Sevilla, el París de España
Cuando desembarqué en el aeropuerto de Sevilla, sentí que me internaba en un mundo paralelo en el que cada detalle iba a ser diferente por completo a todo lo visto hasta aquel instante, en el que el tiempo me trasladaría a la tierra de las taifas y las mezquitas de altos minaretes, que pincharon el cielo, y de las que sobrevivió uno de ellos, para convertirse en la señal enhiesta de la más altiva y poderosa Catedral de la Europa medieval.
El aire penetraba por mis fosas nasales quemando las paredes, y cada bocanada de aquellos cuarenta y tres grados suponía un esfuerzo que sin embargo merecía la pena sufrir. Un amigo me dijo en una ocasión que Sevilla era el París de España, que quien la visitaba conociendo la capital francesa antes, se daba perfecta cuenta de que se le parecía como hermana gemela… yo por mi parte, hice lo contrario aquel verano de 2003, y conocí antes la maravillosa y encantada Sevilla por la que deambulé saboreando su ambiente cálido, sus gentes amables y risueñas, que hospitalarias como pocas en parte alguna del mundo, me recibieron en cada tienda, en cada comercio, templo y palacio, como al hijo que regresa a casa.
La Catedral con la Giralda, antiguo minarete de la mezquita árabe, se alzaba ante mí como orgullosa señora de la ciudad, hecha por manos de oro y plata que eran conocedoras de los entresijos, de los secretos de la construcción de tales moles, que aún hoy día levantan expectación. Penetré en el templo y lo recorrí admirando boquiabierto, al contemplar tal cantidad de tesoros como esmeraldas en racimos adornando la cabeza de un busto de plata, las Coronas de María y Jesús niño, que llaman virgen de los reyes, con enormes diamantes, rubíes, marfil y esmeraldas cuajándolas, incrustadas en el oro tallado con mano diestra… la Tumba de Colón fastuosa y monumental, el espacio que se abre en medio de tan enorme edificio, y la custodia de plata, enorme, exquisita y diferente a las que se puedan ver en otras catedrales más acorde a los gustos refinados del siglo XVIII, mostraban su grandeza. Los recovecos que se pueden descubrir dentro son una pequeña aventura en la que cada detalle da cuenta de su historia, profunda intensa y poderosa.
Pero Sevilla es mucho más, y mi siguiente visita fue al Palacio de San Telmo, una obra magistral, en la que destaca la puerta barroca que no tiene parangón en parte alguna del mundo, y que deja parado a quien se enfrenta a su poder hipnótico cuando pretende fotografiarla. Es de dos plantas, elegante estilizado y grandioso a un tiempo. Lugar en el que se instaló el gobierno de la comunidad de Andalucía no es posible visitarlo por dentro como otros de su género, que sirven de museos.
Paseé por el Guadalquivir, anchuroso y fresco, por el que discurren los barcos como lo hacen por el Sena. La Torre del Oro discreta y majestuosa, llamó mi atención y Marta y yo subimos por las escaleras hasta llegar a su corazón, un museo de maquetas de barcos realmente digno de verse. Desde sus ventanas las vistas supusieron un premio al esfuerzo de combatir el calor estival, al que tan poco acostumbrados estábamos.
Una cerveza en una de sus terrazas alivió el calor y nos perdimos por los meandros de la judería, un laberinto que nadie debe perderse cuando se visita esta magnífica ciudad. Sus callejuelas de fachadas blanqueadas, que antaño fueran azules, para diferenciarlas de las de los musulmanes y católicos, reflejaban la luz confiriéndole una personalidad única. Regresamos de noche cuando las gentes se acumulan en las calles para disfrutar de la temperatura fresca y agradable que permite la charla y las risas que inundan sus rincones. Nos quedamos parados en medio del Puente de Isabel II y las aguas del ancho río gorgojearon alegres de saberse admiradas.
Quedaba un lugar emblemático de visitar y ese era el Palacio Castillo de los Reyes Cristianos. Sus jardines exóticos ordenados en dibujos geométricos y las fuentes que nacen del suelo mismo, se ofrecen al visitante como regalo a los sentidos. Palmeras y árboles de todo tipo se elevan sobre los setos dando su solicitada sombra, flanqueando aljibes de agua a modo de estanques, entre los que destaca el llamado de Mercurio, en el que el agua salta desde lo alto de una hermosa torre, para salpicar la superficie acuosa, ante las bellas estatuas de piedra que la bordean.
Sus cámaras amuebladas con lujo ostentoso, como procede en tan magno palacio, en el que aún hoy día los reyes pernoctan cuando visitan la ciudad, alimentaron nuestros espíritus hambrientos de arte e historia. Sus torres de almenas arabescas y la muralla que recuerda que un día fue la reina del sur, precintan sus secretos dándole un aire de misterio que cuando anochece se acrecienta. Salimos de allí satisfechos y llenos de imágenes de inmensa belleza, que dejaron su sello en nosotros.
La París de España que como bien pude comprobar, tiene cierto parecido con la París de Francia, dejó en mi su impronta y el deseo de volver. Muchas más sorpresas depara al turista la gran ciudad de Sevilla, pero se deben descubrir por uno mismo… sólo así se descubre parte de su encanto que encandila a quien la admira.
