme que­riendo mos­trar una nor­ma­li­dad que, a todas luces, era apa­rente, escu­driña todos los deta­lles que están a su alcance. Se siente obser­vada, con una dis­cre­ción mal disi­mu­lada, por cuan­tos se encuen­tra en su camino. La gente, las casas y el pue­blo en gene­ral, eran un fiel retrato de lo que José, en tan­tas oca­sio­nes, le había des­crito resul­tán­dole incluso, familiar.

Cuando Blanca, por fin, se encuen­tra justo delante del número doce de la citada calle, momento tan espe­rado por ella, duda por un ins­tante, ate­na­zada por la ansie­dad. La cam­pana del reloj de una torre cer­cana la vuelve en sí y, con gesto deci­dido, se apro­xima al viejo por­tón de entrada, dando tres alda­bo­na­zos segui­dos y con­tun­den­tes. Tras unos segun­dos de espera, apa­rece ante Blanca la figura enjuta de un anciano, con una clara expre­sión de extra­ñeza mar­cada en su ros­tro. Ella, aga­rrando con sus manos fir­me­mente la correa del bolso que pen­día de su hom­bro dere­cho, hace ímpro­bos esfuer­zos para no poner de mani­fiesto unos tem­blo­res, difí­cil­mente simulables.

- Per­dó­neme – casi musita Blanca con emo­ción con­te­nida. ¿Vive aquí José Leiva?

El hom­bre, qui­zás intu­yendo de quién podría tra­tarse, reac­ciona brus­ca­mente y da un paso atrás. Ante el silen­cio de su inter­lo­cu­tor, ella insiste:

- Al menos este era el remite de sus car­tas. Mi nom­bre es Blanca Guz­mán – pro­si­gue – y vengo de Vitoria.

Al oír su nom­bre, el anciano alza su vista y, con el más abso­luto des­pre­cio, se limita a cerrar la puerta, de golpe.

Durante unos minu­tos per­ma­nece Blanca inmó­vil y total­mente lívida, sin poder recu­pe­rarse de la sen­sa­ción que le pro­dujo aque­lla situa­ción tan ines­pe­rada. Des­pués, mira disi­mu­la­da­mente a izquierda y dere­cha, por si alguien había sido tes­tigo de la escena y, abso­lu­ta­mente rota, aguan­tando con difi­cul­tad unas lágri­mas que se resis­tían en salir, da media vuelta y, len­ta­mente, ini­cia el regreso, con los ojos cla­va­dos mate­rial­mente en el pavimento.

Antes de haber ter­mi­nado de des­an­dar la calle, oye tras ella los pasos fir­mes de alguien que se acer­caba corriendo. Gira la cabeza y un joven alto y de tez morena se para, jadeante, a su altura:

- Per­done, ¿usted se llama Blanca? – pregunta.

Ella asiente con la cabeza por­que aún no puede arti­cu­lar pala­bra, presa del disgusto.

- Yo soy Pedro, el her­mano pequeño de José Leiva – dice precipitadamente.

Tras un breve y tímido saludo, ella mira expec­tante a aquel mucha­cho, espe­rando
noti­cias al res­pecto. Pedro pide dis­cul­pas, en pri­mer lugar, por la acti­tud de su padre, momen­tos antes, y luego con­mina a Blanca para que acceda a acom­pa­ñarle a un bar pró­ximo para hablarle de su her­mano y, de camino, invi­tarla a tomar algo.

Así lo hacen. Una vez que toman asiento junto a una mesa, ale­jada del resto de clien­tes, Pedro hace, desde lejos, un leve gesto a un cama­rero, cono­cido suyo, para que les atienda. Aun­que Blanca no tiene ape­tito (han sido dema­sia­das emo­cio­nes en tan corto espa­cio de tiempo) él insiste en que coma algo y ella opta por un boca­di­llo y un refresco aun­que el cama­rero le ofrece, ama­ble­mente, por si le ape­tece, un buen plato de migas que aca­ban de salir de la cocina.

