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Mamacita

Ilustración de 'Mamacita'
Puedes llamarte Miguel, Alberto, Hugo, Juan, Enrique, Carlos, o Francisco, es lo mismo. Lo que sí no te cuadraría nunca es uno de esos rimbombantes Brandon o de los anacrónicos Jacintos. Uno más, lo mismo que tu rostro, la viva estampa del Tercer Mundo, con la delgada vena que palpita sobre tu sien derecha, las ojeras que se pronuncian alrededor de tus párpados, el cabello en remolino, desordenado, y la barba crecida en la misma mueca de disgusto que cargas desde hace más de tres décadas. La barriga se te eleva más de cuarenta centímetros sobre el plano normal del cuerpo, y será una vergüenza cuando cierren la tapa de tu ataúd y apenas quepas dentro con semejante gordura y el párroco deba plantar encima su trasero y presionar a riesgo de que se le afloje el almuerzo de la tripa y se le escape un viento.

En conclusión, o para concretar, eres sólo un taxista más entre tantos de los que andan en este valle de lágrimas. Ansías cerrar los ojos y no abrirlos hasta que transcurran dos semanas, un mes, un año. Fingir, fingir, callar, callar. Fingir que posees equilibrio y madurez. Callarte la soledad. Qué desafío ser normal. A todos les encanta la palabra NORMAL. Tal vez lo normal es, en verdad, una anomalía, y no existe nada normal en el universo. O tú estás loco. ¿No es bonito que la vida te vire patas arriba, que te haga develar los traumas ocultos, que de pronto quedes sorprendido de ser lo que no eres? Te has convertido en otro distinto al que en algún momento pensaste que llegarías a ser. Si no fueras como ahora eres… A menudo preferirías ser perro o hierbajo. Puedes contar con los dedos de las manos las relaciones indelebles que has tenido. Te alcanzan los dedos, en realidad, pues nunca has querido contar cómo intoxicabas el ambiente de olores lúbricos con tu prima-hermana después de que tu mujer te dejó (¿qué podías hacer sin un hada madrina, sin una bella genio, sin una amiga comprensiva, sin una muñeca inflable, sin dinero?).

Lo que sí sería incalculable es la cantidad de amores platónicos vividos y que tu forma de ser te ha impedido, por lo menos, tratar de comenzar. En tu departamento has hecho correr el tiempo amando hasta llorar a una muchacha, pero ella, de seguro, jamás lo ha podido idear. Justo encima de tu techo se encuentran ella y su marido, y justo debajo de ellos, sin que por asomo lo sospechen, tu cerebro comienza a funcionar. Te basta con percibir los golpes, TRÁNCATA, TRÁNCATA, TRÁNCATA, de la cama contra la pared. Esos golpes, TRÁNCATA, TRÁNCATA, TRÁNCATA, llegan como si martillasen en tus sienes. La muchacha ríe, la muchacha jadea, la muchacha gime, la muchacha grita e imaginas, ahora mismo lo estás imaginando, a su marido encima, fornicándola, haciéndole el amor, tirándosela, poseyéndola, cogiéndosela, follándosela, picándosela, cuchiplanchándosela, enchufándosela, abrochándosela, cepillándosela, limándosela, clavándosela, parchándosela, taladrándola, planchándosela, enterrándole la sardina, echándole un garrotazo, mojándole el bizcocho, encerándole la papaya, matándole el oso a puñaladas, enchilándole la torta, encajándole todo el sentimiento, tapándole un agujero con el mismo material, enchinándole las barbas, dándole pa’sus tunas, pa’sus chicles, pa’sus dulces, pa’dentro, o como quiera nombrársele a eso que le hace con el máximo vigor. De un manotazo sustituyes al marido por ti mismo y te sitúas entre las piernas separadas que parecen de propaganda de Beautyform, mientras el marido, en el departamento de abajo, con su méntula afuera, friccionando hacia delante y hacia atrás, acompañado de música romántica bien cursi, de torres de amarillentos periódicos deportivos y de una envidiable colección de películas tres equis, tendrá que gozar, solo, con los ruidos que hacen, en cueros, tú y la muchacha, la muchacha y tú.

