Ayer; Mañana
La nave que debía llevarnos a Marte comenzó a girar como una hoja en una corriente súbita. Pero a veces cuando las cosas se ponen feas, ocurre algo imprevisto que, de pronto las resuelve: en nuestro caso la salvación fue una luz que parpadeó (vimos el destello a pesar de estar a más de diez mil metros de altura), en medio de los bosques:
-¿Qué es eso?
-Una ciudad.
-¡No sabía que quedaran!
-No quedan, recalqué.
El capitán Ciro asintió, ruborizado. Era la verdad oficial, por eso entre otras cosas íbamos a Marte. Sin embargo, por si las moscas, hizo girar el morro de la nave que de todas formas, ya empezaba a perder altura.
-Hay que salir de esta turbulencia, se excusó.
-Cierto, asentí.
Y puesto que en ningún momento dudábamos de los informes ecológicos del Gobierno relativos a la desaparición de la Humanidad, pusimos rumbo a aquella luz misteriosa, que parecía surgir de las entrañas del bosque.
Naturalmente, no había ninguna zona visible apta para aterrizar. Sólo ríos de color de plomo; enmarañados e intrincados manglares poblados por Dios sabe qué criaturas; y montañas traicioneramente agazapadas tras velos de bruma gaseosa. Con todo, comenzamos a dar vueltas alrededor de aquello, cada vez más cerca, como una mariposa en torno a una lámpara.
Cuando el indicador marcó 1000 metros de altitud, la luz, más extensa y radiante de lo que hubiéramos creído, se desplegó como una orquídea, desvelando una sucesión de islotes amurallados, encaramados en otros tantos montículos, a modo de pétalos.
Ya no cabía negar lo evidente.
-Vamos a alejarnos de eso.
-Sí.
500 metros. Las primeras calles, intensamente iluminadas, aparecieron bajo el fuselaje de vidrio. Logramos salir de las turbulencias, pero entonces se nos planteó el problema de dónde aterrizar sin ser descubiertos.
Vimos la explanada casi en el último momento. Había que deshacerse rápidamente de todo el combustible para evitar el incendio que produciría el impacto. La tormenta que nos había zarandeado allá arriba nos engulló, pero pudimos maniobrar a tiempo. Negras y densas ráfagas de lluvia y vapor nos envolvieron.
El golpe nos arrojó contra el techo. Cuando logramos ponernos en pie, tambaleándonos, el sistema eléctrico de emergencia se activó, sumiéndonos en una penumbra dorada. Algo saltó a nuestros pies, una cápsula esférica, perfectamente sellada, con una cámara y un registrador de voz.
El capitán Ciro aulló tras su máscara de oro:
-¡Artabazanos, qué es eso!
El pequeño flotador espacial estaba destinado a saltar en cuanto nuestra nave se desintegrase al borde de la atmósfera. Nuestra misión era, pues, llevar eso hasta el espacio y morir. No íbamos a Marte.
-¡Hijos de puta!
Al primer puntapié, la cámara empezó a parpadear y a grabar nuestra furia. Simultáneamente una voz femenina, cautivante, brotó de la esfera:
“Ciudad Feliz os envía un saludo…”
Al fin conseguí destrozarla a martillazos. Me encasqueté mi máscara Agamenón de oro y me dispuse a abrir manualmente la puerta de emergencia.
Afuera las ráfagas procedentes del bosque pantanoso casi nos derribaron. Pero inesperadamente, al trepar una pequeña colina anclados por nuestras bombonas de oxígeno, aparecimos en una explanada despejada y aparentemente desierta.
Más cerca de lo que suponíamos de la ciudad, vimos muy pronto sus murallas oscuras y siniestras. Y a los pocos minutos nos descubrieron y nos rodearon.
El escuadrón formado por una media docena de guerreros, armados con lanzas, y escudos, y grebas, y otros trebejos de bronce, nos empujó increpándonos en una lengua extraña. Cosa notable: ninguno de nuestros captores llevaba máscara de oxígeno; un poco más allá, oculto por un grupo de árboles más pequeños que nos tapaban el recodo de un camino recién abierto, flanqueado de zanjas recientes, apareció un enorme carro de bronce, tirado por dos imponentes caballos negros.
Resulta pues que los caballos no habían desaparecido de la Tierra; que aún había seres humanos (¿pero dónde?), capaces de respirar el aire envenenado de los bosques; y que las armas anticuadas seguían utilizándose en Eón, sabe en qué guerras y escaramuzas.
Sin más preámbulo y sin gran delicadeza, nos empujaron (advertí que evitaban tocarnos por una especie de temor o repugnancia), hacia el carro. El auriga, un muchacho de formas perfectas, se encaramó de un salto; acarició sendas grupas y cuellos de las bestias, que piafaron de satisfacción; empuñó las riendas; y lanzó un grito musical.
