El Mundo de Emilio Salgari
Era una tarde de domingo como otra cualquiera. Triste, como son todas las tardes de domingo; con un montón de horas inútiles que generalmente transcurren con el único propósito de acercarnos, inexorablemente, a la fatídica mañana del lunes. Era otoño y pese a que mi cuerpo, melancólico, me pedía abandonarme en el sofá para ver la tele o leer el grueso periódico dominical, decidí salir a dar un paseo.
Caminé sin rumbo por entre las calles de la ciudad hasta que sin darme cuenta terminé en los arrabales, donde las casas abruptamente, terminan en desaprovechados descampados que en otro tiempo albergaron necesarias cosechas.
Estaba empezando a anochecer, así que decidí dar la vuelta para afrontar el último sueño del fin de semana cuando a lo lejos, detrás de los últimos árboles que aíslan la autopista y su espantoso ruido de la ciudad, descubrí unas tenues luces y me pareció que a mis oídos llegaba una suave música de acordeón. Mi curiosidad pudo más.
Cuando los árboles me lo permitieron y pisando sus hojas caídas, pude ver como un majestuoso recinto, salpicado de carpas multicolores, ocupaba el sitio que por lógica debía de ocupar la autopista. No le di importancia porque me quedé fascinado. La música de acordeón estaba en el ambiente, recordaba vagamente a la Sicilia del siglo XIX; había saltimbanquis, gigantes, magia, monstruos, escapistas, cuentacuentos, animales salvajes, mujeres barbudas, quiromantes, echadoras de cartas y gente, mucha gente paseando, comiendo algodón de azúcar y divirtiéndose. Y aunque todos parecían sacados de esas postales antiguas, repintadas a mano, me pareció lo más normal del mundo.
Caminé admirando todo lo que veía hasta que decidí entrar en la caseta del cuentacuentos. Unas antorchas que despedían un leve aroma a queroseno iluminaban la estancia en la que veinte sillas vacías, estaban colocadas delante de un pequeño atril que hacía las veces de escenario. Un poco abrumado por la soledad del lugar me senté en la cuarta fila, un poco alejado del escenario. Esperé más o menos cinco minutos, al cabo de los cuales y aún con la sala vacía, por entre una cortina disimulada detrás del atril, apareció un hombre de mediana edad. Vestía riguroso traje oscuro, botines de charol, camisa blanca y sombrero de ala de paja. Saludó como si hubiera mucha gente escuchando y el pintoresco bigote tembló encima de su labio.
Dio las gracias a los presentes y comenzó a hablar. Mi incomodidad inicial pronto desapareció. Hasta que me olvidé de que estaba solo. A día de hoy no recuerdo con claridad ninguna historia, pero sí que recuerdo, y a veces nostálgico evoco, los lugares a los que me trasladó su sedante voz.
Viajé de su mano por mil mares en los que piratas, parapetados bajo el eufemismo de corsarios, peleaban, amaban y sufrían. Conocí al Corsario Negro, al Corsario Rojo y al Corsario Verde, hermanos y temibles en sus acciones bélicas. Estuve entre las selvas de Asia, donde las guerras independentistas y los animales salvajes me asustaron y fascinaron por igual. Supe que el Tigre de Malasia, sufría y penaba como cualquier otro ser humano.
Conocí de cerca, el Lejano Oeste. Estuve en Borneo, Filipinas, Paraguay y debajo de la tierra; descubrí tesoros y los perdí, conocí el valor de los balleneros y el sufrimiento de los cetáceos y cuando por fin el hombre terminó de hablar, yo estaba exhausto, como si realmente hubiese viajado y estado en la piel de cada uno de los personajes de los que habló.
Cuando iba a desaparecer por detrás de la cortina, me levanté un poco mareado y me acerqué hasta él. Paciente escuchó mis palabras de alabanza y gratitud por los momentos pasados y moviendo rítmicamente el bigote, a la vez que movía levemente el sombrero con una mano, me dijo, que el placer había suyo pero que le apenaba que a la gente ya no le gustase escuchar historias; preferían leerlas en la intimidad de su casa. Me dijo que era triste que la gente se aislara cada vez más para realizar cualquier tipo de actividad, pero que había que sobrevivir, así que había estado pensando en escribir sus cuento, convertirlos en novelas y retirarse del nómada mundo en el que estaba.
Espero que lo haya hecho.
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