“Momo”: Pensamientos Trascendentales
Cuando barría las calles lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso – inspiración – barrida. Paso – inspiración – barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso – inspiración – barrida.
Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.
- Ves Momo – le decía, por ejemplo -, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.
Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:
- Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, y al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.
Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:
- Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la barrida siguiente. Nunca nada más que en la siguiente.
Volvió a callar y reflexionar, antes de decir:
- Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.
El texto anterior es un extracto del capítulo 4. Un Viejo Callado y Un Joven Parlanchín, de la novela “Momo” de Michael Ende, de la que ya hablé en mi artículo “Momo: Un Cuento para Niños… y Mayores”.
He decidido plasmar estas pocas líneas de la novela porque creo que en ellas se condensa una parte muy importante del espíritu del libro. La conversación la llevan a cabo dos personajes que en un principio no deberían de tener mucho en común: un viejo barrendero, Beppo, y una niña pequeña. Pero el caso es que son perfectamente complementarios y amigos inseparables.
Además, desde que lo leí por primera vez, en aquella lejana infancia luminosa y azul, estos párrafos han estado presentes en mi forma de hacer las cosas. No digo que siempre haya conseguido actuar como el viejo barrendero, pero sí que lo he intentado. Y lo sigo haciendo para, sobre todo, conseguir que todo, lo que haga sea divertido.
Espero (y me voy a poner trascendente) que por lo menos sirva para reflexionar en estos tiempos tan complicados en los que el tiempo parece que se lo comen los Hombres Grises, enemigos en la novela, de Beppo Barrendero y de Momo.
