La Carrera del Palio
La primera ciudad que vi en Italia fue Siena. Una pequeña población grandiosa a causa de su historia. Historia que permanece viva en sus costumbres, de tradiciones medievales, que supieron fascinarme.
Penetré en el casco antiguo de Siena girando mi cabeza ciento ochenta grados de manera continua, para poder abarcar la gran cantidad de edificios que a diestra y siniestra se alzaban como gigantes guardianes de la historia. El arte renacentista con sus fachadas exquisitamente trabajadas emergía en medio de un ambiente medieval perfectamente conservado. Llegué hasta la plaza central en la que se eleva el edificio del Ayuntamiento con su torre almenada y en medio de ella la arena de la Carrera del Palio. Es esta una carrera de caballos nada habitual, ya que corren montados en equinos los jinetes que representan a los distintos barrios de la ciudad con sus banderas respectivas, de vistosos colores y que le confieren un aspecto que retrotrae al turista a la Edad Media. Aquel año, en que yo visité Siena, los caballos nerviosos, resoplaban por sus ollares y se revolvían antes de la salida. Los colores de las banderas y el murmullo de los animadores crecía, conforme avanzaba en la cuenta atrás el juez de la carrera. Ésta consistía en dar varias vueltas alrededor de la plaza preparada a tal efecto y conseguir colgar el ganador la bandera de su barrio en el balcón del edificio consistorial durante todo un año.
Tras la bajada de la bandera del juez los caballos salieron disparados como por un resorte y abrieron sus ollares para respirar cada brizna de aire que hubiera en él. La tensión fue aumentando a medida que se desarrollaba la carrera y cada cual animaba a los suyos. Se agitaban las banderolas y el griterío se hizo en un momento ensordecedor. El caballo que avanzaba con ventaja lucía una bandera de fondo azul con rayos rojos bordeados en blanco y un león de oro sobre campo blanco en un artístico encuadre dorado.
Cortó con el pecho la montura sudorosa y agotada y se alzó un grito de triunfo como nunca he oído en otro lugar. Los perdedores felicitaron al ganador de la prueba con alegre desenfado y juntos celebraron la alegría del ganador. El champán y el vino corrieron generosos por la ciudad y yo me perdí entre la multitud para visitar otro de los tesoros de ésta, la Catedral que frente a mí mostraba su esplendor sobre una colina y en cuya puerta de bronce dorado un relieve desafiaba al tiempo y a la muerte.
Sus policromías en columnas y arcos me fascinaron y comprendí que al igual que en nuestra tierra, la riqueza de los italianos reside en lo que han sabido conservar a través de la historia. Pasando por guerras y disturbios terribles, que sin embargo no han derribado sus pilares ni desmoralizado a sus habitantes, amables donde los haya y de alegría sin par. Duomo e campanile de la Catedral se me grabaron en la mente y cada vez que veo su aguja pinchando el cielo en algún reportaje me vienen a la mente los gritos de alegría y el júbilo de sus gentes.
Siena fue mi puerta de entrada a Italia donde descubrí el arte de la escultura en su mayor apogeo… aquellos días fueron inolvidables y tuve algunas de mis mejores experiencias, que os relataré en otras ocasiones.
