Daniel y Momonini (Amor Sulfúrico, I)
Si por los hechos fuera, podría empezar a relatar esta historia desde cualquier instante de la misma, y, luego con recuerdos o apariciones o varias cositas, podría dar marcha atrás, y luego hacia delante, y daría igual. Os resultaría increíble. Pero fascinante. O en realidad, mejor pensado, diríais: “Caramba, que historia tan notable, y que bien contada”. Diríais eso, por supuesto. Y como sois educados habría una cosa que no diríais, pero seguro que la tendríais dentro:
- Ésto no puede haber pasado nunca, no me lo creo.
Y yo tendría mi respuesta lógica, contundente, y preparada para resolver vuestras dudas:
- Jodé que no.
Momonini, que se escribe junto, pero se pronuncia separado, no nació. No sé como llego al planeta, pero sé que no nació. No cagó pañales ni lloró mocos, ni berreó, ni fue al cole ni nada. Un buen día, ya sabéis, buen día, un día de esos en los que los jardineros están regando los jardines, y a ti no te apetece aún que te rieguen, pero que sabes que en una semana o así te va a apetecer…un día de esos, apareció sobre el planeta. Ésto que lo vayáis sabiendo. Y ahora vayamos a mi barrio.
Era uno de esos días en los que se sabe, de antemano, que algo especial va a suceder. Y, muchas veces te confundes, porque por ejemplo, se rompe la fuente de la plaza, y ¡date! Te crees que era eso lo que iba a pasar, pero a las dos horas, detienen a un exhibicionista, y resulta que era el ferretero, y vuelves a decir ¡date! Ahora sí que sí. Era eso. Y no, porque ese día, a los quince minutos descubres que…
Pero tratándose de Momonini, podéis creerlo, todo da igual.
A la hermana de Luis Trompeta, la llamábamos Albóndiga, y era fea para lo que se estilaba en los locos 80. (Quizá tampoco era ningún bellezón para el estilo de los locos 90, ni en los locos 2.000, de hecho probablemente era fea para cualquier año loco, o jacobeo…) Albóndiga siempre se venía con nuestra pandi, a pesar de que como buenos cabrones adolescentes, nos dedicábamos básicamente a fastidiarla por diversión.
Y ésto es lo primero que no vais a creer.
Pasaron veinte años de golpe.
-¿Veinte años?
-Sí, veinte años.
-Joé.
-Ya
Yo me había convertido en un apuesto y diligente ejecutivo… pero no quiero ensuciar con mentiras o exageraciones una historia que en realidad no las necesita, así que:
Yo era un humilde pero alegre profesor de instituto, alegre, por haber conseguido trabajar en mi decimosexta cosa preferida, la enseñanza de la geografía. Y ya había llegado a la conclusión de que la economía de cualquier país cuyo nombre no te suene, es básica la mandioca. Un buen día, de esos que he nombrado al principio, un día en el que me había quedado solo en el aula pues todos los alumnos se habían marchado ya. Cuando estaba refrescando la memoria, pensando en si la capital de Mongolia era Ulan Bator, observé con el rabillo del ojo como alguien con una chaquetilla encarnada, se acercaba con pasos tímidos hacia mi silla.
Levanté la vista.
-¿Le puedo ayudar?-dije, encantador.
-¿No me conoces?
-Ah, pues perdona pero no…
-Soy Rebeca.
-¿Rebeca?
-La hermana de Luis.
-¿Rebeca la hermana de luis?
-¡¡LA ALBÓNDIGA!! Dijo ella, resignada.
Tan pronto como ella hizo esta confesión, y sin apenas tomarme medio minuto de embarazoso silencio, llegué a una conclusión.
-La Albóndiga.
Me pareció cruel tomarle la palabra a mi antiguamente despreciada albóndiga, y haciéndome el sueco, acerca del mote, hice visible que me daba cuenta de quién era ella.
-¡Rebeca! Qué gran sorpresa. ¿Qué haces tú por aquí?