Finalmente, aunque no quieras debes abrir los ojos. El marido vuelve al departamento de arriba, otra vez regresa a los muslos de la muchacha y tú, con la mano derecha embarrada de cuatro mililitros tibios de savia vital perfumada de ron con Coca-Cola, extenuadísimo, no puedes hacer otra cosa que llorar. Lloras, lavas tus manos y lloras. Más de una vez te has visto llorar frente al espejo que siempre es usado en los cuentos y en las novelas inmortales. Y más de una vez, de rodillas, has suplicado a cuantos te oigan allá arriba o allá abajo, o en fin, a quien pueda interesarle, que toquen a la puerta principal de tu departamento y sea tu mujer que llegue y te abrace y te bese y te devuelva toda la alegría que te falta. Cuando la gente va al cine a ver a algún güey que sufre en la pantalla, no se les ocurre pensar que su vecino está llorando amargamente, rezando, borracho, con hambre de coño, sintiendo en el alma las flores del mal, condenado a cien años de soledad. Mierda. Nunca tendrás una familia feliz. Y tú que de chavo siempre te creíste los anuncios de la televisión. Carajo. Así, los días se han desgajado de las semanas y los meses, salió un año y entró el otro, y ya tienes cincuenta. Y hoy aquí está el destartalado taxi que todavía da batalla y, adentro de él, tú y tu carácter nacido de la desilusión, mirando por el hueco de la ventanilla a la mamacita que se encuentra de pie frente a ti, apenas a unos cinco metros de distancia, mirándote por encima de la fornida curva de su hombro izquierdo con unos ojos que son como fósiles de agua, como aire solidificado. Mantiene la cabeza recta, los brazos a los costados del cuerpo y las piernas juntas. Su piel de leche contrasta con la negrura de su vestimenta. Calzada con tacones desmesurados, luce un vestido ceñido y entubado que resalta sus hendiduras y relieves. El viento azota sus mejillas aduraznadas y aparta de su frente los ensortijados cabellos color atardecer, que ondean como un brillante estandarte bajo el neón intermitente, azul, amarillo y rosa, de un lugar de sano esparcimiento: TIJUANA MEN’S CLUB ABIERTO, la única señal de vida en esta calle que muere unas cuadras adelante entre árboles musculados, de esos que ya casi no se ven por esta pinche ciudad.

El viento es un miasma donde se acumulan esencias de nalgas y sobacos, que, mezclado con efluvios de licor seminal y orines secos, acumulado por los años de los años, te golpea en la nariz, pero resistes el embate mientras el cielo se ve completamente azul por la cercanía del amanecer. Si no tuvieras noción de la hora, la noche aparentaría insinuarse. Mmm, sí… La mamacita es más preciosa que una mina de oro y está, en el mal sentido de la palabra, buena. A su figura se añaden, como una ambientación, los ladridos de unos perros lejanos. Lo demás es silencio. Incluso el viento, su bravura, se aplaca cuando ella abre levemente la boca humedeciendo sus labios con la lengua y se lleva las manos a las tetas clavando las uñas anaranjadas en los blandos y a la vez muy firmes montículos gemelos. Detrás de ella, cuervos y ratas surgen o se ocultan en un juego de sombras y luces. De pronto tienes una sensación inquietante, puedes asegurar que, cuando no son golpeados por el neón, los ojos de ella emiten un fulgor rojizo en la oscuridad. Existen miradas que rozan como gatos mimados, y se van dejando un rastro suave de pelos y tibieza animal. Existen también miradas que no se detienen en los cuerpos y los cruzan como si fuesen puentes hacia policromías nuevas. Y está la mirada de esa mamacita, que entra en ti, pero que no te abandona, sino que se detiene para habitarte, para tejerse un nido con los nervios delgados como hilachas de algodón, para pasearse por este neblinoso interior de hombre como una caverna. Sus ojos, que son como canicas transparentes, sostienen tu mirada sin rubor, casi con descaro, como un rasgo natural o un principio elemental y primitivo cuando se contemplan una dama y un caballero. Pero tú sabes que las damas, al igual que las naciones, se mueven por intereses: el interés de la mamacita consiste en saber qué esperas. ¿Qué esperas, eh? ¿Por qué no le preguntas que cuánto…? Comprendo, comprendo. Tú estás cachondo, pero también indeciso. Cachondo porque tu presente ha sido exactamente como debe ser el pasado de un perdedor, sin pareja al lado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios. Indeciso porque piensas en los riesgos, en una situación bien perra, en una navaja, en un arma de fuego, en un condón roto, en el SIDA.

