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Historia de Nobt

Ilustración de 'Historia de Nobt'1
HACE MUCHO TIEMPO de ésto, tanto, que nadie de los que me lean, ni siquiera sus antepasados más recientes, había nacido; tanto, que el país del Nilo no era un solo reino sino dos, y sus habitantes vivían en chozas de adobe, y sus reyes no eran más que pastores, y los sacerdotes no eran más que curanderos, y la gente no conocía el alfabeto, y no sabía construir en piedra, y no esculpían imágenes en piedra, pero no tanto para que la semilla de una divina civilización no pudiera germinar entre los primitivos egipcios.

Manetón, y algunos otros historiadores, sitúan aquella época ochocientos seis años antes de la primera Olimpiada.

En aquellos tiempos el Alto Egipto se hallaba constituido por nueve ciudades, todas ellas vasallas de Nobt, la Luz del Desierto, la Inexpugnable, donde se encontraba el Templo Rosado de Zeus-Amón, el Disco Solar, el Soberano del Cielo Diáfano, el Padre de Egipto. El sumo sacerdote del templo, erigido por el propio dios antes de regresar a las estrellas, los gobernaba a todos de la manera que dejó escrita el Astro Solar: el sumo sacerdote y cuatro más, constituidos en consejo, velarían por la independencia de las ciudades y censuraría la preeminencia de una sobre otra, así como la injusticia, la corrupción o la relajación de costumbres. También confió al Tribunal de los Cinco la ciencia de los dioses que se guardaba en la Cámara de los Prodigios, y la Biblioteca Solar, con la solemne promesa que jamás la utilizarían en perjuicio de los demás, ni tampoco harían ostentación de ella, a no ser en circunstancias excepcionales y siempre de manera proporcionada, augurando terribles desgracias si incumplían la palabra dada.

Nobt, la Luz del Desierto, la Inexpugnable, fue la primera maravilla del Mundo, mucho antes que los Jardines Colgantes babilonios, mucho antes que la Esfinge, protectora de los faraones, y no habría siete, sino ocho, si hubiera sobrevivido en su magnificencia hasta la época de los griegos.

Cuentan los archivos de Heliópolis que Nobt tenía unas impresionantes murallas de piedra cuando en aquella época, como dije anteriormente, el hombre no sabía tallarla y construía sus defensas con adobe o levantaba empalizadas. No fueron humanos sus constructores, tal vez cíclopes como leí a Cerano, pero creo que fueron hombres de bronce a las órdenes de un arquitecto divino. Nunca se vieron murallas tales, ni siquiera actualmente. Merites se maravilló ante semejante alarde arquitectónico y lo dejó escrito en sus Memoriká: “Levantaron los muros con las piedras tan juntas y pulidas que parecían fueran hechas con una sola piedra”. Dice también el sacerdote que se accedía por siete puertas y que el trazado de la ciudad era muy regular, con ínsulas y calles rectas, y que en su centro se levantaba el Templo Rosado de Zeus-Amón, que formaba parte del palacio, cuya torre más alta superaba, incluso, la altura de las murallas.

Luego leí también a un egipcio que hablaba de calles pavimentadas, de estatuas de oro erigidas en la calle en honor de tal o cual rey o divinidad y se extrañaba de que no fueran objeto de robo. ¿Tanta era la honradez de aquella gente gobernada por filósofos sacerdotes? Simplemente es una razón de sensatez. ¿Robarías a un dios? Hubo uno que osó robar un hermes de oro. Obró con nocturnidad y sin testigos; a la mañana siguiente se lo encontraron desmembrado en mitad del ágora junto al hermes robado y con una nota grabada en su pecho que lo acusaba: “he aquí mi castigo”.

Un arquitecto ateniense, que llegó a ser director de la biblioteca de Alejandría, de nombre Andrómaco, visitó la ciudad de Nobt, ya en clara decadencia, y se maravilló al observar cómo se abastecían de agua sin necesidad de pozo o acueducto alguno. Dice que la ciudad se asentaba sobre un lago subterráneo. Cuándo preguntó quién había planeado esto, le contestaron que la ciudad fue levantada por inspiración directa de Zeus-Amón, entonces soberano del Alto Egipto, y que apenas se había modificado su trazado, pues lo considerarían una blasfemia.

Calístenes, cronista del primer Ptolomeo, describe la impresión que le causaron los muros de la ciudad, la verdadera razón por la cual se había mantenido independiente a pesar de las invasiones extranjeras. También se admiró por la Torre del Sol que se proyectaba desde palacio por encima de las murallas para que desde allí la Guardia Etíope pusiera en funcionamiento la máquina que escupía bolas incendiarias.