-Sí. Cuando nos conocimos me llamabais la “Albóndiga”
-Eran Daniel y los otros, y nunca delante de mí…
Ésto, que hay pervertidos que lo llaman mentir, no es mentir. Se llama mentir, también, pero es un concepto amateur de la mentira, porque el que la dice no obtiene un beneficio de ella. Y echarle la culpa a Daniel… bueno Dani había hecho muchas cosas para ser castigado en la vida, y muchas de ellas quedaron impunes, así que aquel acto mío no era más que una pequeña reparación de la injusta suerte que había tenido Dani en toda aquella mitad de su vida.
-…de todas formas, déjame decirte que ahora mismo sería imposible relacionarte con una albóndiga, porque estás delgadísima y estupenda (esto me quedó en plan mariconada)…
-..oye, disculpa, no quiero cortarte ni nada, pero necesito localizar a Daniel.
-¿A Daniel? (No sé porque se me ocurrió preguntar eso, para darle pie tal vez).
-Sí. A Daniel. Verás, es un poco largo de explicar. Pero tengo una amiga muy interesada en conocerle.
-¿Una amiga? (Ya sí que renuncio a explicaros la causa de mi brillantez en las preguntas).
-Mónica. Le conoció por una foto, que teníamos los tres. Una en la que tú me agarrabas por los brazos y Daniel me daba collejas. Éramos pequeños. Pues resulta que mi amiga vio en la foto a Daniel, y no lo vas a creer pero está empeñada en conocerlo.
-¿Una foto?
-Sí, o sea, ella es la psiquiatra que me trató por una depresión que tuve a los 22 años o así. Desde entonces somos amigas. Hace poco, estando ella en casa, me puse a hacer limpieza de cajas chinas con fotos, y salió aquella foto, y a ella le venció la curiosidad y se emperró en conocer a Dani. Me pregunto si podrías arreglar una cena entre ellos…
-Mejor aún podemos cenar los cuatro, así no será tan violento.
-Estupendo… ¿esta noche?
-Perfecto. A las diez en “Mamita”.
-Pues entonces ya me voy.
-¡Oye, oye, Rebeca, una cosa!
-¿Sí?
-¿Es guapa tu amiga?
-¿Guapa? Es la mujer más guapa del mundo, la que mejor tipo tiene, y la más simpática, la más morena, la más deportista, la más culta, lo tiene todo.
-¡Anda, anda! ¿Será para tanto?
-¿Tú sabes como la llamamos?
-Mónica ¿no?
-No, la llamamos Momonini, porque los hombres al conocerla tartamudean.
-¡Madre mía! Pues entonces a las diez en “Mamita”
-Hecho.
Y se fue. Y yo pensé: “Sí, vale quiere conocerle a él, pero si está tan buena, acabará conmigo”. Y también pensé otra cosa de la que no estoy orgulloso:
-Ponte guapa Rebeca, o mejor dicho, date perejil, “albondiguilla”
En “La Mamita”, y habiendo llegado media hora antes al lugar de la cena rara, yo trataba de hacer comprender la situación a Daniel. Y Daniel se empeñaba en no poner ni un tantito así de voluntad por comprender.
-¿Pero está buena?
-Es que no lo sé.
-Vamos a ver, la Albóndiga no está buena, eso lo sabemos. Pero de la otra no tenemos ni idea. ¿Y aun así, quedas?
-Sí. La verdad, que no sé…
-Tío, creo que eres tonto.
-¿Y tú? Tú también has venido ¿no?
-Es distinto. Yo he venido por curiosidad.
-¿Curiosidad? Si tú a la albóndiga no la podías ni ver, no hacías más que mostrarle todo el rato tu desprecio.
-A mi modo la apreciaba.
-Daniel, por favor. No hacías más que martirizarla.
-Éramos muy pequeños. Además tú no te quedabas atrás.
-Perdona, pero tú tenías las ideas.
-Claro, claro.
