La Justicia del Dragón
“…Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado el poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada…” (Apocalipsis VI, 4).
Mañana fría, gris, casi lluviosa. La pava aún no escupe vapor, por alguna razón (ajeno a lo que es costumbre) él siempre espera a que lo haga. De algún modo el humedecer la yerba con agua fría opera como aliciente.
Son las siete de la mañana de un martes de agosto. Jamás perdió la costumbre de anticiparse a la salida del sol, y aunque el invierno de más tregua, sigue con los tiempos del verano. Oye ladridos. Nota que no son de alerta, sino de bienvenida. A través de las cortinas logra ver a dos jóvenes haciendo notables esfuerzos para ingresar a la casa vecina. Uno de ellos desiste y se arroja sobre la vereda, apoyando sus espaldas sobre la pared. El que haya quedado sentado es azaroso, porque está desvanecido. El otro insiste, confía en que tarde o temprano la llave dará con la cerradura. Alberto Arena continúa observando la escena, parte el labio y siente repulsión. Piensa que él sabría como remediar la situación de aquellos pérfidos, se llena de odio y los juzga execrables; se consuela recordando viejos tiempos. Finalmente el dueño de casa sortea el obstáculo y con esfuerzos titánicos arrastra a su compañero al interior.
Los setenta años de Alberto Arena se manifiestan en lo parsimonioso de su andar, en las manchas hepáticas que denuncian su frente o en la frugalidad de su sueño, pero no en lo intrincado de su memoria donde habitan recuerdos que quizás agoten la cuantía de sentimientos de los que el ser humano es capaz. En su mayoría esas reminiscencias representan siete años del calendario convencional, pero hacen a la eternidad del ser.
El mate está listo. No hay diarios, hace tiempo se divorció de la realidad y sus múltiples versiones. Prefiere refugiarse en el silencio matinal y arroparse con las únicas prendas que de tanto en tanto pueden darle abrigo: los recuerdos. En rigor, sabe que las opciones no abundan. El primer sorbido es soportable, el segundo reconfortante. El tercero lo transporta a su juventud, a su gloria.
Recuerda a aquellos amaneceres que operaban como láudano luego de las intensas madrugadas de ajusticiamiento. Se ve empuñando el mate caliente de calabaza, con las manos enrojecidas por la sangre de los infames. Se sentía parte de una legión sagrada y mística elegida por la divinidad para borrar de la faz de la tierra a los inmorales. Como todo católico, conocía poco la Biblia, aunque le gustaba pensar que bien podría haber sido uno de los jinetes del Apocalipsis.
Siempre se ufanó de su capacidad para encontrar innovadores métodos para generar dolor y sufrimiento en el cuerpo humano. Aunque odiaba al enemigo, intentaba cada vez que le era posible evitar su muerte. Su objetivo era generarle una eterna agonía. Enviarlos al infierno, pero al mismo tiempo verlos desfallecer allí. Los gemidos desgarradores le significaban la satisfacción de haber hecho un buen trabajo. Un estertor calmo y breve era desilusión, quizás exceso; mientras la confesión mediaba entre ambos extremos.
El mate no es mal compañero, pero Arena siente que debe ocupar el tiempo con algo más. No hace mucho comenzó a releer la obra maestra de Stevenson. Cada vez que se adentra en ella siente una catarsis pudorosa, que lo avergüenza secretamente. El libro se encuentra abierto boca abajo sobre la mesa, una peculiar forma que utiliza para no perder la cronología de las páginas. Intenta tomarlo pero no puede, el cuerpo no responde. Es la quinta parálisis en el mes. Desentendido de médicos hace ya bastante tiempo, ignora las causas del mal que lo aqueja. Sabe que a medida que pasen los minutos, poco a poco los músculos empezaran a obedecer al cerebro. Entre tanto, piensa, hay que ser paciente, como lo era el teniente Sánchez al elaborar las tácticas contra el enemigo. Siempre lo envidió por su ingenio. Sobre todo aquella vez, cuando en la selva tucumana ideó la manera de terminar eficazmente con los inmorales. “Deben correr y refugiarse, aquí no están a salvo. Les daremos armas, y en cuanto las necesiten no duden en usarlas”, había dicho el teniente a un grupo de personas hambrientas y fulminadas por el dolor y la enfermedad. No muy lejos se enfrentarían con una tropa del Ejército. Todo había parecido un combate. Todo un estratega.
Afuera el temporal no cede. El adormecedor sonido de la lluvia contrasta ahora con la ferocidad de imponentes truenos. Arena se reincorpora con lentitud. Quizás hayan pasado varias horas, y buen indicio de ello es la tibieza del agua y la frialdad de la yerba. Se seca la saliva del rostro y permanece estático. Oye el diluvio como extasiado. Algún detalle, quizás la lluvia, le volvió a la memoria la imagen de Isabel. La vio sucia y húmeda, con los ojos desorbitados y el cabello confuso. Acababa de llegar a los calabozos, junto con otras cuatro mujeres y dos hombres. Sus ojos negros le provocaron un sentimiento que ya creía olvidado: sintió piedad. En vano articuló conjeturas sobre los posibles motivos que tornaban infame a aquella mujer, en vano procuro odiarla o cuando menos verla con indiferencia. Veía en ella una fragilidad hipnótica que resultaba infranqueable hasta para la más leve de sus oscuras figuraciones.
