Editorial Narradores

Viernes en el Cayo Triste

31-julio-2008Anabel Narganes

Ilustración de 'Viernes en el Cayo Triste'Afuera dilu­viaba, el mes de Julio podía ser terri­ble por estas lati­tu­des. Toda­vía no eran las ocho y el bar estaba ya aba­rro­tado. Mi cua­dri­lla pre­fe­rida había logrado hacerse con una mesa cerca de la barra. Ron­da­ban todos los treinta y cinco, eran sim­pá­ti­cos, atrac­ti­vos y edu­ca­dos aun­que supongo que ello no les impe­día hacer de vez en vez algún comen­ta­rio obs­ceno sobre mis tetas o mi tra­sero. Les cono­cía desde la época del ins­ti­tuto, yo me había ren­dido al mundo labo­ral poco des­pués, pero ellos con­si­guie­ron aca­bar la uni­ver­si­dad y no les había ido nada mal.

Izan y Xabi tra­ba­ja­ban jun­tos, el día y tam­bién la noche. Tenían un estu­dio de arqui­tec­tura y últi­ma­mente desa­rro­lla­ban un pro­yecto empre­sa­rial un tanto des­ca­be­llado. Esta­ban con­ven­ci­dos de que un club de alterne, dis­fra­zado de spa, sólo para muje­res sería una idea exi­tosa. Y desde luego a mí me lo pare­cía. Juan­car era el más inte­li­gente, aca­baba de vol­ver de Buda­pest donde daba cla­ses en la Uni­ver­si­dad y Mar­cos era un depor­tista nato, todos los años des­a­pa­re­cía el mes de vaca­cio­nes para hacer esca­lada en algún lugar per­dido del pla­neta. Pero yo al que más cono­cía era a Daniel, había­mos sido com­pa­ñe­ros de clase antes incluso de empe­zar el ins­ti­tuto y le tenía un cariño espe­cial. Era el más des­ali­ñado de todos pero sus ojos son­reían siem­pre. Excepto hoy.

Izan se acercó a la barra.
– ¿Nos pones otra ronda bella?

Me guiñó el ojo. Él sí que era un ado­nis, un cuerpo real­mente bene­fi­ciado por la natu­ra­leza. Izan gus­taba por igual a her­ma­nas, hijas, madres y abue­las. Y no tenía novia. Era casi como un pacto entre ellos, todos esta­ban exqui­si­ta­mente solteros.

- Darme un res­piro y os lo llevo yo a la mesa. — Le contesté

- Enten­dido Carla, tus vodka con zumo son los mejo­res del mundo, merece la pena esperar.

Se fil­tra­ban reta­zos de su con­ver­sa­ción a tra­vés del bulli­cio del bar. A veces podía ser real­mente intere­sante, pero hoy había algo que les inquie­taba. Daniel era el que más hablaba y por sus ges­tos se le adi­vi­naba preo­cu­pado por algo. Juan­car me des­cu­brió exa­mi­nán­do­les y alzó la mano.

- ¡Trae esos cuba­tas y sién­tate con noso­tros Carla!, aca­bas tu turno ahora, ¿no?

Tenía razón, en reali­dad debe­ría haber aca­bado mi turno hacía ya media hora. Cogí los vasos y me acer­qué a su mesa. Daniel ni siquiera me miró.

- ¿Va todo bien Dan? Se te ve preo­cu­pado.
Fue Xabi quien me contestó

- Le han entrado en casa Carla, hemos lle­gado hace un rato de la comisaría.

- ¡Joder!… Lo siento Daniel, este pue­blo cada vez está peor. ¿Te han hecho mucha avería?

Esta vez me miró. Ni ras­tro de son­risa en sus ojos.
– No me han robado nada Carla, han for­zado la puerta y… — sus­piró antes de pro­se­guir -…me han deco­rado las pare­des con boni­tas fra­ses en rojo Bur­deos. En todas pone lo mismo: cabrón, te voy a rajar. Es un regalo de Sil­via, tiene como misión con­ver­tir mi vida en un infierno y parece que lo está consiguiendo.

Ahora era yo la que enmu­de­cía. Sil­via era una psi­có­pata, dema­sia­dos años de heroína habían hecho un buen tra­bajo, y cuando bebía dema­siado era direc­ta­mente una bomba pre­pa­rada para esta­llar. Daniel había salido con ella unos pocos meses, sufi­cien­tes para saciarse de su locura, pero no había pre­visto el hecho de que Sil­via no tenía inten­ción alguna de dejarle mar­char. Dan había cam­biado sus núme­ros de telé­fono, su correo elec­tró­nico, algu­nas ruti­nas y ahora debía pen­sar que tam­bién ten­dría que cam­biar de domicilio.