Cuentan que hubo un enmudecimiento histórico en la iglesia Saint Michael, en Glasgow, cuando la duquesa Le Boeuf entró en la misma el día de su boda. Era tenida por la “enmudecida” más notoria de los últimos quinientos años. Se paró el viento, cesaron los cantos de los mirlos, aunque ésto apenas se notó porque soplaba un viento de cojones, cesaron a un tiempo los cocheros de agitar los cascabeles de las fustas, cesaron las conversaciones,… pues bien, tal vez aquello había sido el récord durante un buen montón de años. Pero si hubiera justicia en el mundo, aquel record hubiera tenido que anularse oficialmente cuando dos mujeres entraron en “La Mamita”. Vosotros ya sabéis a quienes me refiero, malandrines. Verdaderamente, la entrada de la mujer de las dos que más se parecía a una albóndiga, hubiera pasado desapercibida por sí sola, incluso, quizá hubiera arreciado una pañolada, o un ligero rumor de insultos. La otra mujer, sin embargo, acalló las conversaciones, el sol se ocultó tras una nube, completamente avergonzado de quedarse sin brillo, los camareros se hubieran tropezado entre sí, de no haberse quedado estáticos e hipnotizados, las sopas dejaron de hervir, las lubinas salvajes se transformaron en arenques domésticos, se redondearon las esquinas de los cachitos de zanahoria cortados en juliana de las guarniciones de los muslos de pavo, a los que les dio un ataque de celulitis, las orejas de los conejos al ajillo se quedaron tiesas, donde quiera que estuviesen, el pan duro se arrojó a las jícaras de leche que había en la cocina, un cliente con el pelo negro encaneció de pronto, otro con el pelo blanco sufrió una involución temporal, otro que odiaba las jotas se puso a cantar una (“Que putada, que putada, ser un pez espada). Un cacereño que comía ravioli se hizo chino para siempre…
Los últimos en enterarse fueron nuestros amados idiotas preferidos: Daniel, y yo mismo.
Cuando la al… Rebeca y Mónica se acercaron a la mesa, yo estaba aún buscando defectos en la piel, en la nariz, en la frente, en cualquier sitio. Pero no había nada. Eso era yo, pero es que a Daniel le había entrado en pérdida la mandíbula.
-Hola Dani, hola tú. Os presento a Mónica.
Me suena todo que se oyeron unos clarines. Ahora, después de tanto tiempo no estoy seguro. Yo me quedé petrificado ante la belleza de aquella mujer. Petrificado, lo cual implica callado. Pero Daniel, por ejemplo, no se calló. Cometió el error que cometen todos los estúpidos. Intentar hacer méritos de inmediato, y abrió la boca:
-Ho-ho-la, Mo-mo-ni-ni. Hola Mo-mo-ni-ni. ¿Qué que tal tal?
Y os aseguro que verla de pie, fue una revelación, pero es que cuando se sentó a mi lado y frente a Daniel, apenas podía respirar. Y me parecería un insulto pretender describirla. Es más, confieso que no puedo. Lo único que puedo describir es el efecto que producía en nosotros, cómo de repente me sentí poco para ella. Pero que no lo dudé ni un instante. Es decir, no estuve pensando: “¿Soy o no poco para ella?” Nunca me planteé esa pregunta, no hubo dudas. Hasta la dorada a la plancha me decía:
-Supongo que ni por un momento pensarás que…
-No lo pienso, pero no porque me lo digas tú. Sino porque lo he pensado yo. A ver si te crees que una dorada a la plancha me va a decir a mí…
-Por eso, por eso, porque ni de coña…
-¡Que te calles, deja de joderme!