La volvió a ver una semana después de su llegada. Le había costado trabajo encontrarla, tuvo que rebajarse a entregar alimento en algunas celdas hasta que por fin dio con ella. Ya no tenía los ojos desorbitados, ahora estaban entreabiertos y humedecidos de resignación. Sentada y apoyada sobre la pared enmohecida, vestía prendas mugrientas y rasgadas. Sus muslos enrojecidos por una sangre ya seca, parecían más producto de su feminidad que de alguna herida. Arena intentó acercarse, pero unos lúgubres gemidos y un balbuceo indescifrable lo obligaron a desistir. Dejó el plato y su contenido en el suelo y salió del calabozo. La escena se repetiría en innumerables sueños. Jamás supo el por qué aquel recuerdo lo atormentaba luego de tantos años. Había perdido la cuenta (muy a su pesar) de las extensas sesiones de tortura que se le propinaba al enemigo hasta la muerte o la confesión (lo que ocurriese primero). Calculaba en cuarenta y nueve las arpías que envío al infierno. Jamás lo atormentaron esas cifras ni los detalles que representaban las cifras. Sin embargo el recuerdo de Isabel postrada en la celda, deambulando por un infierno de demonios humanoides no lo abandonó jamás.
Tuvo tres o cuatro conversaciones con Isabel, le bastaron para enamorarse o para confirmar su amor. Arena sabía que los motivos por los que ella accedió a las escasas charlas eran una jungla de posibilidades, en la que podría habitar el hecho de que ella estuviera aprovechándose. Evitó el laberinto de las figuraciones y prefirió aferrarse a la idea de que un ser tan bello era incapaz de tal conjura. La escuchó hablar con miedo y suavidad. Lo maravilloso de sus ojos decían más que su lánguida voz temblorosa y suspicaz. A pesar de la maraña que representaban sus cabellos, denotaban un vigor asombroso y un brillo que se imponía a la mugre y la sangre seca. Isabel dijo poco sobre su vida. Nombró varias veces a su padre, y lo refirió como a un hombre influyente. También dijo que la habían traído por error. Arena no se atrevió a seguir indagando sobre el origen del error. Prefirió admirar la sensualidad perturbadora de las formas que estallaban majestuosamente bajo las ropas rasgadas. No la tocó, jamás se atrevió a besarla si quiera.
La vio por última vez como protagonista de una sesión de tortura. Estaba completamente desnuda. Una hinchazón púrpura en cada ojo le impedía ver, la sangre que de a ratos brotaba de su boca censuraba sus gemidos. Se salvó del universo de agujas en las entrañas que representa la electricidad, pero no de la masculinidad depravada de los colegas de Arena. El no participó, y se culparía toda la vida por no haber siquiera intentado rescatar a su amada de aquel injustificado martirio. Al día siguiente la buscó en la celda, pero ya no estaba. La creyó muerta. Arena jamás se enteraría de que luego de mutilar su alma, la dejarían en un incierto descampado y más tarde volvería donde los suyos. Después de todo el padre de Isabel parecía tener influencias.
A la historia podría agregarse el hecho de que ella dio a luz y que el progenitor bien podría haber sido alguno de aquellos demonios. Si Isabel crió a su hijo con amor desmedido o lo sofocó al nacer son contingencias de las que el ser humano es capaz, pero que escapan a los alcances del relato y las conjeturas de Arena. Él la supo muerta, y de algún modo es lo que lo que ocurrió.
El libro sigue sobre la mesa y el mate frío. Aún no se ha recuperado del todo de su dolencia pero decide tomar un baño. El temporal arrecia, ahora el viento sur con un zumbido macabro parece dispuesto a derribar o a congelarlo todo. Arena siente el frío en los huesos y se asegura de que el calefón de su mejor esfuerzo. Se desviste por completo. El aire gélido que se filtró por los escondrijos de la casa le obliga a abrir en primera instancia en grifo de agua caliente. Antes que cualquier gota, una nube de vapor se escapa de la ducha como si se tratara de las fauces mismas de un dragón. Unos instantes después cae el chorro como una llamarada. Intenta compensar aquel escupitajo ardoroso con agua fría, pero al tomar el grifo la mano se detiene. De pronto el cuerpo parece insurrecto. Las extremidades parecen las de una estatua, y sus gritos también. Ahora añora al viento sur, pero el baño está en poder del dragón imaginario. Cae al piso, como había visto caer a las arpías que había ajusticiado, y sufre el manantial de lava transparente que comienza a derretir su piel. El dolor parece eterno, y el dragón parece el guardián encargado de que no se pervierta esa eternidad.
Narración: Matías Ortiz
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