Por eso, para darte tiempo, para que veas la mercancía a tus anchas, sin prisa, con calma, con ojo crítico, con indecencia, la mamacita, imitando contorsiones de odalisca, se arremanga el vestido hasta la cintura, para presumir unos encantos hasta este instante tapados. Ahí abajo no tiene nada. Ni una marca, ni una mancha, ni una estría, ni una llanta, ni una cicatriz, ni un vello, ni un calzón, nada. Cualquiera la creería virgen. Parece pintada por un pícaro o por uno de los pequeños maestros del XVIII francés. Se exhibe de esa forma durante unos segundos y aquella parte tuya en la que la sangre se apelotona comienza a despertarse, a reconocerse, a dignificarse, a llenarse de venas a punto de reventar, a crecer, igual que una flamita engrandecida con el soplo del aire, a transfigurarse en objeto deseado y no satisfecho, en soldado de desfile, firme, enhiesto, hasta su conversión total e irrevocable en hierro y verdugo, hasta que el bulto no se puede ocultar, mientras la mamacita, acercándose cual si caminara sobre el filo que divide el mar y el cielo, moviendo las rebosantes caderas, contoneando macabra e inalcanzablemente su cuerpo jacarandoso, dejando tras de sí una potente tufarada de gardenia, se agacha para presentarte el lunarcito del cachete izquierdo y el atrevido escote por el hueco de la ventanilla. La luz tricolor de neón enciende reflejos en su alborotado y largo pelo que le llega a la breve cintura. Puedes ver sus hombros desnudos, los tirantes del vestido que le cuelgan con desgana y la tela que no marca las huellas de un brassiere. Se notan las líneas de sombra y las dos enormes prominencias que se desplazan hacia delante terminando en unos pezones erizados por el viento glacial. Unos pezones preciosos y friolentos, ansiosos de una boca que los mame hasta insuflarles calor. Parpadeas lo menos una treintena de veces, no vaya a ser que te hayas dormido. Es sorprendente que de vez en cuando haya una mujer así, cuando todas las demás, la mayoría, son horribles. Para perder la cabeza. ¡Ah, pero qué burradas piensas! Tú no has nacido para volar tan alto. Una mujer así no se casaría contigo. En ti, entiéndelo, no hay nada que amar. De niño te dijeron muchas cosas. En la escuela, la familia, todos. Siempre diciéndote cosas. Habitualmente era mentira. «Quien lee muchos libros, triunfa» y máximas populares por el estilo. Rememoras cierta enciclopedia acerca de la Segunda Guerra Mundial. No te cabe duda de que la mamacita hubiese sido el sueño hecho realidad de herr doktor Joseph Mengele.