Barastro fue de los últimos en admirar la magnificencia de la ciudad. Escribió una historia de Nobt en ocho libros que se perdieron, o malmetieron, con el incendio de Alejandría. Pero los dioses quisieron que se conservara una copia entera del original, en los archivos de Heliópolis, la que tú vas a leer, querido Isidoro, para que también puedas gozar, aunque a través de la palabra, de la primera maravilla del mundo.

2
Uri, sumo sacerdote de Zeus-Amón en la ciudad sagrada de Nobt, la Inexpugnable, La Luz del Desierto, se despertó nervioso en mitad de la noche, agitado por extraños pensamientos de conjuras, traición y muerte. No pudo volverse a dormir. Harto de dar vueltas, se levantó y caminó hacia la balconada desde donde se divisaba el jardín. La noche era clara. Había plenilunio. Todo estaba en silencio, salvo los grillos y su eterno canto nocturno. Uri empezaba a tener frío. Se envolvió con el manto y bajó hasta el jardín, sentándose en un poyo junto a una fuente que susurraba dulcemente notas de agua. Aquel era un silencio oneroso, y se disgustó al no poder disfrutar del espectáculo que le ofrecía la noche.

Era imposible que conciliara el sueño. Mañana el bronce decidirá quién reina en Nobt. Todo dependía de la firmeza con que asiera la espada y que se acordase del noble arte de la esgrima. Su rival le llevaba ventaja en que era guerrero.

Uri se levantó con decisión. Regresó a su cuarto, se vistió la túnica, cogió la espada y salió de palacio sin escolta.

El Templo Rosado de Zeus-Amón se encontraba en penumbras. Sólo ardían dos pebeteros a cada lado del altar donde se levantaba majestuosa la estatua del dios, hierático, sentado en un trono austero, el rostro sereno, la mirada fija en el horizonte de la puerta de entrada, la cabeza afeitada, tocada con una mitra de alabastro rojo y el disco solar, inmenso, de oro, como si le naciera de los omóplatos, sobresaliéndole cuatro palmos por los hombros y por la cabeza.

Uri hizo una reverencia respetuosa. Luego penetró en el sanctasanctórum donde buscó en los estantes una vasija ritual y el incienso. La dejó encima del altar, la encendió y echó el incienso dentro. Dejó que el humo perfumado se metiera en sus pulmones, purificando sus entrañas, echándoselo como si de agua se tratara, limpiándose las orejas, los ojos, purificando sus sentidos, haciéndose digno de su señor y de aquel lugar sacrosanto. Elevó una plegaria al cielo, alzando las manos y mirando al dios que, indiferente, no dejaba de mirar al frente como si esperase impaciente la llegada de una visita. Luego desnudó la espada, la sostuvo con las dos manos, la pasó por el humo purificador, la levantó por encima de su cabeza ofreciéndosela a su señor Zeus-Amón, el Soberano Rey del Cielo Diáfano, y le rogó que la tocara con su divina mano para que triunfase en su justo propósito de preservar la ciudad y la Cámara de los Prodigios que juró defender con su sangre. Terminó el ritual arrodillándose a los pies de la estatua. Permaneció un rato así hasta que, entumecidas sus piernas, se levantó, hizo una nueva reverencia y dio diez pasos hacia atrás, sin dejar de mirar a Zeus-Amón, para después volverse y salir del templo.

Afuera clareaba discretamente. Era la hora del gallo.

Uri meditó unos instantes si regresar a palacio. El criado iría a despertarle pero, al no encontrarle, supondría que estaba en el templo. No, no regresaría. Se quedaría en el pórtico. De todas formas había quedado allí con el Tribunal de los Cinco a primera hora de la mañana. Uri desenvainó la espada. La estuvo observando a la luz trémula de su linterna. Buen arma. Empuñadura de plata. Ligera. Mortalmente cortante. Letal. Se la regaló su padre cuando alcanzó la edad adulta. Realizó unos movimientos de ataque en el aire y respondió después defendiéndose de su oponente invisible. Todavía se acordaba. Pero no estaría de más practicar con algún guerrero de palacio. Además tenía que vestirse y tal vez sobrestimara la capacidad de deducción de la servidumbre que no se temiera un acto de cobardía. Así que regresó a palacio.

3
Se acordó el duelo a primera hora de la mañana, frente a las murallas, a una distancia equidistante entre éstas y el campamento. Kiti, Señor de Uaset, hijo de Kabe, hijo de Uri, hijo de Mokares, contra Uri, Señor de Nobt, sumo sacerdote de Zeus-Amón, hijo de Kabe, hijo de Uri, hijo de Mokares por el dominio de la ciudad de Nobt, la Luz del Desierto, la Inexpugnable, que se encontraba sitiada por el primero, a fin de no provocar el sufrimiento entre sus súbditos.

