El Del Taladro
Gerardo era un manitas, eso ya lo sabíamos todos, y además, siempre decía “estoy de acuerdo”. Después de oír decirlo cien veces, era inaguantable, y su amigo Luis Soler le dijo un día que era un empalagoso “Si-Si”. Gerardo le miró sorprendido y respondió “creo que tienes razón”.
Pero ninguno de sus amigos podía sospechar que detrás de la afabilidad de Gerardo se escondía algo muy siniestro. Y yo, como su psiquiatra dejo la constancia en este informe, en caso de que me ocurra algo.
Una vez al mes Gerardo sentía que le dominaban sus sórdidos deseos, y no había manera como pudiera contenerlos. Tenía que ver con ciclos biológicos y con agentes del exterior que yo estaba tratando de definir.
Lo que sí me consta es que Gerardo había adquirido un taladro manual Bosch, de alta velocidad, con batería de 12 voltios. Este taladro se distinguía porque no hacía ruido. La batería no duraba mucho, pero con una broca de 1/8 era suficiente para satisfacer el morbo de Gerardo. En una parka North Face negra, de doble capa de Gore Tex, se había colocado un fuerte bolsillo interior para esconder el taladro. Como vivía solo, no tenía que dar explicaciones de sus andanzas. Esa noche de diciembre escogió el Bar Mónaco, y se colocó en una esquina. En su ritual incluía tomarse una ginebra con tónica. En muy pocos lugares conseguía su ginebra favorita Plymouth Gin, y mucho menos la Genever, de manera que tuvo que contentarse con la Tanqueray. Esto le irritó y miró a su izquierda.
Las tres mujeres fumaban a todo dar, y compartían en voz alta los secretos del viaje a Marruecos. Gerardo les miró para asegurar que jamás se atrevería a acostarse con ninguna de ellas. Pero había llegado la hora de poner su taladro en operación. Esperó a que el nivel del ruido del local subiera, y acercándose lo más que pudo a la mujer que más gritaba sacó del bolsillo interior el taladro y apretó el botón. Todo fue muy rápido y pudo regresar veloz a su piso. El día siguiente revisó los periódicos, pero nada decían de su aventura. Por la noche decidió regresar al Bar Mónaco, llevando a Belén, una nueva amiga que había hecho en el Hospital donde trabajaba. Se colocaron en la barra, en la esquina que él había ocupado la noche anterior. Belén revisó debajo del mostrador y colocó el bolso en uno de los ganchos.
¿Que iba ella a saber que la noche anterior Gerardo había colocado con su taladro ese mismo gancho? -Gerardo tenía localizados los bares que hay en Bilbao (además de tabernas y cervecerías)… ¡y él ya había colocado ganchos en los mostradores de 730 de ellos!
Narración: Jon Sanjuan
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