Con curiosidad y ternura, con brillo triunfal en las pupilas, como el encantador que consigue despertar a la peligrosa cobra y la obliga a bailar frente a los turistas fascinados, la mamacita mira la tienda de campaña que se yergue en tu bragueta. Para ser más claros, puede decirse que ella mira la emersión de tu virilidad como se mira un artefacto cuyo funcionamiento no conocemos bien pero que, por alguna razón oculta, responde correctamente a nuestras manipulaciones. Te domina. Sonríe, rebosante de vida, salpicando estrógenos hacia los cuatro puntos cardinales, mostrándote una doble formación de dientes bien cuidados. Hasta puedes verle un poco la lengua, rosada y desprovista de la pátina blancuzca que permite reconocer a los fumadores y a los enfermos hepáticos. Pasándose la lengua por la comisura de la boca y tanteándose el cuello en una especie de gesto compulsivo, como si la abrasase un calor interno e insoportable, alza la mirada y te mira a los ojos sin dejar de sonreír. Sus ojos dan la impresión de acariciar todo lo que miran. Te coquetea con todo, empezando por la mirada de paisaje alpino con lagos al atardecer y la sonrisa de anuncio de dentífrico. Se podría decir, quizá, que esa expresión facial es la de alguien que ha vivido un episodio espantoso y magnífico, una aventura muy especial, de esas que suceden sólo una vez en la vida; la de alguien que recuerda con amabilidad sarcástica, alegre rencor y quién sabe cuántas contradicciones más a un amante extremadamente único, de todo punto insustituible. No más de cuatro veces en toda tu vida alguna mujer se te ha insinuado, lo que no constituye un récord ni te hará pasar al Libro Guinness por seductor empedernido nato. Aquella escultural y apetitosa muchacha es una de ellas. Tú te quedas pasmado, sin respiración, atónito, examinándola ocularmente, mientras te contienes para no saltarle encima. De joven, nunca fuiste capaz de articular un código de lenguaje que te permitiera decirle a una atractiva fémina: «Vamos a coger», o «¿Nos acostamos?» o, poniéndose hippies: «¿Hacemos el amor?». Aún hoy, y con las circunstancias por completo a tu favor en una situación equis de ciencia ficción sexual, posiblemente dejarías atrás las palabras y promoverías los sucesos.

Algún día estarás liberado de las ataduras carnales, pero por el momento tu pene no sólo está palpitando, hinchado de sangre, sino rígido como barra de acero, hasta el punto de que la erección se vuelve dolorosa. Para disimularla (ya no basta con arreglar la bragueta de modo que la hinchazón sea menos visible y pueda confundirse con un pliegue de la tela) cierras las piernas. Sólo que ahora el pájaro calenturiento, oprimido entre los muslos, cree hallarse en un acogedor nido y late con entusiasmo. Te muerdes los labios tragándote el placer de apoderarte lo más posible de carne femenina, ese gozo tanto tiempo tan deseado y tan negado. Sudas, te veo la camisa mojada en la zona de las axilas y de la espalda. «¿Vas, niño?», pregunta la mamacita meneando la cabeza de modo que su cabellera emprenda un vuelo. Te ha llamado NIÑO. Te sientes pequeño, renacido, imberbe, idiota total, alguien necesitado de todo; estás a punto de molestarte pero enseguida comprendes que aquello sólo fue una palabra tierna de una joven dispuesta a vender un importante pedazo de existencia. «Sube», dices con el tono soso que has adquirido tras tantas noches sin dormir. La mamacita chasca la lengua. Como si protestara. Como si tuviera derecho a protestar. Acerca la boca a tu oído y sólo escuchas el ruido del aliento, cálido como un huracán diminuto. «¿Qué dices?» Ahora se recoge el pelo colocándolo detrás de las orejas: «Te advierto que soy muy, muy peligrosa», repite con una voz tan suave que parece como si temiera hacerte daño, una voz que es cántico, abanico de plumas, fuente cristalina, nido de ángeles. Tú: «Eso me gusta, mamacita». La mamacita: «Hablo en serio». Tú: «Yo también». La mamacita: «Bueno, vamos al hotel que está en…». Tú: «No, ahí». Y señalas con la barbilla el asiento trasero del taxi. La mamacita ladea la cabeza como los perros ante lo insólito, como si mil homosexuales muy desmadrosos invadieran la calle con sus cuerpazos, su punchis punchis y su reventón: «Ahí te costará más caro». Tú: «Okey». La mamacita: «Por adelantado». Siguiendo con las manos, desde abajo, el contorno de los senos, va sopesándolos y empujándolos un poco hacia arriba, como para observar su volumen y forma. Tú le pagas lo que te pide. Qué más da: nada es gratis, ni siquiera las delicias celestiales: esas debes ganártelas con mucho esfuerzo y méritos propios aquí en tierra firme. La mamacita sube al taxi, que huele a flatulencia y a humedad. Ni tardo ni perezoso, tú te le acercas, apenas a la distancia para que tu aliento de retrete de cantina no le pellizque la nariz, y sus gordos labios pintados de color sidra, descaradamente sensuales, te fomentan la necesidad de desabrocharte el cinturón y bajarte el cierre, el pantalón, la trusa y desenfundar el mástil poderoso y escéptico de convenciones y moralidades igual que si fuese un Colt 45 antes del duelo. «Chúpamelo», ordenas y al punto, lentamente, con la sutileza, el hacer deshaciendo de un artista, la mamacita se hinca en el suelo del taxi para obedecer. Como un aliento tibio, como el roce de un ala de paloma, como si fuera la última vez y no la primera, ella busca los puntos sensibles.

