Editorial Narradores

Mi Nombre No Es Alicia

3-noviembre-2008Llum Saumell Pascual

Dibujo del conejo de Alicia en el País de las MaravillasHabía pasado más de una docena de veces por delante de ese añoso edi­fi­cio de pie­dra, des­gas­tado por las llu­vias y el tiempo. Des­ta­ca­ban sus ven­ta­nas pin­ta­das de vivos colo­res, como si alber­ga­ran niños. Colo­cada de una manera pecu­liar, como si col­gara un poco, algo ladeada, como si no diera acceso a nin­gún espa­cio, había una puerta, chi­qui­tita en con­traste con las dimen­sio­nes de esa casa torre.

Me lla­maba la aten­ción ese edi­fi­cio, pero solía pasar ante él siem­pre con prisa, corriendo, por­que lle­gaba o vol­vía tarde del trabajo.

No sé muy bien qué me impulsó, esa llu­viosa mañana de fina­les de octu­bre, a pararme ante la casa. Observé su fachada prin­ci­pal como quien mira un ros­tro, una cara cono­cida, pues eso pare­cía, una cara: dos ven­ta­na­les azu­les hacían de ojos, cerra­dos por unos pár­pa­dos pin­ta­dos de vio­leta pálido y, justo en medio, una espe­cie de gár­gola no sinies­tra — pues aun­que estaba rota, simu­laba un rechon­cho gato que pro­vo­caba más son­risa que pavor– hacía a su vez de nariz, por la que gotea­ban gotas de llu­via ince­sante. En su “frente”, algu­nas grie­tas dibu­ja­ban arru­gas, como si algo preo­cu­para al edi­fi­cio y el tejado de piza­rra negra caía cual corta melena. La boca era pequeña, roja, ama­ble, aun­que algo tor­cida. Me acer­qué a ella: col­gaba un car­tel en forma de tetera inglesa, tam­bién algo inclinado.

- El gato de Ches­hire — leí en él, enton­ces sin recordar.

Decidí tomarme un des­canso y un té. Empujé la puerta y ante mí apa­re­ció una sala espa­ciosa y muy ilu­mi­nada, como si allí den­tro bri­llara el sol.

-¡Qué sen­sa­ción más extraña! – pensé al entrar. — Es como si me enco­giera, como si me estu­viera viendo a tra­vés de un telescopio.

Era, en efecto, como si midiese poco más de cin­cuenta cen­tí­me­tros, pues el techo se me antojó lejí­si­mos, las pare­des muy altas deco­ra­dos con enor­mes nai­pes de la baraja fran­cesa y de peque­ños dibu­jos de car­bo­ni­lla: eran niños y niñas, cone­jos con reloj, per­so­na­jes con gran­des som­bre­ros, más niños y niñas, árbo­les con puer­tas y gatos. Las pocas ven­ta­nas y las puer­tas, por con­tra, pare­cían des­pro­por­cio­na­da­mente más peque­ñas y las pocas mesas y sillas, todas pin­ta­das de dis­tin­tos colo­res, de tama­ños dis­tin­tos. Elegí la que me pare­ció más ade­cuada a mi tamaño y me senté. Me sen­tía a gusto, aun­que todo era muy extraño, como si estu­viera den­tro de un sueño, aco­ge­dor, donde el tiempo pasa de otra manera y estás res­guardo de la coti­diana y ruti­na­ria vida.

Me pare­ció ver a alguien al fondo, hasta que me di cuenta de que se tra­taba de un espejo que refle­jaba mi ima­gen distorsionada.

–Un espejo de feria – murmuré.

No sé cómo, apa­re­ció a mi lado un hom­bre de pelo algo rizado y porte añoso. Me fijé en su paja­rita blanca y su traje gris, pul­cro, que des­ta­caba en ese entorno de colo­res pastel.

- Ali­cia, le reco­miendo el té de Surrey y la tarta del Som­brero – me dijo.