De todas formas, a pesar de las conversaciones con mis platos (los pimientos de padrón estuvieron especialmente picantes conmigo), la cena transcurrió de modo agradable, y pensé durante la mayoría del tiempo, que Daniel no estaba tampoco a la altura, y que ya que yo no podía llevarme a la chica, al menos él tampoco. Y ésto me hizo crecerme, y durante la última parte de la cena, estuve ocurrente y gracioso. Y Momonini se reía de mis chistes, y les sacaba punta y me los devolvía afilados, y yo se los afilaba un poquito más y todo formaba parte de un reto encantador que consistía en saber quien acabaría rompiendo la mina, y jijijí y jajajá. Y, lo mejor, Daniel y la albóndiga, a sus cosas, y yo hablando con Momonini. Y Daniel intentaba meter baza, y Momonini le pegaba un corte que para qué. Y entonces yo pensaba “Vale, yo lo tengo imposible, pero tu, aún más…”
No entiendo que es lo que salió mal. No sé cómo ocurrió que tras la satisfacción de pensar que mi amigo no conseguiría a la chica, me tuve que llevar aquel disgusto a la mañana siguiente.
¿Cómo fue que Daniel se llevó a la chica, eh?
Y la llamo chica por no decir diosa…
DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, IV Acidez)
¿Y como pudo ser?
No sé, porque me duele recordarlo, porque yo tengo, como ya he dicho la miseria de que no me importa tanto no conseguir algo que juzgo imposible, como que el otro lo consiga.
Llamé a Daniel, para corroborar su fracaso. El caso es que los había dejado juntos, y como Daniel jamás dejaba que la realidad se interpusiera en su mundo de ilusión, quería comprobar que estaba bien jodido.
-Dani.
-¿Qué pasa, tío?
-Dani. ¿Cómo estás?
-No lo vas a creer, colega.
-¿Qué?
-Momonini.
-¿Te pegó?
-¿Qué si me pegó?
-O sea, ¿Se enfadó?
-¿Qué si se enfadó?
-¿No? ¿Entonces?
-Hemos unido nuestros destinos.
Esta frase todavía no me dolió, porque estaba seguro de que Daniel había interpretado mal, algún comentario de Momonini, por ejemplo, Momonini le había dicho algo como “ Vete ya a la mierda”, y el había oído “No quiero que mi amor por ti se pierda”. O tal vez aquello de “Unir nuestros destinos” se refería a algo de tipo profesional, como montar una galería de arte a medias, o un restaurante de cocina sueca…
-Ajá… ¿Vais a montar una especie de sociedad?
-Claro: “La sociedad del amor eterno” - Y añadió el veneno para mí - Nos amamos.
Y, tontamente, pasaron seis meses.
Os quiero ahorrar ciertos detalles. Sólo os diré que Daniel y Momonini salieron juntos cada día durante esos seis meses. Y cada día yo hacía votos secretos, íntimos y neblinosos para que aquella relación se fuese al garete.
Muchos días no sabían salir solos, y entonces me avisaban a mí y a la albóndiga para que fuéramos con ellos, y claro, Daniel era envidiado, pero yo no. Y, me explico, no es que la albóndiga fuese horrorosa ni nada de eso, pero es que al lado de Momonini, cualquier mujer e incluso cualquier samoyedo, oscurecía, y resaltaban por encima de todo sus defectos. Pero ni siquiera eso era tan malo, como el hecho de que estuvieran todo el rato besándose y gastándose bromas, haciéndome infeliz.
Y luego, cuando no salían era peor. Entonces se me venía encima la chapa agónica de Daniel:
-No sabes que tía. Es como un amigo, un compañero, se puede hablar de todo con ella.
-Si, eso está fenomenal.
-Y, luego es muy comprensiva, me dice que salga por ahí contigo, y con otros colegas, pero yo es que no puedo, no me sale. Cuando no estoy con ella solamente puedo echarla de menos.
-Es guay, sí.
-Me complementa como individuo. Parecía que estaba ahí esperándome.
-Ya ves, colega.
-Y te digo una cosa, y tú sabes bien, que yo no soy de los que se emocionan fácilmente. Pero es que es verla, y saber que siempre estaremos juntos.
-Bueno, eso nunca se sabe.
-No, a lo mejor tú no lo sabes, pero los que lo hemos sabido alguna vez, lo sabemos.
