Artículo Completo

El Film, de Antonio Larrosa

Ilustración de 'El Film'
Capítulo 1
Año 1943. Un joven de dieciséis años se masturba vigorosamente. Su cuerpo semidesnudo se convulsiona rítmicamente al compás de la mano aferrada a su miembro viril; sus ojos están fijos en la fotografía de una hermosa mujer morena de espléndidos senos, mirada turbadora y sonrisa sensual. La mujer de la fotografía es una de las tantas que se exhiben desnudas en las revistas francesas de la época. Ésta debió ser recortada de una de ellas, seguramente de un “Paris et Hollywood”.

Tiene la mirada febril, de su boca rebosa algo de espumeante sali-va, las convulsiones se hacen cada vez más y más violentas, ligeros so-llozos se van convirtiendo en auténticos aullidos de placer cuando la ejecución del acto alcanza al fin el momento álgido y su mano, impreg-nada de semen, se detiene.

Todo ha sucedido en unos minutos. El joven, de ensortijado pelo, está pálido, se pasa el reverso de la mano por la comisura de los labios a fin de limpiárselos; a continuación, con evidente enfado, rompe en mil pedazos el recorte de la revista, y tras tirarlo a la taza del inodoro, se arregla el pantalón y salen del váter; sí, sí, dije salen, porque con el joven de mirada febril estaban otros dos. Son hombres jóvenes, alrededor de treinta años, ninguno expresa emoción alguna. En sus rostros sólo hay el gesto incoherente del que está trabajando, porque eso es lo que hacen, están trabajando, y nadie en su trabajo, salvo extrañas excepciones, expresa otra emoción que la falta de emoción, hastío, aburrimiento, etc. Claro que hay gente que parece disfrutar con su tarea, como son los charlatanes, los payasos y sospecho que los inspectores de Hacienda, aunque pongan cara de eterna amargura como el incomparable actor Buster Keaton, en pleno auge pocos años antes.

Pero volvamos al momento en que Carlos Ricart Escofet, que es como se llama el joven, sale de los servicios de su magnífica casa, situada en el aristocrático barrio de Pedralbes, de Barcelona. El mozalbete se sienta en un cómodo sillón, junto a una mesita color caoba viejo, y conecta un receptor de radio que a los dos minutos exactos comienza a hablar: “Las fuerzas alemanas, que avanzaron sin dificultades a un ritmo sorprendente hasta las mismas puertas de Moscú y Leningrado, tras abandonar estas ciudades por falta de abastecimientos, hostigadas por la inclemencia del tiempo y la falta de los más necesarios recursos, comida, ropa adecuada al clima y armamento, continuaron la lucha en el frente sur de Sebastopol, junto al río Volga. Pero la encarnizada batalla por la conquista de Stalingrado, última esperanza del ejército germánico, finalizó con la rendición del mismo. El mariscal Von Paulus se ha rendido con todo el ejército alemán, hoy, día 2 de febrero de 1943”.

Uno de los hombres maldice, mientras por sus mejillas resbala una lágrima. Es el cameraman Günter Borman, uno de los mejores ca-meraman cinematográficos de Alemania. El otro está rodando la escena con sumo cuidado y, aunque es americano, de su cara no se ha movido ni un músculo.

Durante el resto del día, Carlos lee una novela que a veces deja un instante para hablar al cameraman que en esos momentos no filma, pero éste nunca le contesta, es como si no existiese. Carlos ni se extraña ni se altera; está acostumbrado, siempre ha sido así, desde que tuvo uso de razón nunca fue de otra manera.

Capítulo 2
Año 1945. A veces sueño que estoy navegando en un hermoso velero sin tripulación; es un navío en el que sólo hay dos personas, tú y yo, amor mío. Sueño que el mar está en calma, el cielo es de un azul fulgurante, como ese mar que pintan los niños. Y pasan los días rebosantes de inefable dicha; a veces unas tenues nubecillas blancas como racimos de algodón pasan a considerable altura extinguiéndose en la lejanía vertiginosamente. En mi ánimo esperanzado noto el renacer de otra vida diferente a ésta; es una vida plena de amor junto a ti, cielo mío. Y esa sublime sensación se acrecienta hasta límites inconmensurables, comparable a una explosión de placer, al divisar la isla deshabitada donde viviremos lejos del resto de los mortales, donde nadie pueda jamás interferir nuestra singular felicidad y libertad. A veces sueño que el mundo es un lugar donde las personas son buenas, siempre dispuestas a ayudar a sus semejantes sin esperar recompensa alguna. Un lugar sin antagonismos, un lugar lleno de amor; amor a los padres, a los hijos, al vecino y al desconocido.