Comienza muy despacio a juguetear en la pequeña abertura con la lengua, a rebosarla de saliva, hasta que, golosa, adopta la pueril actitud de una niña ante una paleta, lanzando un gritito de gusto (que tú sabes que es fingido porque tú no eres idiota, pero sucede que no tienes escrúpulos en participar de la ilusión), lamiendo los bordes y relamiendo, antes de morderla, chuparla, sacarla, escupirla y tragarla. Al principio tú estás muy quieto, pero luego, presa de un frenesí superior a tu razón y a tu voluntad, te mueves como conejo, aprisa, contorsionándote, jalándola de los cabellos, simulando las riendas de un corcel, observándola allá abajo. Quieres ver, estar ahí y a la vez a su lado, ser como eres y gozar su trabajo, y ser otro y mirarlo. Poniendo la cara de Popeye cada vez que Oliva le da un beso, le aprietas las tetas como cuando se exprime una esponja para sacarle hasta la última gota de agua. Sinceramente, ¿ahora no te gustaría tener tres manos, o cuatro, o ser como un Siva, o como un Hecatónquiro mitológico, con cien, mil manos para acariciar, palpar, envolver, apretar? Si pudieras… Pero, volviendo a nuestro cuento, con tus diez dedos lo haces muy bien. Respiras jadeando, envuelto en una marejada de calor que te asfixia, como cuando, años atrás, en un cine de arte y ensayo que dedicó la primera función de un sábado a proyectar un drama erótico francés, tu mujer buscó con su mano derecha el hueco de tu mano izquierda, y ambos miraron la película con las manos enlazadas, y, tras varios minutos de lo mismo, sus dedos se desprendieron de los tuyos y su mano derecha, antes apoyada en tus rodillas, serpenteó hacia tu cremallera, la bajó estirando poco a poco, se introdujo luego entre tu trusa y tu vientre, liberando cuidadosamente tus genitales con dulce tenacidad, sin prisa, al abrigo de la oscuridad de la sala semivacía y de una chamarra negra echada sobre tus piernas, y la caricia empezó entonces sabia y lenta, casi diríase que medida hasta el punto de interrumpirse cuando el placer era demasiado agudo, para enseguida retornar a la etapa en que la tensión se hacía soportable, era una caricia sabia, sí, pero en cierto sentido cruel, a veces llegaste a compararla con una tortura basada en la sistemática alternancia de dolor y sosiego que prolongaba al máximo la agonía en un vaivén continuo de vida y muerte, y al final, temiendo acaso que tú eyacularas antes del momento que ella misma había fijado, tu mujer se inclinó bruscamente hacia tu vientre, y acabó con la boca lo que había iniciado con la mano derecha; o como cuando a eso de las siete de la mañana de un lejano sábado, después de una noche de copas, una noche loca, tu prima-hermana, tumbada boca arriba en la cama de tu departamento, haciendo una A mayúscula con su cavidad bucal, despedazando el silencio con sonidos líquidos de succión y ruidos guturales, manteniendo los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás fuera del borde del colchón, el pelo suelto, el busto torpemente envuelto en una blusa transparente, sin sostén, y de cintura para abajo como su madre la trajo al mundo, alborotaba con los dedos aquella especie de piel de oso que reposaba entre sus piernas abiertas de par en par y que cubría completamente su raja de sabores orgánicos, por donde surgía un olor comezonudo, aroma que era también el del lubricante cristalino que empezaba a embarrar sus muslos, compartiendo así el bárbaro placer que su garganta profunda te proporcionaba en la carne endurecida.