Kiti fue el primero en llegar, acompañado de cinco guerreros. Su ánimo estaba tranquilo. No era la primera vez que se enfrentaba a un duelo de semejantes características y siempre había salido airoso; incluso una vez, en lucha con un reyezuelo egipcio del norte, resultó herido de gravedad antes de cercenarle la cabeza a su enemigo. Y sobrevivió. No era su destino morir en combate, no al menos sin haber conquistado todas las tierras bañadas por el Nilo. Y su oponente no era guerrero sino sacerdote. Un hombre de paz. Lo conocía bien por ser su hermano. Era diestro en el manejo de la espada, pero no más que él, y suponía que le faltaba práctica. Si acaso temía que utilizara alguna estratagema que hubiera aprendido de los dioses. Pero estaba llamado a ser un gran guerrero y no moriría hoy frente a las murallas de Nobt.

Por fin les vio llegar. El Tribunal de los Cinco, un esclavillo y Uri encabezando la blanca comitiva vestido para la guerra: casco, coraza y glebas.

Se saludaron con respeto y frialdad.

Uno de los jueces libó un poco de cerveza en honor de los dioses. Se invocó a Zeus-Amón, Soberano del Cielo Diáfano, el Disco Solar; a Seth, el Señor del Desierto, el Protector del Alto Egipto, el de Hocico Curvado; a Maat, la Señora de la Justicia, la Pluma de la Verdad que sopesa el corazón de los hombres cuando inician el viaje a la otra vida.

El combate podía empezar.

Kiti fue el primero en atacar. Uri cruzó su espada, deteniendo el golpe, pero, inexplicablemente, la hoja se quebró por la fuerza del golpe y el Señor de Uaset aprovechó la sorpresa en su oponente para hundir su espada por el sobaco hasta el corazón.

Su muerte fue instantánea.

Hoereb, el más anciano del Tribunal de los Cinco, consternado, se inclinó ante su nuevo señor.

–Hoereb de Nobt, sacerdote de Zeus-Amón, hijo de Haxem, hijo de Elkem, hijo de Keme, como segundo del Tribunal, te saludó, Kiti, Señor de Uaset, hijo de Kabe, hijo de Uri, hijo de Mokares, como nuevo señor de Nobt, la Luz del Desierto, la Inexpugnable.

Kiti se mostró indiferente ante su nueva situación. Se limitó a volverse hacia sus hombres y pedirles un escudo.

–Ha muerto como un valiente y así debe entrar en la ciudad que una vez fue suya.

Dos soldados cogieron a Uri y lo depositaron con respeto encima del escudo que levantaron con dos hombres más. Luego el Señor de Uaset hizo una señal y cien hombres lo escoltaron hasta el Templo Rosado de Zeus-Amón, además de los ocho reyes del Consejo de las Nueve Ciudades que había ganado a su favor.

El silencio era sepulcral. El pueblo de Nobt se arremolinó entorno a la comitiva y la siguió hasta las escalinatas del templo que precedía a la columnata. Allí esperaba su viuda, Jaya, y las plañideras, que lloraba la muerte de su esposo. A ella se lo entregó, para que preparase su cuerpo para la otra vida.

Luego Kiti entró en palacio y se sentó en el trono real. Miró con autoridad a los ochos reyes que lo saludaron como nuevo rey de Nobt. A continuación requirió la presencia de un escriba.

Primero habló al sacerdote:

–Querido Hoereb, hijo de Haxem, hijo de Elkem, hijo de Keme, como segundo del Tribunal de los Cinco y sacerdote de mayor edad del Templo Rosado de Zeus-Amón, una vez se halla enterrado a Uri, hijo de Kabe, hijo de Uri, hijo de Mokares, con todos los honores dignos de un rey, me ordenarás sumo sacerdote del Templo, cargo que heredaran mis sucesores en este trono. Queda abolida el Tribunal de los Cinco porque yo Kiti, hijo de Zeus-Amón, Dios Viviente sobre la Tierra, no me equivoco nunca. Así que no necesito censura. Queda también abolido el Consejo de las Nueve Ciudades porque, entre otras cosas, mi reinado será vitalicio así como el vuestro, y seréis vosotros, y yo mismo, quien escoja sucesor, a no ser que la elección no convenga a mis intereses, por lo que me reservo el derecho de veto.

“No deberéis pagarme tributo sino una vez al año y siempre una cantidad no inferior a lo que estipularé más adelante.

“Estas son mis primeras decisiones como rey del Alto Egipto.

Todo ello quedó por escrito en un papiro.

Luego Kiti llamó a uno de sus capitanes, un hombre robusto de noble ascendencia y emparentado con su familia llamado Ptasi.

–Noble Ptasi de Uaset, hijo de Mokares, hijo de Baste, hijo de Sab, te nombro rey de Uaset, te doy mi palacio y toda mi servidumbre así como el mando de todos sus hombres.

