Siempre se Peina de la Misma Manera
Salimos del teatro Arriaga rebosando de todo lo que habíamos visto y, sobre todo, oído, es decir, de los diálogos en bucle de “Faemino y Cansado”, con su “que va, que va, que va ¡yo leo a Kitkegaard!”, su “hola-hola-y-él-dijo-qué-dijo-hola-hola”. Caminábamos recordando sus conscientes malas imitaciones, parodiándolos, con más ganas que arte, y riendo, conversando y tarareando bajo los influjos del buen humor y el buen cuerpo que te deja ir al teatro. Enfilamos la calle Bidebarrieta para adentrarnos en el Casco Viejo.
En la esquina con la Calle del Perro vimos una cantante completamente calva. Tenía un cierto aire a Sinead O’Connor, y al acercarnos, oímos que en su canción hablaba de un bombero que siempre vestía de la misma manera, con su uniforme impecable, un hombre que era idealista y heroico, algo ingenuo, pero valiente, que estaba tomando té con Los Smith. Era curioso: la historia me sonaba, aunque jamás había visto esa cantante entre los habituales de las Siete Calles.
Nos unimos al poco numeroso corrillo, seguramente por las horas y por la fina y persistente lluvia que caracteriza, aún, el otoño bilbaíno. Éramos nosotros seis, un trío de chavales que enseguida se fueron, en dirección a la catedral, y un matrimonio de esa edad indefinida que, para etiquetarla de alguna manera, llamamos mediana. Entendí que eran un matrimonio porque él la llamaba con un apelativo curioso: “pollito frito…” Y porque se parecían entre sí, físicamente, delgados y larguiruchos ambos. Lo comenté en voz queda, tanto lo de “pollito frito”, como lo de que me sonaba la historia del bombero, como lo del parecido físico, y mis compañeros celebraron la ocurrencia, por lo absurdo que sonaba mi invención. No insistí en que no lo era. Permanecimos poco rato escuchando a la cantante porque sólo se parecía a la O’Connor en su calvicie, así que hicimos caso a nuestros jugos gástricos y entramos en el cercano Rotterdam con la esperanza de que El Ganso (otro apelativo, aunque más gamberro) aún pudiera servirnos algo de sus cazuelitas. Para satisfacer vuestra curiosidad, y con la lógica gran satisfacción de nuestras papilas gustativas, os diré que sí pudo.
Al salir volvimos a pasar por la fuente del perro (que parece más cualquier otro animal con cierto aire egipcio) pero la presunta cantante ya no estaba. En su lugar vimos a un hombre, apoyado en la fuente, con su traje -color marfil- arrugado como su rostro, pobladas cejas y alopécico, aunque no tanto como la cantante. Junto a él, en la fuente y por tanto mojándose, tenía una pequeña y desvencijada jaula, y en su interior, un cuaderno y lo que parecía un poco de alpiste en un pequeño barquito de papel.
Le dije: “¿Y la cantante calva?”
Sin mirarme, impasible, respondió lo que yo esperaba oír: “Siempre se peina de la misma manera”
Me alejé con mis compañeros y oí que me decía: “Ven a verme a Montparnasse”
Por eso hoy estoy aquí, contando esta absurda historia ante su tumba, mis incrédulos amigos… Por cierto, en la próxima temporada del Arriaga, vuelven “Faemino y Cansado”.