-Insisto.
-Insistes porque no te esfuerzas en encontrar la felicidad. Yo me lo he currado, y ahí estoy, feliz de la vida.
-Eres un poquito pesado, Daniel, ¿Tú que sabes de mis movidas?
-Sé que no maduras. Pero es que te hace falta encontrar a alguien. ¿Cómo te va con la albóndiga?
-A la albóndiga y a mí, no nos va nada, no somos nada, ni lo seremos, y métete en tus asuntos. A lo mejor resulta que tienes cosas de las que no te estás preocupando lo suficiente, ¿eh?
No sé exactamente, por qué utilicé la vieja táctica del ventilador y los gusanos carroñeros en un campo de estiércol. Pero funcionó. Daniel me preguntó a quince bajo cero.
-¿Qué has querido decir exactamente con eso?
-Nada.
-¿Entonces por qué lo has dicho?
-Por nada.
-Lo habrás dicho por algo, nadie dice las cosas por nada.
-Yo sí. Yo digo las cosas por nada.
-O sea que eres tonto.
-A lo mejor.
-Adiós.
Y fueron y pasaron dos meses. Tiempo suficiente para que la rutina siente su ancho culo sobre todo, y las cosas se pongan en un modo que todos las comprendamos.
El siguiente capítulo es el definitivo y final. No se lo vayan a perder.
DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, V Esquivo Nirvana)
Los meses se miraron unos a otros. Se dijeron… ¿Lo dejamos ya?, y, con el voto en contra de Abril, mes inquieto donde los haya, dejaron de pasar.
Tras las duras palabras que tuvimos Daniel y yo, la cosa se distanció un poco. El siguió con su musa salida de una concha, y yo con mi vida amargadita y seca, aunque también algo cálida. El primer sabor agradable de la envidia se me había pasado, y sólo quedaba un poco de acidez, y también un poco de inquietud, porque resulta que la envidia es de paladar largo, como el Abadía de Retuerta, si se me permite la comparación.
Pero lo importante es que estaba tranquilo. Que ya había asumido que si cae una diosa sobre la tierra, no es obligatorio que sea para mí. Y puede, por ventura ocurrir que sea para un amigo, lo cual dificulta la digestión, pero no la impide.
Digerido pues, el ácido sulfúrico de la frustración, me volví a mis quehaceres, a mis clasecitas, a mis asnitos, y a mi geografía prescindible, y me volví tan doméstico que sólo me faltaba una rebeca verde sobre los hombros, y unas gafas de cerca sobre las narices, para parecer del todo inofensivo.
Durante mucho tiempo, nada supe de Daniel y Momonini, ni de la Albóndiga, bueno de la albóndiga genérica sí, porque estaba en el menú del comedor los viernes, por detrás de la ensalada mixta, y por delante de los merengues rosas, pero me refiero a la Albóndiga auténtica.
Nunca supe que les fuese mal a Daniel y Momonini. Pero lo sospechaba. Es verdad que cada vez pensaba menos en ellos, pero cuando iba los viernes al comedor, y veía las albóndigas, me acordaba de ellos, y les diseñaba finales prematuros y dramáticos, como por ejemplo, que Daniel se hacía de una secta, y ella huía conmigo… pero claro, conmigo no estaba, así que eso no podía ser. Pero hablaba de finales prematuros, no de finales posibles.
Afortunadamente en algunas ocasiones, y desgraciadamente en otras, es un hecho claro que el trabajo y las tonterías diarias acaban pringándolo todo, y luego no se reconocen las cosas con las que uno andaba pensando todo el tiempo.
Sunai Singh era un chico hindú, con la mirada brillante y despierta, y que aprendía geografía como nadie. Ninguno de mis otros alumnos llevaba los 12 años como él. Era una roca de responsabilidad, envuelto en un halo de la más alta educación asiática. Con un terrible pasado, eso sí. A sus padres los apiolaron en una especie de revuelta religiosa, o así, que hubo en su región. Poco después lo adoptó un matrimonio español, que no sólo se ocupó de él, si no que también le respetó sus apellidos hindúes, en palabras de su padre adoptivo “para que siga sintiendo el orgullo de su raza”.
