Burgos y el Cid
Cabeza de Castilla, ciudad emblemática, y mítica a un tiempo, Burgos hace las delicias de quien llega hasta ella para contemplar su catedral, llena de detalles hermosos y con sus dos torres puntiagudas pinchando el cielo mismo, en un intento de abrirlo desde la tierra.
Por entre sus calles aún se puede oler el aroma del cuero y el sudor de caballeros y caballos, con sus arneses tintineando al son que marcan las espadas, que de los cintos de los condes cuelgan, camino de la reconquista. Aún pervive el espíritu del Cid Campeador, terror de moros y estigma de la realeza, azote de deshonestos, y de la invencibilidad nuestra, de esta nuestra patria es, grande en héroes y pequeña en vanidad. Que un rey le ofendió y por vuelta en pago, le regaló la corona de Valencia que era noble vasallo, hasta en la adversidad. Más saliendo de la tal y noble villa, me acerqué a un pueblo que dio entre otros al marqués de los Balbases, que dirigió los tercios de Flandes y la Armada de su Majestad en tiempos en que corrían allá por el siglo XVII.
Es un pueblo de noble forma, que dos iglesias, tesoro bien restaurado del XVI conserva y sus casas bien cuidadas, que de nuevo son habitadas por calor humano, mostrando la vitalidad que nunca debió perder. Barrio bajo, barrio alto, y sus gentes que reciben con bien al forastero, crean una atmósfera que invita a quedarse, a disfrutar de la naturaleza, que allí, reina como en pocos lugares, verde y frondosa a orillas del río donde echarse una siesta es un placer envidiado por el dios Zeus, que mira sorprendido desde su alcoba en el Olimpo.
Penetré en la iglesia del barrio alto y subí hasta el coro donde el silencio impera y la paz llega desde adentro para sentarme y mirar como Apolo haría desde su palacio celestial, y vi… como los componentes del coro entraban para el ensayo, que sus voces llenaron en el altar de ofrendas a un dios desconocido, que ronda sus nobles piedras y devuelve el eco de sus notas. Pinturas hermosas de vivos colores llamaron mi atención, y sentí que un trozo del alma de todo ser viviente pernoctaba allí de algún modo. Rodeé el exterior y la torre acastillada, defensa de moros y puesto de vigilancia, desde donde se daba la alarma y en la que se refugiaban sus habitantes de las razias del moro, que me dejó admirado.
A la noche que eran fiestas del Sejo, las gentes desafiaron el frío con bebidas calientes y baile que la orquesta animaba, con la voz de una poderosa garganta femenina. Bailé hasta la extenuación, y me sumí en el éxtasis que produce ser uno más y pasar desapercibido allá donde nadie se es. El paisaje a la vuelta me dejó el sabor del dulce que permanece en el paladar, y produce el deseo de comer más… un día retornaré con Marta que mí Cicerón fue, y gozaré de nuevo de sus gentes, de sus monumentos, y de su anonimato, que le concede el misterio de ser LOS BALBASES el pueblo de Burgos, que la paz conoce.
