Mi nombre es Cristina. Yo siempre fui una pequeña niña, tranquila y sosegada. Apenas salía y solía preferir jugar con mis muñecas que con mis amigas, un cambio en mi vida había hecho que todo cambiara y que deseara estar en cualquier lugar excepto en mi casa.
Tres golpes secos que resonaron en mis oídos como truenos me sacaron de mi ensoñación, mi padre otra vez. No sabía muy bien de qué se quejaba ahora pero no me importaba, el pestillo estaba cerrado y había sido así siempre desde los últimos meses. Apenas salía de mi habitación donde me olvidaba de todo escuchando mi música tranquila y cursi, donde el aire me hacía sentir como si no importara más que esta habitación y este momento ya que, aunque yo no lo sabía, sería el último. Subí el volumen de mi cadena de música y así, como si con el mando también controlara sus movimientos, los golpes de mi padre eran cada vez más fuertes. Decidí irme de allí, era notable que mi padre estaba enfadado y que había decidido pagar su mal genio conmigo. Salté por la ventana y corrí en dirección a la carretera.
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