La sintonía educativa entre Sunai Singh y yo era absoluta, no sé, quizá era que el chaval no daba ningún trabajo, y eso me satisfacía enormemente, o quizá era que el chico respondía a los estímulos docentes con brillantez, y convertía en fácil el trabajo. No me extrañó nada, que me eligiera su tutor. E incluso, ya domesticado me pareció que era un asunto con el que uno podía sentirse feliz. Y si yo no fuera un solterón, y, por ejemplo me hubiese casado con una cubana, y ella estuviese en casa esperándome y al llegar me obligara a tumbarme en el sofá y con la mano me tocara el cabello y la frente y me preguntase (con su acento de varadero):
-¿Es que tú eres feliz… mi amol?
Pues si hubiese sucedido yo hubiera respondido.
-¿Por primera vez, Jennifer Ramírez, no albergo dudas a ese respecto?
-¿Qué tu estás diciendo?
Y me hubiera ido al baño, ya un poco cansado.
Pasó una cantidad de tiempo razonable. Y llegó aquella época de febrero, tan inopinada, en la que los tutores les dicen a sus tutelados:
-Avisa a tus padres para una entrevista, malandrín.
Pues eso es lo que yo hice con Sunai.
-Avisa a tus padres para una entrevista, caracandao.
-Claro.
No habiendo nada que mencionar, o habiéndolo pero infortunadamente caído en alguno de los huecos de mi delicada memoria, llegó el día de la entrevista. Yo llegaba tarde porque me habían entretenido unos macarrones con bechamel gustosísimos y, con cierto apuro por no saber que clase de padres adoptivos me iba a encontrar.
Pero cuando entré en mi despacho y vi que estaban Sunai, Daniel y Momonini (la diosa de la concha), haciendo un cuadro de familia feliz, con Daniel y Momonini, riendo sentados en las sillas de las visitas, mientras Sunai hacía una parodia de mí, con un cojín debajo del jersey, que no hacía ninguna falta, me di cuenta de que no sería en esta reencarnación en la que yo conseguiría un poco de felicidad. Esquivo nirvana…
Daniel, el bocazas, quiso estropear mi momento de disimulo ante aquella ostentosa burla:
-Oye, perdónanos, por favor.
-Perdonar… ¿el qué? Insistí en el disimulo
El bocazas siguió
-El niño, que te estaba imitando…
-Ah, pues no me había dado ni cuenta… pero ¡bueno! Ha sido una gran sorpresa para mí que seáis vosotros los padres de Sunai. Ni me lo podía imaginar.
-Ah, pues nosotros creíamos que lo sabías. Lo trajimos al colegio porque queríamos que tuviese al mejor profesor de geografía. De todas formas los nombres de los padres aparecen en la ficha tutorial.
-“¡Rayos!”- Pensé, “Conviene leerse de vez en cuando las fichas tutoriales.”
-Ah, la ficha tutorial, sí, la leí, claro pero no caí en el asunto.
Momonini permanecía callada, y Sunai también, aunque Momonini le hacía gestos a Sunai para que se apartase el flequillo de la cara. Al mismo tiempo, me di cuenta que el niño me caía fatal. Y Daniel. Sólo me caía bien Momonini, aunque un poco mal también. Por estar con Daniel, claro. Y por haberse domesticado, y me vino a la cabeza la canción “Linda prima”, pero mi mente no fue capaz de dar con una de las notas de la melodía del estribillo. Me pareció que Momonini estaba domesticada. Y eso me pareció mal. Una diosa salida de la concha, domesticada.