–Te lo agradezco querido hijo de Zeus-Amón, Soberano del Cielo Diáfano, el Disco Solar, nuevo señor del Alto Egipto y de las Nueve Ciudades que lo conforman.

Esta fue la última decisión antes de que se hubieran celebrado las exequias fúnebres de Uri, hijo de Kabe, hijo de Uri, hijo de Mokares, antes que Hoereb, hijo de Haxem, hijo de Elkem, hijo de Keme, le hubiera ordenado sumo sacerdote de Zeus-Amon, antes de que hubiera tomado por esposa a Jaya, reina de Nobt, y adoptado todos sus hijos como suyos propios.

4
Llegó el momento que tanto anhelaba, después de los regios esponsales. Una vez hubo ordenado a sus escribas y hombres de ciencia que leyeran e interpretaran la Biblioteca Solar, pidió a Hoereb que le condujese hasta la Cámara de los Prodigios.

No ha trascendido dónde se encontraba la entrada.

Hoereb y Kiti aprovecharon la medianoche para internarse en el túnel secreto. Bajaron por unas escaleras –Kiti contó mil escalones– hasta unas puertas de oro que bloqueaban el camino. En ellas se había grabado la historia de Zeus-Amón y su venida a la tierra, que tuvo lugar durante la Primera Edad del Hombre.

Hoereb desenroscó la empuñadura del báculo y con ella abrió las Puertas Doradas de la Cámara de los Prodigios.

–Aquí debes obrar con prontitud –le advirtió–. Si tardas demasiado en abrirlas, si te extasías con su contemplación o intentas descifrar los jeroglíficos, te volverás loco. Es una medida que tomaron los arquitectos divinos para evitar a los ladrones.

Delante de sus ojos apareció el Laberinto de la Cámara de los Prodigios. Ocupaba una extensión de cuatrocientos estadios. Hoereb se entretuvo en explicarle los jeroglíficos que había en cada desvío. Que los supiera interpretar era vital, pues de perderse, jamás volvería a encontrar la salida y moriría de inanición.

A medida que llegaban a su destino veían con más claridad el fuego de los pebeteros que ardían eternamente en la Cámara de los Prodigios.

Eran de oro, como la colosal estatua de Zeus-Amón, que protegía a un rey desconocido y, por extensión, a todos los reyes de Nobt, sedente en un extremo de la cámara.

–Hela aquí –dijo Hoereb triunfante, divertido viendo la expresión de codicioso asombro de Kiti frente a todos aquellos objetos extraños que habrían de facilitarle la conquista de todo Egipto.

De repente, se quedó blanco como las plumas del sagrado ibis, blanco como las nubes del cielo, como la arena; entremedio de aquellos artefactos vio a su hermano, aparentemente vivo.

Hoereb se quedó también de piedra.

–¡Por los rayos sagrados de Zeus-Amón! ¿Qué clase de magia es ésta? ¡No has jugado limpio! ¡Te maté con mi propia espada! ¡Vi tu cuerpo embalsamado!

–No viste más que lo que yo quise que vieras. Tampoco tú jugaste limpio. Hoereb te facilitó una espada de la Cámara de los Prodigios, aquélla que Todo-Lo-Corta, piedra, metal y huesos. Con ella conseguiste quebrar mi espada y matarme sin ningún esfuerzo.

Hoereb hincó las rodillas en el suelo.

–¡Te suplico piedad, noble Señor de Nobt, porque no fue la ambición quien movió mis ánimos contra ti sino el temor a la cólera de Kiti, Señor de Uaset, tu traidor hermano!

Kiti estalló de ira. Desnudó su espada y se dirigió al anciano

–¡Viejo cobarde! ¡Suplícame piedad a mí porque seré yo quien te arranque la cabeza!

Y así cumplió su amenaza frente a la indiferencia de su hermano

–Si mi destino es la muerte, que sea luchando.

Uri hizo un simple gesto con su báculo y Kiti quedó reducido a cenizas.

5
Aquella mañana Nobt se despertó en guerra. Nadie sabe cómo habían entrado en la ciudad, pero lo cierto es que causaron gran mortandad y que, al tener la piel de bronce, eran inmunes a las armas de los egipcios.

Los ochos reyes lucharon con valentía, y murieron como tales. Fueron enterrados según la costumbre, pero sin honores, como castigo a su traición, y en su lugar Uri puso a hombres de su confianza a quienes reunió en la sala del trono, una vez Uaset fuera arrasada por un ejército de dragones escupidores de fuego hasta sus cimientos.

