El Hombre que Nunca Existió
El hombre que nunca existió, siempre ha vivido en una eterna y oscura soledad, y allí sentado en el sofá, enciende su pipa mientras miles de reflexiones atormentan su cabeza, ya de por si maltrecha, por la brecha de un rayo que le golpeo antaño.
Un día de lo mas florido de mayo, encontró la horma de su zapato, la chica que nuca estuvo ahí, y que siempre deseó, no solo fue algo crecido del tallo de la soledad, sino que a decir verdad, él no la encontró a ella sino que ella vino a él, y una vez producido el encuentro ya no podrían separarse, pues te guste o no te guste el destino atrae a los amantes esperando el verdadero amor fiel, casi arrogante.
Así que él hablaba con ella todas los días, y ella le mostraba el camino, e inspirado en el destino, las cosas complicadas de su vida dejaron de serlo, los caminos se volvieron mas claros, el hombre que nunca existió y la chica que nunca estuvo ahí, pasaban los días y las noches, hablaban de cosas triviales y divertidas y de enigmas imposibles y complicados planteamientos que pertenecían a la vida y se veían siempre a través de su frágil ventana de cristal, frágil lámina de agua de la lágrima de un aliento de soledad.
Surgió el amor, la pasión los celos, surgieron los encuentros y los desencuentros, la tolerancia y la intolerancia, el querer y el desamor, la vida mas allá de todas las fronteras, que busca ante todo la compasión eterna y beneplacita de un ser creador.
Un día el hombre que nunca existió, de eterna tristeza, y de sabiduría infinita, se levantó de su lúgubre cama y en la oscuridad de su habitación miró por la frágil ventana, pues era el día que mas la necesitaba.
Pero ella allí no estaba, paso un día, y luego otro y después varios y el dolor agudo que sentía era comparable al de miles de agujas pinchando constantemente su corazón, miraba por la ventana, miraba al infinito buscándola y buscando una razón pero no encontraba.
Ella no estaba ahí, los días pasaron y el dolor que le aguijoneaba el corazón iba disminuyendo, los hechos se convirtieron en recuerdos, los recuerdos en suspiros y los suspiros en olvido y el olvido es eterno si no le cuentan de nuevo lo que yo aquí te cuento.
Un día el hombre que nunca existió, de infinita tristeza y mirada perdida, se levantó de su lúgubre cama, y en la oscuridad de la habitación, desvanecida ya toda esperanza, miró una vez más por la ventana, de fino cristal.
Nada le esperaba, nada encontró, un suspiro su alma entera recorría pero ya no le dolía, ya no lo añoraba, pasaron las horas y de las horas a las mañanas, y de las mañanas a los días que se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años y desganas.
Y al final de la noche, con la mirada en el antaño y tumbado en su lúgubre cama, un rayo de sol se coló por la ventana, le iluminó en la frente y en sus ojos apareció su mirada, que ya había dado por perdida por la chica que adoraba.
La habitación que en un recuerdo había sido oscura y gris, ya no lo era pues convencido de que el tiempo cura las desdichas, no sentía ya la pena, y sentado frente a la frágil ventana, pensando en que pudo haber sido el pasado, también pensó en los tiempos del mañana, y con el ceño fruncido y el alma atrapada, se preguntó si alguna vez esa chica, que cautivó su corazón, existió en el olvido del frágil suspiro o por su cruel imaginación fue creada, pues un lobo solitario por muy necio que sea, necesita la compañía de alguien a quien poder llamar amada.
Narración: David Loreiro ‘Lore’
Ilustración: Jesús Prieto
