Toledo la Ciudad imperial
Desde lo alto de una colina, a las afueras de la ciudad imperial de Toledo, divisé sus callejuelas y vericuetos, coronados por la aguja de la enorme catedral que se eleva orgullosa en medio de ella, prestándole su elegancia al conjunto arquitectónico que es Toledo.
El castillo de San Servando, quedaba afuera, al otro lado, como un anuncio del poder omnipresente de la ciudad y del esplendor que aún posee. Me introduje en la hermosa urbe atravesando la puerta imperial custodiada por las águilas labradas exquisitamente sobre las piedras seculares, y me perdí por sus meandros pétreos para familiarizarme con su peculiar personalidad. Adquirí unos mazapanes, que son los mejores del mundo, y los degusté con deleite hasta llegar al pie de la torre de la catedral. Penetré en el imponente santuario que es el templo, y pisé la cámara del tesoro, esperando ver mucho menos de lo que mis ojos captaron. La corona imperial de los Austrias hecha con la corona de la reina doña Isabel de Castilla como base, y coronada por una cúpula de oro tallado por un hábil orfebre, y recubierta de esmeraldas de gran tamaño y rubíes, así como perlas en abundancia, me fascinó. Un enorme crucifijo de plata regalo de un papa de Roma, así como el que pendía de su cuello hecho con siete enormes rubíes amén de otros objetos de interés, relumbraron en su interior como estrellas acumuladas por un mago. Salí al templo propiamente dicho y visité las reservas de túnicas y mitras que éste tiene dentro de otro sector. Un manto de la virgen del rosario engalanado con dos inmensas esmeraldas de gran pureza, tan grandes que jamás vi dos iguales, adornaban dicha prenda y toda ella se hallaba recubierta de perlas por millares. Casullas y mitras con pedrería suficiente como para comprar un reino, pasaron ante mis ojos atónitos. El trabajo de tallado del mármol de las esculturas y la elegancia de las altísimas columnas góticas resultaba algo que empequeñecía a cualquier ser humano. Salir al sol de nuevo fue como abandonar la cueva de los tesoros de un emperador de otros tiempos.
Toledo, que fue capital del reino visigodo y de un reino de taifas, ha visto dentro de sí una de las juderías más famosas y algunos de los asaltos militares más enconados de la historia de nuestra nación. En su sólido alcázar se libró una de las más cruentas batallas en la que las libertades perdieron ante la fuerza de las armas, y sus torres herrerianas esbeltas y potentes se alzan en la colina que domina la ciudad como un titán enhiesto, listo para defenderla de intrusos. Cuando entré en él me sentí transportado a otro tiempo, donde las armaduras y las espadas aún eran la señal de que la España en la que jamás se ponía el sol dominaba el mundo. Desde sus torres se ve el verde-oscuro paisaje como una maqueta hecha por la mano del mismo Dios.
Aquí se proclamó reina a doña Juana la Bletraneja en contra de lo dispuesto por los partidarios de Isabel de Castilla, y aquí residieron reyes que la conquistaron, amaron y algunos que la odiaron.
En sus tiendas más emblemáticas hallé los famosos damasquinados hechos con hilos de oro de veintidós quilates y de veinticuatro quilates, y lo que aún le dio más renombre en el mudo europeo, las espaderías en las que se fabricaban espadas con alma de hierro que eran irrompibles aunque se doblasen. Llegaban desde los puntos más alejados para adquirirlas y su precio las hacía inalcanzables a los bolsillos incluso de los nobles que no eran ricos en verdad.
Como una dama engalanada, que se sabe inmortal, Toledo permanece altiva, llena de vida y de historia, y llama a los que se le acercan con voz melosa para compartir con ellos, su savia, la historia en estado puro.
