Leyenda Del Albañil Árabe
Hace ya muchos siglos, existía un rey moro llamado Aben-Hayat, que gobernaba en el reino de Alfaraz.
En su juventud fue un excelente guerrillero, caracterizado por pillajes y peleas, pero, con el paso del tiempo, se hizo débil y achacoso, deseando vivir en paz con sus enemigos y gozando de los estados que había arrebatado a sus vecinos.
Sucedió, sin embargo, que este pacífico y viejo monarca, tuvo que luchar con algunos de los jóvenes príncipes de la zona, ansiosos de poder y rango.
Viéndose atacado también por algunos de los territorios lejanos al reino, el monarca decidió aprovisionar la capital con atalayas, enormes muros, y guardias en todos los pasos, desgraciadamente, la posición topográfica de Granada, rodeada por colinas y escarpadas montañas, hizo que Aben-Hayat estuviese constantemente alarmado.
Lleno de preocupaciones, y con miedo a perder Alfaraz, llega a su reino un albañil, cuya vestimenta deja mucho que desear. Se llamaba Mohamed Ajib.
Él mismo empezó a contarle al monarca maravillosas historias acerca de magníficos monumentos que había construido durante su paso por Egipto.
Aben-Hayat quedó tan asombrado con aquellas hazañas, que lo aceptó como constructor de la corte.
En poco tiempo llegó a ser el albañil Mohamed Ajib el favorito del rey.
Estando una vez Aben-Hayat quejándose de la perpetua guardia que se veía obligado a contratar para guardarse de las invasiones, el albañil, permaneció un rato en silencio y le dijo después:
- ¿Sabes, rey?, cuando yo estaba en Egipto vi una maravilla jamás inventada. Sobre una montaña, y mirando al río Nilo, había una figura que representaba a un carnero y encima de él un gallo, ambos hechos en bronce y puesto de manera que giraban en un eje. Cuando el país estaba amenazado, el carnero señalaba en dirección al enemigo y el gallo cantaba, así los habitantes de la ciudad disponían de tiempo para defenderse.
- ¡Qué ingenioso eres! – Exclamó Aben-Hayat - ¡Gran tesoro sería para mí colocar en estas montañas carnero semejante y gallo que como aquel cantase con el peligro! Hazme tal obra y dispondrás de las riquezas que necesites.
El albañil se puso a trabajar para satisfacer los deseos del monarca.
Levantó una gran torre en lo más alto del palacio real, en la parte más alta de la torre colocó una figura de bronce que representaba un moro a caballo que giraba con su escudo y elevaba su lanza si se aproximaba algún enemigo.
Cuando la obra estuvo acabada, Aben-Hayat estaba impaciente por experimentar, y deseaba como nunca una invasión.
No tardó en llegar, ya que un centinela traía noticias de que el jinete de bronce señalaba hacia la Sierra de Ecrina, y que la lanza apuntaba al Paso de Chope.
El monarca mandó enviar un grupo de caballería que, en un abrir y cerrar de ojos, acabaron por sorpresa con un ejército cristiano que se había internado en la Sierra.
Entre los prisioneros cristianos se encontraba una hermosa joven.
Al verla, a Aben-Hayat le empezaron a brillar sus grandes ojos oscuros.
La joven se llamaba Frida, y era hija de uno de los reyes cristianos muertos en la pasada batalla.
El rey de Alfaraz había tenido tanta ambición por conseguir poder y riquezas a lo largo de su reinado, que el amor fue tarea imposible en su vida, por lo que se preparó para convertir a Frida en su esposa.
Pero el receloso albañil, que amaba a Frida en silencio, veía como ésta se le escapaba de las manos, así que ideó un magnífico plan: Durante meses, convenciendo al monarca, se las ingenió para montar un enorme espectáculo en la ciudad, por lo que necesitaría cantantes y bailarinas. Entre los elegidos, curiosamente se encontraba Frida.
El rey ya conocía los encuentros que el albañil y su esposa mantenían a sus espaldas, pero accedió a que su bella esposa participara en el evento.
Así, la noche del espectáculo, Mohamed y Frida se fugaron de Alfaraz, llevándose consigo las mejores riquezas con que habían sido obsequiados.
Aben-Hayat entró en cólera al oír esto, enfurecido salió con todo su ejército en busca de los dos traidores, dejando su reino a merced de los invasores, perdiéndolo todo, pasando sus últimos días en el destierro.
Cuenta la leyenda que un pastor, tratando de encontrar una oveja perdida, divisó una cueva lujosamente adornada, introdujo la cabeza en un agujero de la superficie de la roca, y vio a Mohamed y Frida, él adormilado, ella tocando dulcemente el arpa.
Narración: José Ramón López
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