En fin, sueño cosas maravillosas, que lógicamente son el producto de mi alma llena de incertidumbre y temor ante el futuro en el que sólo veo la ambición desmedida de los hombres, donde las personas son hipócritas y perversas, y cuanto más poderosas, peor. Los ricos vivimos temerosos siempre pensando que nuestro dinero, nuestras posesiones y todo nuestro poder pueden desvanecerse de la noche a la mañana, y nuestro miedo se transforma en terror cuando nuestros negocios no prosperan. Estamos convencidos de que sin el poder que nos da el dinero la vida está exenta de razón de ser, y por eso pensamos que la masa algún día se alzará contra nosotros, eliminándonos, como siempre ha sucedido en la historia. Por eso arrollamos a todo aquel que nos estorba, sea quien sea, sin importarnos su sufrimiento. Es como si nos vengásemos por anticipado de lo que ha de llegar tarde o temprano, y por eso somos crueles e injustos con los que están bajo nuestro dominio.

Tú me dirás cómo yo, que vivo una vida regalada, que ni salgo a la calle, puedo tener conocimiento de todas estas cosas. Es muy sencillo; leo, leo tanto que puedo presumir más que otros que están inmersos en la vorágine de la vida; por lo que estoy seguro que todos los ricos, a menos que sean imbéciles, deben sentir estos temores y han de pensar como yo ahora. Estoy plenamente convencido de que muchos ricos algunas veces deben pedir perdón a Dios por sus acciones egoístas, y lloran al verse envejecer y que su existencia sólo ha significado un azote para los desdichados bajo su poder. Yo mismo, que nunca he hecho nada por nadie, intento justificar mi privilegiada situación dando gracias a Dios por haberme concedido el estado de privilegio en que me encuentro y que habrá sido por algún motivo divino”.

Cuando Carlos termina de hablar, Blasita, sirvienta muy joven de la casa, le responde.

— Carlos, yo te comprendo muy bien. Sé que, aunque siempre, desde que naciste, has sido vigilado constantemente por los del cine, día y noche, debes tener ganas de escapar de ese control. No comprendo cómo puedes consentir ese asedio constante. No me entra en la cabeza que exista un motivo para que estos tíos estén siempre tras de ti con sus cámaras; hasta cuando vas al váter, hasta cuando duermes. Creo que es excesivo que te consideres un ser privilegiado y nefasto para los demás. Para mí sólo eres un víctima, un pobre muchacho encarcelado, sin ser culpable de delito alguno.

Carlos sonríe irónico y alega.

— Sí, tienes toda la razón; soy un mequetrefe de dieciocho años. Pero al hablar así no es porque me considere culpable de nada. Si digo que los ricos somos gente mala es por mi propio padre, que me tiene preso por su absurdo capricho, que respeto por costumbre y tolero por tratarse de mi padre. A mí me importa un rábano que estos tíos pululen a mi alrededor continuamente. Los considero sombras; me he criado con ellos, siempre a mi lado. A veces, cuando se reemplazan tras su turno de trabajo, ni me entero, es como si no existieran. Si les hablo, sé de antemano que no me van a contestar, no me van a ayudar nunca ni en lo más mínimo, no intervienen en nada. Puedo hacer lo que quiera, y aunque me muriese ellos no moverían un dedo, aparte de filmar. En realidad no encuentro que sea denigrante el que me vigilen día a día. ¿Acaso Dios no lo hace igual? Ellos, para mí, son como un dios menor que me persigue. Lo malo es que si para mí no cuentan, no ocurre igual con los demás; como tú, por ejemplo, que ni me permites un roce sabiendo cuánto te quiero.

Blasita mira a la cámara descaradamente y acercando los labios al oído de Carlos le susurra:

— Escapemos y te demostraré mi cariño. — Él la mira muy serio antes de hablar.

— No puedo; es imposible. Daría un enorme disgusto a mi padre, que tanto ha arriesgado en la realización de esta película, y además sería muy difícil escapar de éstos; nos seguirían al fin del mundo.

— Pues así no podemos seguir. Yo no soy una comediante para que me estén filmando el resto de mis días.

— Podríamos casarnos. — Expone él, mirando a la gente pasar desde la ventana.

— Así nunca. No concibo que en nuestra luna de miel estos tíos estuviesen en nuestra habitación.

— Apagaríamos la luz. — Propone Carlos.