Pedro le va rela­tando las vici­si­tu­des por las que tuvo que pasar su her­mano hasta que le dio la noti­cia del fatal desen­lace de su falle­ci­miento, hacía ya dos años, en un trá­gico acci­dente de auto­mó­vil. Blanca recibe la noti­cia como un mazazo, pero logra evi­tar derrum­barse allí, en un lugar público y ante tanta gente. Pasa­dos unos minu­tos en silen­cio y tra­gán­dose, Blanca, un llanto que la ahoga, Pedro, pone amis­to­sa­mente su mano sobre el ante­brazo de ella y le dice:

- Mi her­mano jamás la olvidó. Desde que vino de Vito­ria ya nunca fue el mismo. Su carác­ter, antes ale­gre, se vol­vió tosco y triste. No mos­traba ilu­sión por nada. Incluso comenzó una rela­ción sen­ti­men­tal que, poco des­pués, ter­minó por­que no se hacía a la idea de casarse con una mujer que no fuera usted. Mis padres sufrie­ron mucho vién­dole así y sin poder hacer nada. Ahora – con­ti­nua Pedro – enten­derá mejor la reac­ción que ha tenido.

- A mí tam­bién me ha pasado algo pare­cido – ataja Blanca, ya un poco más repuesta. Yo tam­poco he vuelto a tener nin­guna otra rela­ción. Lo nues­tro ter­minó – pro­si­gue, tras dar un pequeño sorbo al refresco de naranja que tenía delante – por­que cuando él tuvo que regre­sar aquí, al ter­mi­nar su tra­bajo en Álava por el que se había tras­la­dado tem­po­ral­mente, pese a su insis­ten­cia para que me viniera con él, decidí no hacerlo por tener que aten­der a mis padres, muy mayo­res, y siendo hija única.

- Ya sabía eso – con­testa Pedro. — Me lo contó él.

Aban­do­nan el bar y Pedro se brinda gus­to­sa­mente para acom­pa­ñarla hasta la esta­ción. Una vez allí, un pequeño alta­voz anun­cia la lle­gada del tren que había de tomar Blanca. Pedro va con ella hasta la por­te­zuela del vagón y ambos se des­pi­den sin pro­nun­ciar pala­bras, por inne­ce­sa­rias, pero en el ros­tro de Blanca, sus ojos enro­je­ci­dos retie­nen en sus bor­des unas lágri­mas de dolor que, ins­tan­tes des­pués, una vez sola, lo sur­ca­rían con amargura.

Narra­ción: Fer­nando Mim­brero
Ilus­tra­ción: Jesús Prieto y Car­los Delgado



5 Comentarios en “Tras Su Pasado”

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  1. Sierra dice:
    8 enero 2009 17:54

    Este relato tan inti­mista me ha transformado,a tra­vés de la riqueza de sus descripciones,en la com­pa­ñera de viaje de su protagonista,dejándome al ter­mi­nar una dulce tristeza.

  2. Mari Paz dice:
    9 enero 2009 21:14

    Como en el ante­rior relato,“La Forja De Un Artista”,de nuevo me he sen­tido atra­pada por la his­to­ria a tra­vés de la sen­si­bi­li­dad y cer­ca­nía que des­pren­den sus per­so­na­jes; así como,por el mag­ní­fico estilo y domi­nio del len­guaje por parte su autor. Felicidades.

  3. Fco. José Delgado Mingorance dice:
    10 enero 2009 9:32

    Inmer­sos en la vorá­gine de las viven­cias mate­ria­lis­tas y, en su mayor parte. exen­tas de valo­res, se agra­dece espe­cial­mente la lec­tura de rela­tos como este por la sen­si­bi­li­dad que ello nos aporta.

  4. Pasión dice:
    11 enero 2009 16:15

    Desde el pri­mer momento, y dada las decrip­cio­nes con las que deta­lla cada ins­tante de los momen­tos vivi­dos por la pro­ta­go­nista, el autor del relato hace que me intro­duzca en la his­to­ria y vivirla como si fuera yo, la misma Clara. Podría decir que la manera de rela­tar los sen­ti­mien­tos de tris­teza, nerviosismo,angustia..,han hecho en todo momento que así los sienta yo. Enho­ra­buena y espero poder tener el pla­cer de leer mucho más de D. Fer­nando Mimbrero

  5. Manuel dice:
    1 marzo 2012 22:07

    Es increí­ble lo de este hom­bre, lo tuve de pro­fe­sor en Sevi­lla y les puedo ase­gu­rar que jamás pensé que pudiera escri­bir así y que pudiera tener ese lado “tierno” por así decirlo

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