Lo curioso es que en la adolescencia te daba miedo que algún día una mujer se atreviera a chuparte el pipirín. Tu papá tenía una revista en inglés donde salía una exuberante pelirroja vestida como Batichica y una trigueña ojiverde, plana delante, redonda atrás, culigorda, que llevaba puesto un traje de Gatúbela. Ambas le chupaban el caramelo a un esquelético albino disfrazado de Batman. Suponías que eso, la felación, dolía mucho porque aquel hombre murciélago de petatiux, en todas las fotos, tenía los ojos apretados y la boca muy abierta. Ahora la mamacita tiene la mitad del chile en la boca y tú empujas para meterlo más. Ella aprovecha este momento para depositar sus manos en tu trasero y ejercer un poco de presión, hasta que tus pelos pubianos parecen sus bigotes; por fin tiene enteros tus diecinueve centímetros en la garganta. Aleja repentinamente la boca contemplando al chorizo untado de saliva y es evidente que se pregunta cómo pudo haberse tragado todo. Tu papá siempre respetó tus ondas y tan sólo te dio dos consejos a lo largo de su vida: a los veinte años, cuando te dijo que siempre usaras condón, y a los veinticuatro, cuando te advirtió que nunca te dejaras chupar la polla por una mujer que tosiera mucho. «Si te contagia el estafilococo dorado te chingaste», te advirtió. Sin embargo, ahora tu macana primero reconoce la rozadura de aquellos dientes y luego la delicadeza de aquellos labios, para finalmente advertir los voraces movimientos de aquella lengua. Todo ello, claro, como siempre, sin condón. Aunque captan los pasos de alguien los dos siguen en lo suyo, (parece que la mamacita lo está disfrutando de veras, y descubrirlo te hace a ti sentir hombre, en el sentido más animal del término), y el CHUP CHUP crece y crece, haciéndose más audible que un ataque de tos en medio de un concierto de piano, y se mueve el taxi y se mueven las tetas grandiosas de la mamacita como dos flanes, y los pasos se metamorfosean en una monja, una viejita que se dirige a la panadería de la esquina y se detiene para ver el sicalíptico espectáculo, un performance con la precaria línea entre la belleza esplendorosa y el pecado en su estado de pureza total, para escuchar tu trabajosa respiración, tus gemidos ahogados, tus obscenidades entrecortadas, y la mamacita, alzando la vista, viendo fijamente tus ojos quietos, detenidos en los suyos, viéndote con honesta inocencia (ya lo enseñaron los clásicos: la inocencia es el mejor condimento de la lujuria), sólo sonríe con la boca llena, un hilo de baba le cuelga del labio inferior a punto de caerle entre las tetas, y en los ojos de la monja brilla una chispa ajena a la ortodoxia religiosa cuando da media vuelta y se pierde en la esquina, y tú comienzas a sentir que te vas, que te vienes y te echas hacia atrás y la mamacita te sigue con los labios en O y le sujetas la cara para que mire la oleada que le cae como una larga serpentina en el pelo, la frente, las cejas, las pestañas y le corre tibia hasta la lengua que apuntala con fervor los latidos del glande, y notas aterrorizado que sus dientes se alargan hasta convertirse en colmillos letales que sobresalen de la boca, tensando los labios hacia fuera hasta transformarlos en una especie de hocico. La idea de que vas a despertar y descubrir que todo es una pesadilla jamás pasa por tu mente. Aquellos dientes, de lobo, de vampiro o de cualquier otro personaje de fantasía oscura, te muerden el glande con fuerza y el trozo que arrancan es una realidad. Mal hubieras hecho en concebir una idea que no sirve para nada.

Narración: Francisco Enríquez
Ilustración: Francisco Enríquez

 

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Narrado por Francisco Enríquez Muñoz el 25-09-2008 [1 Comentario]
Categoría: Cuentos

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1 Comentario

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  • 1.- Narrado por martin schirripa el 29-09-2008

    Recordemos solo los malos recuerdos, que lo bello ya ma ha sonreido como un mimo que pide monedas y esconde un cuchillo detras. Recordemos lo que no podemos dejar de recordar, que ya no soy yo si no lo que ella hizo de mi.

    Te felicto me ha gustado mucho tu cuento y espero no ser el unico comentario, pues de lo contrario certificare que en intenet la gente no lee mas de 10 renglones.
    saludos de la vomitona
    http://lavomitona.blogspot.com




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