Estuvimos hablando un buen rato de motivaciones, dislexia, esfuerzo, sprint final, actividades de cara al verano, de la evolución de Sunai. Y yo por más que pensaba en cómo hacerles daño, sobre todo a Daniel, utilizando el poder que me había caído en las manos, no daba con la solución. Y entonces mi conversación se volvía estúpida y pastosa, y entonces intervenía Momonini y lo dejaba en evidencia preguntando en voz toda altota si me pasaba algo:
-¿Qué si me pasa algo? Que te quiero, coño, y que valgo más que él.
Me consolaba pensando en lo que pasaría si dijera eso. Pero no lo dije. Ni, de hecho, me consolé, tampoco.
Momonini se levantó.
-Creo que Sunai está en las mejores manos.
Pero fue una cosa que jamás debió decir.
Y no os creáis que me gusta mentiros diciendo que un capítulo es el último, y luego no lo es. Lo hago, pero no me gusta hacerlo.
El siguiente capítulo desvelará todos los misterios, y…
DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, VI Conciencia Larga FIN)
En aquel entonces, yo tenía un concepto demasiado alto de la conciencia, y, me di cuenta tras catear a Sunai, en la asignatura de Geografía y Medio Ambiente, y también, como tutor suyo, en comportamiento y actitud, de que eso de la conciencia no era para tanto, no tenía tanto poder, la muy creída.
Por el contrario, el evidente sabor reparador de la venganza, o la rabia, o lo que fuese aquello, tapó cualquier atisbo de arrepentimiento que pudiese haber en mi persona. De manera que me había convertido en un cabroncete sin escrúpulos, y recuerdo que me gustaba.
En cualquier otro momento, las lágrimas de madre de hijo cateado de Momonini, hubiesen conseguido de mi cualquier cosa. En cambio, utilicé consuelos joputas, de esos que más que consolar, joden.
-Créeme, Momonini, le va a venir bien. Es una cura de humildad.
-Pero ¿el tiene conocimientos suficientes?
-Vamos a ver, entre los conocimientos también está la modestia, la bonhomía, y nuestra labor no consiste sólo en que los chicos sepan los afluentes del Mekong, sino también en que sepan integrarse en una sociedad….
-Ya, ya, pero ¿Él sabe los afluentes del Mekong?
-A ver, él conoce algunos de los nombres, claro, pero no es de lo que se trata.
-¿Y en comportamiento? ¿Por qué te los has cargado en comportamiento?
-Vamos, a ver, por favor, no se trata de discutir ahora que si por qué esto, y que si por qué lo otro. Tengamos un poco de perspectiva…
Cuando ella se dio la vuelta y se fue, pensé que la había convencido. Pero al final, resultó de aquellas veces que das una victoria por segura, te cambias de ropa, y cuando vas a por el premio te dicen “¿eh?”, y se ríen de ti, y ves como otro se va con el premio.
Daniel vino aquella misma tarde, enfurecido.
-¡A ver, enséñame el puto examen de mi hijo! ¿Qué mierda de milonga docente le has endiñado a mi mujer? Como vea el examen de Sunai, y esté como yo creo que está te vas a acordar de mí…
-A ver, creo que estás excesivamente nervioso.
-¡Que me enseñes el examen!
-Mira con este tono no te enseño el examen ni nada. Es más, mira lo que te voy a enseñar…
…y ejecuté un “calvo” portentoso.
No sabéis todo lo que se pueden llegar a complicar las cosas. Daniel, enfurecido fue a hablar con la dirección. La dirección me reclamó el examen. Llegaron a la conclusión de que el examen no estaba para suspender, sino para sobresaliente. Me cayeron dos meses de empleo y sueldo.
-Mejor que dos meses suspendido de sueldo, solamente.
Lo que quería ser una pequeña e inocente venganza, pasó a ser una especie de batalla. Daniel se fue después, todavía insatisfecho, como villano que era, al Juzgado y consiguió para mí una condena de seis meses, que tuve que cumplir porque había sido declarado prófugo del servicio militar hacía unos años, y eso contaba como antecedentes. Ante eso, la dirección, tan pusilánime decidió despedirme. Según me despidieron ingresé en presidio. Intenté reiniciar una especie de rumia de la venganza de la venganza, pero vi que me faltaba talento, y que me llamaba más la atención la música. En la cárcel estaba de moda otra vez el “skiffle” y yo, la verdad, era un especialista.
