El Poder de la Palabra
Hoy en día estamos acostumbrados a que la fotografía, las imágenes, el cine o la música hayan sustituido a las palabras. Y lo han hecho en muchísimos ámbitos de la vida. Yo donde más noto ese cambio es en la publicidad y aunque actualmente existen numerosos eslogans maravillosos que se han convertido en la firma de la marca anunciante, es verdad que ya no necesitamos frases, vocablos, palabras o expresiones escritas para reconocer un producto.
Pero no hace tantos años, cuando la televisión, por lo menos en este país, todavía estaba en pañales y los grises eran los únicos colores que veíamos en nuestros aparatos receptores, era mucho más importante e impactante lo que se oía que lo que se veía. La palabra tenía ese poder tradicional y mágico que nos embelesaba, nos convencía y nos trasladaba a paraísos de felicidad donde nuestros problemas no existían.
Las dos Guerras Mundiales sufridas, sobre todo por la sangrante Europa en el pasado siglo son un buen ejemplo de lo que digo. Si la derrota en la Primera, los alemanes la achacaron, en una buena parte, a no haber sabido canalizar la propaganda que en forma de palabras emitidas por las radios, gramófonos o lanzadas escritas en miles de octavillas, llegaba hasta los soldados ansiosos por información y dispuestos a dejarse convencer; en la Segunda no cometieron el mismo error.
Hitler sabía del poder de la palabra y por eso creo un Ministerio de la Propaganda y colocó al frente del mismo a Joseph Goebbels, un magnífico orador consciente del poder que tenía entres sus manos y que pronunció quizá, la verdad más terrible que nunca se ha dicho sobre las palabras: Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.
Con esa premisa bien presente, las grandes empresas multinacionales, los gobiernos, las grandes agencias de publicidad o cualquier interesado con el poder económico suficiente, pueden conseguir que millones de personas crean una mentira tan grande como la mismísima Tierra. Y lo mejor de los tiempos en los que vivimos es que esa mentira pueden enmascararla en imágenes, películas, pinturas o fotografías y no sólo en las palabras.
Estamos a merced pues de los demagogos (que existen no sólo en política, sino en cualquier disciplina humana) y que nos han dejado maravillosas perlas publicitarias, que muchas veces han sido el dogma en el que hemos basado nuestra forma de vida, sin cuestionarnos su veracidad.
Estos son algunos ejemplos de cómo a base de repetir algo nos lo creemos:
1. Elemental querido Watson. Sherlock Holmes, jamás dijo esta frase. Fue escrita para el guión de una película sobre el detective en 1939.
2. Cortar cabelleras. Ésta no era una costumbre de los indios americanos, sino que éstos copiaron tal atrocidad de los franceses que exigían a sus mercenarios el cuero cabelludo del muerto para poder cobrar la recompensa.
3. El estrangulador de Boston. Albert de Salvo sólo estranguló a su primera víctima, a las otras doce las mató a golpes o con un cuchillo.
4. No existen cementerios de elefantes. El gran mito del reino animal, se expandió porque se encontró una gran cantidad de osamentas de paquidermos reunidos en el mismo lugar, el biólogo Rupert Sheldrake descubrió que los animales viejos que no podía recorrer grandes distancias se quedaban cerca de lagos o manantiales y allí morían.
5. El rey Arturo. Nunca existió como rey el hombre que presidía la Tabla Redonda, en realidad fue un general romano llamado Lucio Artorius Casto, nombrado
