Mónaco, el Gran Casino
Traspasar la frontera con Francia y llegar al principado más pequeño que existe en Europa, es una experiencia gratificante. Me hospedé en un hotel que haría palidecer de envidia aun jeque árabe, y me dediqué a visitar las barriadas que en cascada caen al mar, como ofrenda a un dios pagano.
El Palacio de los Grimaldi, que me pareció con su almenaje de un estilo ecléctico, más castillo que palacio, da a un amplio patio, en el que unos cañones que nunca se usaron, adornan más bien con su presencia, tratando de llenarlo. Las calles son acogedoras y bien trazadas, dan la impresión de que uno se halla en medio de una narración de Christian Andersen; tan cuidadas y limpias. Los automóviles de lujo abundaban y los turistas se hacían fotografías ante sus lustrosas carrocerías. Pero es en la noche cuando más brilla la perla del Mediterráneo. El barrio de San Carlos atiborrado de luces se antoja una cascada de aguas que resbalasen por la ladera de la montaña para llegar al mar. Vestido de smoking, impecable, tomé un taxi a la salida del hotel y me dirigí al Gran Casino, alma del principado, en el que se juegan fortunas tan grandes que marean.
A la entrada un enorme portero ataviado de librea con chistera, solicita la credencial y se exige el pago de una entrada al templo del juego, en el que se adora a la diosa fortuna. La escalinata que sube como en el aire mismo hasta la gran sala de juegos, alfombrada como palacio que fuese, lleva a los elegidos para entregar sus almas de oro a la diosa y los deposita con suavidad, ante las dos hojas que cuando se abren dejan escuchar el sonido peculiar de las ruletas y las voces de los crupieres. La enormidad de tal lugar impresiona y las damas vestidas con lujo extremo hacen brillar sus colares de costosos diamantes, rubíes, esmeraldas y adornos de Cartier.
Me acerqué a una de las mesas para ver jugar a la ruleta y allí varios árabes comenzaron a deja sus discos de cinco mil, diez mil y hasta de treinta mil francos amontonados en torrecillas que eran deslizadas por el crupier de turno, a la casilla elegida por sus dueños. Perdieron con la naturalidad de quien da propina baja a un camarero, y continuaron con su juego, como perdidos en una vorágine de rituales ante la diosa que no derramaba su cuerno de la abundancia ante tales cresos.
Las cartas a las que se jugaba como la más alta o el poker para los más atrevidos, no le iban a la zaga, a los que en verdad abandonaban fortunas a los pies del destino. La noche prosiguió y yo me quedé sentado en un taburete saboreando la copa que de cristal tallado contenía mi pequeño placer. Miraba en torno mío con discreción para no llamar demasiado la atención y al poco decidí salir a tomar el aire fresco de la noche. Un Testa Rosa, era asediado por varios muchachos gritones que se hacían fotos ante su carrocería, al salir justo ante la entrada, con la paciente mirada del portero, que comenzaba a dar síntomas de enfado ante tal osadía.
La mañana siguiente el pequeño principado se me antojó aún más diminuto que el día anterior, y al marchar apenas sentí dejarlo. Lugar de almas perdidas y demonios del juego que arrebatan la fortuna de quien no la aprecia, supuso tan sólo una experiencia gratificante que añadir a mi itinerario, que daría comienzo al cruzar la frontera con la inigualable Italia. Los túneles que se alternaban, me anunciaron un viaje lleno de sueños que se realizarían y…