–Deshago el Consejo de las Nueve Ciudades, que cada una vaya por libre. Os doy permiso para haceros la guerra entre sí, para uniros en confederación o, si queréis, conquistar Nubia o el delta del Nilo. Me es indiferente, siempre y cuando respetéis la independencia de Nobt, que no se meterá en la política de Egipto, a no ser que vayáis en contra de sus intereses. Esto lo cumpliréis vosotros, vuestros hijos, vuestros nietos y descendientes por los siglos de los siglos; de no respetar mi tratado, de intentar violentar mi ciudad, será como ofender al mismísimo Zeus-Amón en su cara, y traerá funestas consecuencias nada comparables con la destrucción de Uaset. La cólera del Soberano del Cielo Diáfano acabaría por completo con la civilización egipcia.

Esta fue la primera venganza de los dioses.

Que no haya otra más.

6
Jamás había oído hablar del Codex Thibaudensis. En el departamento no conocían a ningún Gaston Thibaud, ni aún menos, a Michalis Gounas que supuestamente había traducido el manuscrito al francés. Google tampoco me ayudó. De todas formas, si pertenecía a una biblioteca particular no tenía por qué aparecer en la red. Intenté descifrar los caracteres coptos, sobretodo en aquellos pasajes sospechosos, y realmente decían lo mismo que había mecanografiado el tal Gounas. Se trataba, sin lugar a dudas, de un manuscrito de extraordinaria importancia, tanto literaria como desde el punto de vista histórico, si acaso hiciera referencia a una ciudad sagrada o complejo religioso de época predinástica.

Rebusqué en mi cartera y saqué el dossier del papiro que volví a leer con detenimiento.

[…] en Egipto, durante el sitio de Ombos, Quinto Varano se despertó de madrugada porque alguien lo había llamado. Pero no vio a nadie ni tampoco se había dado señal alguna de alarma. Tomándolo como una señal divina salió de la tienda. Hacía una noche de luna llena. Todo parecía tranquilo cuando levantó la vista al cielo y vio que la luna se acercaba hacia el campamento […] de repente, se hizo < de día> […]

Quinto Varano ordenó levantar el campamento y regresar a Tebas. Llegaron a la capital del nómos por la tarde […] se habían visto también tres lunas sobre el templo de Zeus-Amón y el comandante recibió la visita de un hombre de estatura muy superior a la habitual y mucho más majestuosa que le advirtió sobre la inconveniencia de conquistar Ombos y romper así el pacto firmado por los descendientes de Oquites con el hijo de Amón, el deiforme Ures, a quien los dioses habían honrado con el conocimiento de la ciencia de los dioses, gracias a la cual venció a su hermano, usurpador […]

Abajo había apuntado en tinta negra algunas notas sobre las características del documento y la identidad de los nombres propios:

Papiro del s. III dC. escrito en griego de autor desconocido. Sospecho que pudiera tratarse de una historia de Egipto a imitación de Tito Livio, pero no descarto la hipótesis de que se tratara de una traducción del “Ab urbe condita” liviano.

Nada encontré acerca de ningún Quinto Varano, salvo una breve referencia en Nepote (cf. XXIII, 4, 2) que lo cita como “collega” de Publio Cornelio Escipión el Africano (obviamente no puede tratarse del mismo Q. Varano). Mejor suerte tuve con los faraones; Manetón los cita como reyes de la V Dinastía (Cf. Fr. 18 de “Sincelo”. Según Eusebio), que gobernó Egipto entre los años 2560-2420 aC.

Tracé una raya divisoria debajo del párrafo y escribí en letra mayúscula:

COMPARACIÓN con el “CODEX THIBAUDENSIS”
Resulta verosímil que Oquites y Ures sean los nombres helenizados de Kiti y Uri, pero entonces entraríamos en conflicto con el “Codex Thibaudensis” pues éstos habrían reinado en época predinástica.

El topónimo Nobt se asemeja a Nubit y Nubt, que en egipcio significa Ciudad de los Dioses, y que los griegos tradujeron indistintamente como Ómbos u Ómboi, las actuales poblaciones de Kom Ombos y Naqada respectivamente; por lo tanto también habrían podido traducir el nombre de Nobt como Ombos.

Las fuentes del “Codex Thibaudensis” no son griegas sino que proceden de un original egipcio como demuestra que no haya “traducido” los nombres propios ni los topónimos ni las instituciones políticas que, por otra parte, recuerdan a las democráticas de Atenas. Que Amón aparezca escrito con la forma griega se debe, quizá, a su uso extendido y asimilado por el autor.

Otro detalle a destacar es la mención de la ciudad de Uaset, que correspondería a la griega Tebas, la T-Aped de los jeroglíficos, desconocida en época predinastica. O se trata de un anacronismo o bien habría existido antes de la unificación de Egipto..

Sólo me falta pasarlo a limpio y enviárselo al Dr. Robert H Bellamy por correo electrónico.

