Arthur Miller y el Ángel Rubio
La ciudad estaba luminosa; ni una nube en el cielo, temperatura agradable y ese sol de otoño que me recordaba con una extraña mezcla de añoranza y rencor el maravilloso y corto verano pasado. Había salido a pasear sin rumbo, para dejar que mis pensamientos, como mis pasos, tomaran la dirección que quisieran y éstos habían evocado con maravillosa exactitud maravillosos momentos pasados.
Muy cerca de una estación de metro se apretujaba una gran cantidad de gente que rompía con su apelotonamiento, el delicado equilibrio que hasta ese momento se había mantenido en la ciudad, donde sin estridencias paseábamos en solitario o en pequeños grupos, muchos nostálgicos. Pensé en pasar de largo, pero el encanto se había roto y la voracidad de mi curiosidad ganó la partida. Me acerqué y a empellones me fui abriendo paso hasta que vi lo que había causado tanto revuelo.
Sobre una salida de aire del ferrocarril metropolitano un ángel rubio. Juro que durante un instante busqué sus alas. El pelo corto y estudiadamente revuelto, grandes pendientes cremas, un vestido blanco anudado con dos tiras alrededor del cuello con una fina falda de vuelo y unos zapatos de tacón alto. Esa era la maravillosa visión que intentaba por todos los medios que el aire que salía por las rejillas de metal no levantara su falda y mostraran la blancura de unos muslos, por los que la mayoría de los hombres que la miraban se deshacían.
Durante más de un minuto la observé y mi corazón se empañó con las lágrimas de gratitud que se me escapaban por los ojos. Me hubiera quedado eternamente mirándola porque sí alguien me hubiera preguntado, le hubiera respondido que me acaba de enamorar. Pero al final decidí actuar, di firmemente dos pasos hacia ella y tomándola de la cintura la saqué de allí. Su falda volvió a contornear su cintura y sus piernas y en su mirada vi gratitud, aunque a mis espaldas sólo escuché gruñidos, exclamaciones de desagrado e incluso insultos.
Sin soltar su cintura y sintiéndome el hombre más afortunado del mundo la arrastré lejos de la jauría de hombres que comenzaba a desperdigarse; ella se dejaba hacer. Pasamos cerca de una cafetería y cuando estaba a punto de preguntarle si aceptaría tomar algo conmigo, llegó corriendo un hombre alto mayor, anciano hubiera dicho si sus ademanes, movimientos y gestos no hubieran desmentido tal calificativo. El poco pelo que tenía lo llevaba pulcramente peinado hacia atrás y unas grandes gafas de pasta oscura le agrandaban los ojos.
- Gracias, amigo. Le agradezco lo que acaba de hacer. – Me tendió la mano y yo me sentí morir porque intuí que mi momento de gloria estaba concluyendo.
- No tiene importancia, pensé que sería lo mejor. – El hombre se acercó para tomar mi puesto, pero yo me resistí a soltar el talle de mi trofeo. Se dio cuenta.
- ¿Sabe? Yo estoy muy mayor y no hubiera sido capaz de atravesar el muro humano que la admiraba. Es mi esposa… lo fue durante un tiempo, aunque aún la siento así. – Pese a la revelación del hombre seguí aferrado a su cintura. – Me gustaría estrechar su mano.
Y como el diablo sabe más viejo que por diablo, el viejo me tendió la mano que yo debía estrechar con la que asía la cintura de mi efímera amada. Lo hice, se la estreché y a pesar de que noté la calidez del agradecimiento en su fuerte apretón, un gran vacío se apoderó de mí.
- Me llamo Arthur Miller y nunca olvidaré su gesto.
- ¿Y ella? – Dije yo con timidez.
- ¡Oh! Ella tiene tantos nombres como sueños provoca… tu puedes elegir el tuyo.
Y el ángel rubio me besó en la mejilla antes de desaparecer del brazo del viejo. Fue un beso voluptuoso, fresco, húmedo y a la vez caliente. Un beso que provoca desde entonces en mí muchos sueños y en cada uno de ellos, la llamo de diferente manera.
