Segovia, Un viaje Por Castilla
Al acercarme a Segovia, la mole imponente del alcázar fue lo primero que vi asomando entre las arboledas de colores verdes y dorados, que jugaban a esconderlo. Como un buque fantasma, el castillo se alza en medio de la madre naturaleza, pinchando el cielo mismo, con sus chapiteles de pizarra negra, que orgullosos se yerguen sobre los tejados y muros del castillo.
Accedí al interior por el puente levadizo, para adentrarme en un mundo medieval, perfectamente conservado, en el que admiré en primer lugar los tronos de los reyes católicos, de estilo gótico, bajo un palio de terciopelo rojo bordado con primoroso cuidado, y en el que los escudos de ambos reyes aparecen para mostrar el rancio abolengo, del que provienen sus estirpes.
Los techos con exquisitos artesonados muestran la mezcla magistral del arte mudéjar y el castellano en una armonía que habla de la convivencia de ambas mentalidades. En esta ciudad se proclamó a Isabel de Castilla reina de Castilla mientras en Toledo su rival más directa se coronaba reina a Juana, la llamada Beltraneja, hija de Enrique IV de Castilla. En este alcázar se casó con su cuarta esposa el rey más poderoso de la historia, en cuyo imperio no se ponía jamás el sol, Felipe II, con Ana de Austria, y fue él quien mandó venir de países expertos como Bélgica a emplomadores que cubrieron de pizarra negra, este castillo además de otros. Contemplé desde las almenas la vista de cuento de hadas que es la ciudad de Segovia a lo lejos con la cúpula de su catedral altiva y bien vestida, que embiste a los vientos, y el acueducto que cruza sus calles como señal viva de la dominación de Roma la gran civilización de la que descendemos, con sus arcos dejando pasar el viento entre su alma y su cuerpo mismo.
Como si de una visita al cielo se tratase, bajé a la realidad y me dirigí al centro de la urbe disfrutando de sus adoquinadas callejuelas y sus palacetes renacentistas, combinados con las tiendas de antiguo aspecto y las fachadas de noble apariencia, que me dejaron sin aliento. Desde abajo el acueducto se ve como la obra de gigantes míticos que desean mostrar su poder a los mortales, y dejan que el agua fluya por entre sus piedras viejas como el tiempo, para dar frescor a la ciudad y vida a los siglos que la protegen de la erosión y la muerte mismas. Paseé por ella como un viajero desplazado en el devenir de los milenios que la contemplaron desde sus albores, y desfilé por sus aceras, por las que caminaron ilustres personajes, de los que provenimos los actuales españoles, dueños de tal patrimonio. Ahora somos nosotros los que debemos cuidar y admirar lo que nos dejaron como legado, aquellos que hicieron la historia del mundo, para que pudiéramos ver sus logros a la luz del sol, que calienta Castilla.