7
Apreciado Prof. Sevilla:

Su papiro benedictino ha sido fundamental para reforzar mis teorías sobre la existencia de un complejo religioso que hubiera podido ser el germen de la asombrosa civilización egipcia, gracias al cual he podido vencer las reticencias de mis superiores en Oxford y también el recelo del Dr.. Jean Marc Dutruel, director del Institute Français d’Archélogie Orientale (IFAO), institución que trabaja en la zona donde creo que pudiera hallarse la ciudad de Ómboi.

Debo decirle que además de su papiro y mi manuscrito, existe otro documento que habla sobre una ciudad misteriosa. Se trata de una historia de Egipto del s. XIII escrita en árabe por un tal Hixam –cuyo manuscrito se encuentra en Berlín– que habla de N?hw?t?, la Ciudad de los Nueve Magos (el Codex Thibaudensis menciona nueve ciudades que formaban una especie de confederación liderada por Nobt), un pequeño reino de infieles, a muchas leguas de Luxor, en el desierto de Libia, donde los antiguos nubios que una vez doblegaron a los reyes del Egipto pagano, permanecieron desafectos a los nuevos señores de Egipto sin que ninguno de ellos, por más poderoso que fuera, se atreviera a discutirles su independencia. (¿Le suena de algo?). El topónimo N?hw?t?, que no es árabe, bien pudiera ser una corrupción de Nobt. ¿No cree?

Con semejantes pruebas en la mano, intenté buscar a lo Schliemann una posible localización de la ciudad. Busqué en el gran oasis de Tebas, situado en el valle de El Jarga, situado a 280 Km. al oeste de Luxor, y encontré casi por casualidad –a punto estuve de rendirme– un topónimo curioso: Qars-el-Jainun, que en árabe significa el Castillo de los Infieles. Se trata de un conjunto arqueológico poco estudiado. Lo que hoy conocemos con ese nombre es la antigua Lumm, ciudad fronteriza levantada en época Ptolemaica (s. III aC.) aunque seguramente existiera con anterioridad al reino helenístico. Lumm alberga una fortaleza y un templo que, tal vez, pudiera estar consagrado a la tríada tebana (AMÓN, Jonsu y Mut) y que según algunos indicios pudo funcionar de iglesia copta.

La ciudad de Lumm, no muy importante ni tampoco populosa, fue abandonada durante el s. V dC. Pero hay algunos estudiosos que defienden la presencia de una comunidad religiosa hasta el s. VII, con la invasión de los árabes que por ese motivo bautizarían el fuerte con el nombre de Castillo de los Infieles, según una teoría bastante aceptada, también por el Dr. Dutruel. Yo tampoco la pongo en duda; sin embargo, nadie nos dice que fueran cristianos, o que en Lumm convivieran sólo cristianos, o que no fueran cristianos “sincréticos”.

Otra vez vuelvo a referirme a un autor árabe, esta vez un geógrafo del s. XII, Al-Idrisi, que nos habla de una fortaleza en El Jarga levantada por INFIELES ADORADORES DEL SOL que fue destruida cuando los árabes conquistaron Egipto, no siendo reconstruida como ejemplo para quienes adorasen falsos dioses. Aquí tiene, profesor Sevilla, a los sacerdotes de Amón, los guardianes de la Ciencia de los Dioses.

Discutí de este asunto con el Dr. Jean Marc Dutruel. Naturalmente, no compartía mis teorías. Argumentaba que estos infieles adoradores al sol podían ser perfectamente seguidores de Mitra, aunque no se hubiera descubierto en Lumm ningún mitreo; que Al Idrisi escribió basándose en otras fuentes y no de su propia experiencia y que bien pudo seguir una antigua leyenda egipcia perpetuada en el tiempo. Pero aun así, debido a mi insistencia, las pruebas documentales y mi prestigio, todavía intacto pese a mis excentricidades, conseguí que me dejara investigar sobre el terreno. Los arqueólogos del IFAO habían hecho un estudio del suelo del templo, hallando una cámara subterránea a cinco o seis niveles que no pudo ser abierta por falta de dinero, problema que subsanaría la universidad de Oxford, patrocinadora de una expedición franco-inglesa junto con el IFAO y con la conveniencia del Consejo Superior de Arqueología de Egipto.

Me gustaría invitarle a mi expedición, ya que sin usted, y su amabilidad al enseñarme su trabajo, hubiera sido imposible esta expedición. Naturalmente, con todos los gastos pagados como si fuera un arqueólogo más.

A la espera de sus noticias, se despide de Ud.,

ROBERT H. BELLAMY

8
Conocí al Dr. Robert H. Bellamy, “Harry para los amigos”, durante un curso de doctorado sobre papirología en la Faculty of oriental studies de Oxford. Era un tipo encantadoramente excéntrico, tópicamente inglés, tanto en su elegancia como educación y aspecto, alto y flemático, el pelo color ceniza por su edad, sesenta y tres años que de ninguna manera aparentaba. Hacía gala de un humor muy negro, sobretodo contra sus superiores académicos o aquellos colegas cuya erudición, “estampada por obra y gracia de Gutenberg, llenaba libros infumables de erudición rococó que no aportaba a la ciencia nada más que un bonito libro de guáflex en la biblioteca de los alumnos pedantes”.