Al instante, con una ligereza inverosímil, el armatoste se lanzó a toda velocidad por el camino hacia el campamento que se levantaba a cierta distancia de la muralla. Entre las vetustas tiendas de lona, sobresalía una engalanada de púrpura y oro, donde flotaba la humareda blanca de una fogata.
Antes de salir de la explanada, vi cómo nuestros captores rodeaban la nave, semejantes a merodeadores, manteniéndose a una prudente distancia del abollado y brillante fuselaje.
Inmediatamente, sin molestarse en maniatarnos, nos hicieron descender y penetrar en la tienda Real. Una penumbra atestada de telas, objetos de cerámica, cofres, y armas, nos envolvió al punto.
No acabaría nunca de enumerar y describir lo que vi como un sueño. Ya dábamos por hecho que no lograríamos entendernos con aquellos guerreros primitivos, que nos matarían en cualquier momento, de un golpe inesperado tras una arenga indescifrable, cuando el más anciano se dirigió a nosotros:
-¿Qué es eso?
Señaló nuestras máscaras Agamenón de oro. Era un hombre robusto, macizo, que emanaba autoridad.
-Máscaras de oxígeno.
Sin molestarse en averiguar más, arrancó al capitán Ciro la suya. Yo me desprendí prudentemente de la mía. Es el fin, pensé. Se la tendí al rey, que también se llamaba Agamenón, y esperé.
Seguramente aquellos hombres llevaban siglos estancados allí; perdidos en los inmensos bosques, como varados en el tiempo. Sus organismos se habrían acostumbrado al aire venenoso. Nosotros, di por hecho, no sobreviviríamos ni una hora.
Sin embargo, también en esto me equivoqué. Como ya eran inútiles, nos desembarazamos de las pesadas botellas de oxígeno, de las que nuestros anfitriones se despreocuparon. En cambio, estaban fascinados por el oro de las semi escafandras.
Una guardia reforzada y tumultuosa cercaba la tienda Real. Se oían golpes y voces entre los relinchos de los caballos. Empezó a llover y a hacerse de noche.
Presa de un cansancio mortal, un abandono en el que ya no cabía ni la desesperación ni el odio contra el Gobierno de Ciudad Feliz, que tan cobardemente nos había enviado a la muerte, dije:
-Sería un honor que las aceptaseis como un regalo.
El rey Agamenón sonrió como un niño. A un gesto suyo, el joven auriga que nos había traído y un negro gigantesco, rebuscaron en un cofre junto a la puerta, donde resonaba la lluvia. Al poco aparecieron con sendos escudos de oro.
-Ciro y Artabazanes (leyó nuestros nombres grabados en el uniforme), son nuestros huéspedes y amigos.
Poco después nos condujeron al fondo de la tienda. Nos desnudamos y pudimos dormir toda la noche, agotados y sorprendidos de seguir vivos.
Cuando despertamos, bien entrada la mañana, nuestras ropas espaciales habían desaparecido. En su lugar, dobladas en un escabel, estaban las túnicas cortas de lana; amontonadas con cuidado en el suelo, sendas grebas, y corazas de bronce; una lanza; una espada enorme; y un escudo de oro, redondo, labrado con extraños caracteres, para cada uno, regalo del Rey Agamenón; dos cascos empenachados con plumas.
No acabaría de describir ni explicar todo lo que vimos. Intentaré pues, ser breve.
Desde hacía muchos meses, los guerreros del Rey Agamenón sitiaban la ciudad de Troiade, que nosotros viéramos desde el cielo, iluminada, con forma de orquídea. Bastaba echar un vistazo a las imponentes y sólidas murallas para comprender que sería imposible asaltarla con armas de bronce.
Volvimos a nuestra nave, que seguía intacta al borde del bosque, y les explicamos cómo funcionaba, pero que ya no podría volar por falta de combustible. Cuando ya nos marchábamos, un guerrero del grupo saltó hacia la nave y llamó al Rey. Tras un breve cuchicheo, ambos se abrazaron con lágrimas en los ojos.
Hemos vaciado nuestra odiosa nave, hasta reducirla a un cascarón hueco, y ligero, apoyado sobre una plataforma con ruedas de madera. El guerrero cuyo plan nos disponemos a realizar, sin mucha convicción, ya lo ha dispuesto todo: con las armas imprescindibles, y apretados unos contra otros en el mayor silencio, dentro de la nave, esperamos en la noche a la primera luz del alba.
Al fin, todas las bestias disponibles han arrastrado la nave aligerada durante varias horas, por el fango, semejante a un rocambolesco escarabajo. Al llegar ante la Puerta Principal, ante la muralla de Troiade, han desuncido y espantado las bestias; y los guerreros se han retirado al campamento.
Poco después escuchamos cómo nos abrían las puertas; volvimos a movernos hacia el las murallas; el suelo de pórfido de la ciudad apareció bajo el fuselaje de vidrio.
Narración: Carlos Almira
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