-Tábano, tienes visita. Y menuda visita.
Ingresé en Los Kometax, como guitarra, lo pasábamos bien. Teníamos grandes armonías en nuestras voces, y empezábamos a sonar.
-Visita ¿yo?
-El tábano eres tú. ¿no?
-Si. Pedazo de tía, sólo si es tu madre la respetaré, pero no lo parece.
Realmente Los Kometax era todo mi horizonte. La geografía la había olvidado, y además, realmente era aburrida.
Efectivamente, la diosa Momonini se apareció ante mí, en el locutorio. Antes de esperar a que yo cerrase la boca, se sentó delicadamente tras el cristal, que no estaba tan limpio como en las películas, y descolgó el auricular con sus finas manos, sujetándolo junto a sus orejitas, dejando ver sus uñitas pintaditas de naranjita.
-¿Qué haces aquí? ¿No estáis satisfechos? El puto niño irá a Harvard, si le sale de los cojones.
-Sólo he venido a averiguar una cosa…
-Bueno, pero rápido, tengo un grupo de “skiffle”, ¿sabes? Y…
-Sólo quiero saber por qué lo hiciste.
-Lo hice porque soy malo.
-Tú no eres malo.
-Soy malo.
-No, a ti te pasaba otra cosa.
-¿Ah, si? ¿qué?
-Que me querías, que yo te gustaba. He tardado en darme cuenta, y he pensado mucho, y como no me explicaba nada, al final he llegado a esa conclusión. Yo te gusto. Actuaste movido por los celos.
-No pienso contestar a eso.
-Tú a mi también me gustas.
¿Sabéis cuando el corazón decide ir por su cuenta, y le dice al tórax, agárrate macho que me disparo? Pues eso fue lo que me pasó a mí.
-Estoy seguro de que no vas a repetir eso que me parece que has dicho.
-Me gustas, no quiero seguir viviendo sin ti. Cuando salgas dentro de dos meses, te estaré esperando, y nos iremos tú y yo a vivir juntos.
-¿Y tu marido?
-Que se joda.
-¿Y tu hijo?
-Ese no es hijo mío. Aguanta dos meses, que no te podré venir a ver. Pero te estaré esperando a la salida.
¡Ahhhh! Momonini mía. No sabía como ponerme de rodillas para dar gracias a Dios, por brindarme aquel momento de felicidad, y enseñarme que yo también puedo ser feliz, y que ahí fuera me esperaba una diosa de la belleza y del arte. Y di por buena la cárcel, las sanciones, el mal rollo, las dificultades económicas….
Pasé dos meses ansiosos, me echaron del grupo de skiffle porque sólo se me ocurrían canciones románticas, pero me daba igual. Los últimos días pasaban despacio como el timo por el tracto digestivo. Y yo me venía arriba, en los momentos de esperanza, y abajo en los de ansia. Y me agotaba tanto arriba y abajo.
Pero todo llega, y llegó el día de mi liberación. Y cuando atravesaba las puertas, camino de la libertad, y de mi ser venerado, con toda la cara alta y orgullosa, se me acercó, Max, el vigilante.
-¿Algun problema, Max?
-Ninguno, ha llegado esta nota para ti, de una tal Momonini.
La nota decía esto:
“Hola… ¿Te acuerdas de todo lo que te dije en el locutorio? Era mentira. Quería que sufrieras por todo el daño que nos has intentado hacer. Así que aquí no habrá nadie esperándote y que sepas que me pareces un pringao. Jódete, hijoputa.
Descojonándose de ti
Momonini”
Bueno, aquello me hizo un daño…
Narración: Javier Busto
Ilustración: Jesús Prieto y Carlos Delgado