Se rumoreaba en la faculty que el Dr. Bellamy tenía ciertas teorías alucinadas sobre el origen extraterrestre de la civilización egipcia. Además había sido amigo de un tal Dr. Heinrich W. Loeber, alemán del este refugiado en EEUU y escritor beatnick de paraciencia relacionada con ovnis y “misterios” históricos. Es posible que así fuera, no tanto porque las creyera a pies juntillas, sino para dar que hablar.

Enseguida congeniamos, sobre todo cuando le dije que era español, pues había tenido un pasado hippie en Ibiza y se había enrollado durante bastantes años con una chica catalana “hasta que se quitó la máscara de progre y quiso casarse. ¡No podía traicionar mis ideales! Así que la envié al garete”.

Le expliqué mi tesis y las dificultades que tenía.

–Tengo un problema parecido al tuyo. Mi abuelo materno, gran bibliófilo, enamorado del antiguo Egipto, compró en El Cairo un manuscrito copto del s. VIII que bautizó pomposamente con el nombre de Codex Thibaudensis. No eran más que exégesis de la Biblia de escaso valor literario; sin embargo, en las páginas finales, descubrió un texto ajeno a la religión que seguramente algún monje debió añadir al volumen en una posterior encuadernación para evitar que se perdiera. Se trataba de una historia de Egipto, de autor desconocido, que explicaba un curioso capítulo hasta ahora desconocido: la historia de Nobt, una ciudad-estado del Egipto predinástico. Primero pensé que debía de tratarse de un error de trascripción, que el copista habría querido poner Nubt o Nubit, pero la historia narrada no se correspondía a la de estas poblaciones, por lo que deduje que podría tratarse de una tercera Nubt.

“Toma, te daré una fotocopia del manuscrito con su trascripción y traducción. ¿Por qué no la comparas con tu papiro?

Así comenzó esta aventura.

9
Siete de octubre de 20…

Llegó el momento tan deseado. Los arqueólogos franceses por fin habían excavado el pozo paralelo a la cámara subterránea y accedido con éxito a su interior. El primero en bajar, después del Prof. Julien Garcia del IFAO, fue, naturalmente, el Dr. Bellamy, seguido por el Dr. Amin Razek, arqueólogo egipcio y, finalmente, yo.

Un espectáculo maravilloso se abrió ante mis ojos. Había un sarcófago de porfirio en el centro que contenía una momia, y otras cuatro junto a ésta, en el suelo, con sus sarcófagos de madera pintada. Los ajuares de todas las momias parecía que estuvieran allí apiladas en orden desenfadado junto a las paredes, decoradas con frescos de una calidad más que notable; vasos canopes, arquetas, estatuas, arcones, un carro desmontado (eso creo), una cama, armas y tres o cuatro kas, estatuas a tamaño natural del difunto, en madera policromada, en las que observé que habían utilizado la misma técnica que la famosa talla del Escriba para hacer los ojos, lo que les confería una sensación de que estuvieran vivos.

Razek dijo que probablemente se trataba de la tumba de un alto dignatario egipcio que también habría servido, en una época posterior, de escondite de momias. Ello probaba la existencia de Lumm antes de los Ptolomeos como una ciudad importante, al contrario de lo que se creía actualmente. Harry apuntó de inmediato que estábamos en la cuna de la civilización egipcia, cosa que le rebatieron con vehemencia sus colegas que, no obstante, le felicitaron por su sagacidad.

Había bajado el fotógrafo y se preparaba para tomar instantáneas de todo cuando empecé a encontrarme mal. Tal vez fuera la emoción del momento o el ambiente enrarecido de la tumba tras siglos y siglos de estar cerrada sin ventilarse.

No fui yo el único. Mis compañeros también sintieron nauseas y fatiga. Quise sentarme, o me caí, o las dos cosas, porque lo último que recuerdo es el duro suelo contra mi cabeza.

10
Me dijeron que todo había sido mentira. Mi mente suele inventarse historias rocambolescas donde interpreto a personajes más interesantes que mi vida real, mozo de oficina en la administración pública. Una vez fui millonario en Montecarlo. Era dueño de un casino, pero un socio me hizo una mala jugada y me dejó sin un duro; otra vez mi familia era confidente de la policía en Nápoles. Pero la camorra nos puso una cruz y tuvimos que “desaparecer” en España con otro nombre. El apellido de mi familia no es Sevilla sino Napolitani. A veces las paranoias son más discretas: mi abuelo tenía una masía en la Garrotxa, pero se la jugó a las cartas y tuvimos que emigrar a Barcelona o que vivo de alquilar unos pisos en la Plaza Real, propiedad de mi familia.