— Nos filmarían con luz infrarroja; lo sé. Desde que sirvo en esta casa he aprendido mucho de cine. — Asegura la sirvienta de dieciocho años, rizos en el pelo, bonita cara de ojos color de miel y cuerpo escultural.

Carlos la inspecciona de arriba abajo con delectación, lenta— mente. Sus pupilas brillan lujuriosas al posarse en el prominente busto de Blasita, después la mira profundamente a los ojos y acercándose lentamente la rodea con el brazo y la atrae con delicada violencia, con fuerza apasionada, contra su pecho anhelante. Ella forcejea y protesta sin excesiva convicción, pues lo mismo que él, ella también lo desea.

— Déjame, Carlos; por favor.

El posa sus labios en los de ella y la besa con ardiente y demencial coraje. Ella gime y sigue protestando, pero cada vez con más vacilaciones y debilidad.

— Déja… me, dé… ja… me; por fa… vor.

La pasión se adueña de ambos, la sangre joven se enciende y ruedan por el suelo abrazados, confundidos, ciegos de deseo de amor. Los cameraman, con sigilo y astucia, se sitúan en un rincón sombrío desde el que pueden ejecutar su trabajo discretamente.

Poco a poco, él la va venciendo y convenciendo y la acaricia inmerso en una borrachera de felicidad, y mientras la acaricia con las manos la devora con los ojos, meditando: “¡Qué hermosura, qué ojos tan preciosos, parecen dos antorchas encendidas! ¡Con qué ardor me miran, y esa boca que tiembla, que gime, que me besa y me dice te quiero, te quiero, qué ganas tenía de tener en mis brazos a una mujer así! ¡Me parece un sueño! ¡Oh, qué piel tan tersa y a la vez tan suave. Me siento morir de placer!” Y lentamente sus manos recorren hábilmente el imponente cuerpo de la magnífica mujer, que se deja, que se entrega, que se convulsiona movida por auténticas descargas de placer que, no obstante, no la hacen olvidar a los cameraman, y eso la estremece y la hace susurrar entrecortadamente, tras mirar a un lado y otro.

— No veo a esos tíos. ¿Dónde están?

— Se habrán ido. — Responde él, sin molestarse en buscarlos. — En casos así tienen que irse. No te lo dije por probarte.

— Entonces soy tuya; pero ten cuidado, es la primera vez. No me hagas daño.

Entonces el fuego crece y las caricias, antes superficiales, se trasladan a sitios más íntimos. Las manos que acariciaban los senos bajan y los murmullos se hacen jadeos, entrecortados sólo cuando las bocas se encuentran y las lenguas se enlazan gozosamente en los besos asfixiantes.

Segundos después los dos están completamente desnudos; lo han hecho casi sin darse cuenta, sin siquiera levantarse de la alfombra, mientras se revuelcan acariciándose, masturbándose mutuamente, y por último, él sobre ella, la posee, la hace mujer, y ella grita de dolor y de placer, asombrada, feliz.

Jadeantes se separan, y mientras él le besa la mano, que aún tiene presa, ella descubre a los dos cameraman que en la penumbra están filmando. Aterrada, avergonzada e indignada, se cubre, pudorosa, su cuerpo y grita a Carlos.:

— ¡Me has engañado, me has engañado, me has engañado!

Carlos se le acerca y trata de apaciguarla con algunas palabras. Pero ella retrocede y los maldice.

— ¡Malditos mal nacidos, hijos de puta! — Ante el asombro general, se dirige veloz a la ventana y se arroja por ella. Sólo eran tres pisos de altura, apenas diez metros. Los suficientes para terminar con la desdichada sirvienta, la hermosa Blasita.

Como los Ricart eran gente poderosa aquella muerte ni trascendió. Blasita fue enterrada dos días después, y a su sepelio sólo asistió un corazón dolorido, el de un joven de dieciocho años. Los otros, dos cameraman y unas cincuenta personas, eran gentes, empleados o amigos de la familia de Carlos.

Enric Ricart, padre de Carlos, no tuvo tiempo de regresar de Rusia, donde se hallaba en viaje de negocios, pues fue a comprar pieles para sus industrias de curtidos, así como también para asistir a una proyección cinematográfica en relieve con el estereokino, procedimiento inventado en 1940 por el ruso Ivanov.

Narración: Antonio Larrosa
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto

Antonio Larrosa  

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Narrado por Antonio Larrosa el 6-11-2008 [Escribir comentario]
Categoría: Cuentos

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