Estaba asus­tado y sus ami­gos tam­bién, más incluso que él mismo. Yo cono­cía a Sil­via, la había visto liarse a puñe­ta­zos con tipos que la dobla­ban en tamaño y siem­pre me había pre­gun­tado qué demo­nios había visto Daniel en ella. No tenía miedo a nada y era peligrosa.

Intenté tran­qui­li­zarle
— No te preo­cu­pes Daniel, si ya has puesto la denun­cia la poli­cía se encar­gará, te aca­bará dejando tranquilo.

- Ese es el gran pro­blema — inte­rrum­pió Mar­cos — al final el muy idiota no lo ha denunciado.

Miré a Daniel inte­rro­gante
– ¿Y eso?

- Le han dicho — con­ti­núo Mar­cos — que Sil­via tenía otras dili­gen­cias abier­tas por daños y agresión.

- ¿Y…?

- Y este insen­sato dice que no quiere com­pli­carla más la vida exa­ge­rando la situación.

- ¿En qué demo­nios estás pen­sando Dan? — me sen­tía enojada por su impru­den­cia — ¿Crees que es una rabieta ado­les­cente? Joder que te ha ame­na­zado, ha des­tro­zado tu casa. Es peli­grosa cariño, tie­nes que denunciarlo.

Me miró abru­mado.
– Sé que pen­sáis que el loco soy yo pero en el fondo Sil­via es buena per­sona, está enferma, pero se le pasará, dor­mirá y mañana que­rrá pagarme un pin­tor que arre­gle el des­trozo. La conozco, tiene un demo­nio den­tro que la enlo­quece, pero tam­bién tiene un ángel.

No podía creer lo que estaba oyendo, le cogí de la mano.
– Daniel por favor, esto es serio…- que­ría con­ven­cerle, abrirle los ojos, pero nues­tro tiempo se había acabado…

Sil­via cruzó la puerta del bar como un hura­cán. Tenía la mirada ausente y su sola pre­sen­cia cau­saba ese tipo de terror que hace enmu­de­cer. Cual­quiera de los hom­bres que me rodea­ban tenían enver­ga­dura sufi­ciente para haberla suje­tado, pero ella fue más rápida.

El filo del cuchi­llo cortó el aire hasta alcan­zar la gar­ganta de Daniel.
– ¡¡Cabrón!!

Izan le suje­taba la gar­ganta inten­tando evi­tar lo inevi­ta­ble.
– Qué alguien llame una ambulancia.

–Abre los ojos, por favor, por favor, Dan…

Varias per­so­nas había inten­tado dete­ner a Sil­via sin éxito, tam­bién Mar­cos, Xabi y Juan­car habían salido corriendo detrás de ella. Pero era una fiera mul­ti­pli­cando sus fuer­zas al sen­tirse aco­rra­lada.
La san­gre no paraba de bro­tar, tenía­mos las manos empa­pa­das, hacía mucho calor y me fal­taba el aire… creo que me desmayé.

Habían pasado tres meses desde el fune­ral y toda­vía me dolía la rabia, la impo­ten­cia, lo absurdo de la pér­dida. Había ano­che­cido y el cemen­te­rio estaba vacío, pero lo que me hacía estre­me­cer era otra cosa. Una certeza.

Ahora todos éra­mos de ver­dad igua­les, era un camino que no podía avan­zar más sin des­cu­brir el sen­dero de la vio­len­cia y el terror. Y lo había­mos des­cu­bierto. Me santigüé.

Narra­ción: Anabel Nar­ga­nes
Ilus­tra­ción: Car­los Del­gado y Jesús Prieto



2 Comentarios en “Viernes en el Cayo Triste”

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  1. Anabel Narganes: la Literatura y el Mar | Revista Literaria de Editorial Narradores dice:
    31 julio 2008 9:35

    […] Rela­tos publi­ca­dos en narrador.es: 2–08-07 » “Crou­per” 17–04-08 » “Trente-Six Heu­res” 31–07-08 » “Vier­nes en el Cayo Triste “ […]

  2. Ruth "Santa Cruz de Boedo" dice:
    17 abril 2009 21:36

    Gra­ta­mente sor­pren­dida, no sabía q tenías esta mara­vi­llosa “pasión”. Sigue así. Espero poder con­tac­tar con­tigo, des­pués de tanto tiempo. Si esto te llega, por favor ponte en con­tacto a tra­vés del e-mail. Bsos

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