Ésta no era una de ellas. Fijo.

–-¿Pero ha leído mi diario de campo? ¡Si incluso puedo describirle el olor que hacía la cámara mortuoria.

–-Sí, seguro que también los colores y los objetos, y también te acordarás perfectamente de lo que comiste y la conversación que mantuviste. Todo eso es real en tu mente, dentro de tu cerebro, como una película. Pero nunca ocurrió. Te lo voy a demostrar; me has dicho que estabas trabajando en un papiro. Entonces, eres filólogo. Un helenista. A ver, enséñame el título.

¡El título, el título!

–-¿Qué título? No tengo título. Soy autodidacta –me defendí estúpidamente.

Siempre me entristecía que echaran abajo mis fantasías. ¿Por qué no podía ser un millonario arruinado o hijo secreto de Robert Redford? ¿Qué mal había en soñar lo que no eras si no hacía daño a nadie?

Pero esta vez no me cogerían. Porque tenía razón. Lo había olvidado. Lo guardaba en el bolsillo de la americana.

–-¿Qué opina de esto?

El psiquiatra lo miró sin saber bien qué pretendía.

–-Un anillo muy bonito –dijo mientras me lo devolvía.

–-Es un sello de oro con el nombre de una deidad egipcia; Seth. Debo confesar que lo robé; aproveché la excitación del momento para abrir una arqueta, coger el anillo y metérmelo en el bolsillo.

–Esto lo has podido comprar en cualquier joyería.

–Pero se ve antiguo.

–Oro envejecido.

–Claro. Y las joyerías de Barcelona van llenas de sellos egipcios; es la última moda –exclamé irritado

–Eso no quiere decir nada. ¿Has estado en Egipto? Porque venden sellos muy parecidos. Mi cuñado tiene uno muy parecido, con su nombre grabado en escritura jeroglífica. ¿Sabes egipcio? ¿Quién dice que aquí no pone Lorenzo?

–-Te lo digo yo.

El psiquiatra arqueó una ceja, irónico.

–-¿Ah sí?

Antes de contestar me lo puse distraídamente en el dedo anular de la mano izquierda. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

–-Este cartucho contiene el nombre auténtico de Seth, el Desierto, Señor del Alto Egipto. Pronunciarlo en voz alta supondría invocar su presencia, y la muerte, si la he llamado en vano.

–-Míralo por otro lado. Un descubrimiento tan importante, una tumba real casi intacta en mitad del desierto, bien hubieran valido cinco minutos en el telediario o una plana en la prensa. ¿No crees? Sin embargo nadie se hizo eco de la noticia porque nunca ha existido salvo en tu cabeza.

–-Zeus-Amón lo impidió. Me volvió loco a ojos de la sociedad.

–-Entonces quiere decir que el Sr. Bellamy también está loco.

–-No. Sigue dando clases en Oxford, pero se ha olvidado de mí y de la expedición a la ciudad de Lumm que, por otra parte, sí existe. Búsquelo en Google. Escriba Robert H. Bellamy y saldrán no-sé-cuántas páginas.

–-Pero a ti sí que te enloqueció Zeus-Amón. ¿Por qué?

–-Porque yo robé el Anillo de la Percepción que evidencia la existencia de la “Cámara de los Prodigios”. Por eso me castigó con la locura a ojos del hombre.

–-¿Y por qué no recuperó el anillo?

–-Ya lo ha hecho. Yo soy Zeus-Amón.

–-Demuéstramelo.

–-¿Conoces a Serbat? Es un demonio del infierno egipcio que devora el alma de los incrédulos que cometen impiedad al negar la existencia de los dioses. Ahora le he hecho venir, pero que se escondiera dentro de ese archivador que tiene a sus espaldas. Si lo abre, morirá; si no, usted y yo no hemos mantenido esta conversación.

El psiquiatra se levantó.

–-¿Dónde dices que está? ¿En qué cajón?

–-En el tercero empezando por arriba. Pero yo de usted no lo abriría.

–-¿Por qué? No existen los dioses egipcios. Todo está en su imaginación. Y se lo voy a demostrar.

El doctor no me hizo caso y abrió el tercer cajón sin que le pasara nada.

–-¿Lo ves? Aquí sólo hay expedientes –dijo removiendo los dosieres–. Expdientes de pacientes como tú, Lorenzo.

Cretino.

El monstruo infernal lo tenía detrás suyo.

Narración: Luis Sarsanedas
Ilustración: Jesús Prieto

Luis Sarsanedas  

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Narrado por Luis Sarsanedas el 27-11-2008 [Escribir comentario]
Categoría: Cuentos

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