- No, creo que se con­funde. Mi nom­bre no es Ali­cia. Yo soy…

- Aquí sí – inte­rrum­pió él sin brus­que­dad. — Per­mí­teme que me pre­sente: soy Char­les Lut­widge Dodg­son, pero pue­des lla­marme Lewis, que­rida niña.

Que me lla­mara “niña” a mis cua­renta años no me dis­gustó. Obvié su extraño com­por­ta­miento, pues en el fondo me estaba divir­tiendo aquel momento no pre­visto, rayando el absurdo, y mur­muré un gra­cias antes de pedir, efec­ti­va­mente, el té reco­men­dado y, sal­tán­dome la dieta pre­via de navi­dad, la tarta del Som­brero al ase­gu­rarme el caba­lle­roso cama­rero que debía­mos cele­brar “un no cumpleaños”.

Todo fue deli­cioso: el té, la tarta y la con­ver­sa­ción con Lewis que me contó que era pro­fe­sor de mate­má­ti­cas, pero que se ocu­paba de la tete­ría por unos días. Había esca­pado de la llu­viosa Ingla­te­rra para caer en la no menos húmeda, esos días, España.

Escu­ché, fas­ci­nada como si me narra­ran un cuento, que había publi­cado dos libros, “que público y crí­ti­cos han aco­gido como si fue­ran para niños” y que le gus­taba la fotografía.

Me regaló una en blanco y negro y con las esqui­nas algo ama­ri­llen­tas. Era de una niña de tira­bu­zo­nes enla­za­dos, expec­tante ante un espejo enorme y antiguo.

Me des­pedí con pena tras horas de conversación.

Salí a la calle, sor­pren­dién­dome de nuevo la fie­reza de la lluvia.

Me vol­vie­ron las pri­sas y el recuerdo de un mon­tón de pape­les sobre la mesa de mi despacho.

Miré mi reloj: ¡impo­si­ble! A penas había trans­cu­rrido un cuarto de hora desde que había entrado en la curiosa tetería.

He vuelto un par de veces más, pero la casa está cerrada y ya no existe nin­guna puerta roja. Me han dicho que está en venta. No sé si es buen momento para inver­tir en ladri­llo, con todo esto de la cri­sis, pero en esa casa el tiempo se detuvo y, con él, mi ansie­dad, mi tra­bajo y mi monotonía.

Tal vez sea el momento de cam­biar de vida y de abrir ese bar, ese local con el que a veces sueño: un espa­cio tran­quilo, donde ofre­cer tarta, té y narraciones.



5 Comentarios en “Mi Nombre No Es Alicia”

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  1. Fernando dice:
    5 noviembre 2008 23:26

    Buen intento. Pero no nos enga­ñas, Alicia.

  2. Llum dice:
    6 noviembre 2008 9:52

    ¡Me des­cu­briste, Fer­nando! Y yo te “des­cu­brí” en tu blog (pin­chando sobre tu nom­bre):
    “Soy una duda andante, enamo­rada, con dos hijos peque­ños, que lee, escribe, escu­cha y, de vez en cuando, habla…“
    Muy gua­pas las fotos… Reco­men­da­ble blog.

  3. Llum dice:
    6 noviembre 2008 13:16

    –Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
    –Nadie lo sabe.
    –Sueña con­tigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
    –No lo sé.
    –Des­a­pa­re­ce­rías. Eres una figura de su sueño. Si se des­per­tara ese Rey te apa­ga­rías como una vela.

    (El sueño del Rey, de Lewis Carroll)

  4. Fernando dice:
    7 noviembre 2008 15:01

    ¿Eston­ces lo que hace­mos con las pala­bras es seguir inyec­tán­dole som­ní­fe­ros al monarca para que no despierte?

  5. Llum dice:
    9 noviembre 2008 19:08

    shiiist, no te metas con la monar­quía, que la cosa anda mal…

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