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El Encargo del Profesor Tolkien

Foto del escritor TolkienCuando recibí la nota manuscrita del profesor, mi cuerpo se sobresaltó. Que el Temerario, mote que dábamos al profesor de literatura más por la ascendencia alemana de su apellido que por su actitud ante la vida, enviara a un adjunto, exclusivamente para que entregara una nota a un alumno, era para ponerle los pelos de punta a ese alumno.

Caminé pensando en las razones que tenía para llamarme y cuando llegué a su despacho sólo se me había ocurrido que quizá el que mi lengua materna fuera el español, me imposibilitaba para aprobar su asignatura en Oxford; Universidad a la que había llegado después de mucho sufrimiento, económico e intelectual.

Pero me sorprendió como en cada una de sus clases. Me trató afablemente pero con el rigor y la distancia de su posición y durante los primeros minutos hablamos de mi adaptación al Campus. Al cabo de los cuales me pidió un favor, directamente y sin rodeos me dijo sí sería tan amable de llevarle un objeto al laboratorio de química, dónde lo estaban esperando para destruirlo. Concretamente para fundirlo. Por supuesto que le dije que sí, así que sin preámbulos me entregó un paquetito y me despidió en la puerta de su despacho deseándome suerte.

Cuando salí del edificio me sorprendió el estado del cielo. Antes, el azul inmaculado coloreaba toda la Universidad y ahora negros nubarrones presagiaban una tormenta dura. Por la calle no había nadie, como si presintieran la peligrosidad de las nubes, y el cambio de presión que se había producido me erizó los vellos en la nuca. Comencé a caminar despacio, desconfiado y girando mi cabeza en todas las direcciones, como si esperara que alguien o algo me atacara.

Empezaba a llamarme estúpido mentalmente cuando ocurrió. Con un alarido terrible y saliendo de la oscuridad de unos soportales, un hombre (o quizá lo fue una vez) se abalanzó sobre mí. Me agaché en el momento justo porque lo que me pareció un cuchillo largo, pasó brillando por encima de mi cabeza. Me incorporé con una agilidad que no sabía que tuviera y miré la cara de aquel ser, terriblemente deformado y con dos grande colmillos que le conferían más el aspecto de un animal. Sus ropas, grises y negras, no eran más que harapos malolientes y sus pies calzaban sandalias de cuero. Volvió a la carga con otro alarido y yo con la mano en la que llevaba el paquete del profesor le golpeé en el pecho. Se esfumó.

Miré a mi alrededor, estaba sudando y algo decepcionado por la desaparición del pseudo hombre que me recordó a los ogros de los cuentos y a los orcos de la literatura fantástica. Pensé en pedir ayuda pero no lo hice porque no hubiese sabido cómo explicar lo que me había ocurrido, por lo que continué mi camino.

Ya estaba a punto de alcanzar la entrada de la facultad de Químicas y convirtiendo el episodio en un recuerdo extraño, cuando del oscuro cielo una sombra más oscura aún, descendió con rapidez. Parecía un gigantesco murciélago, sino fuera por el largo rabo negro que le salí de las ancas traseras. Otra vez me libré por los pelos, me tumbé en el suelo y rodé como si tratara de apagar mis ropas ardiendo. El animal, que parecía que iba tripulado pues una sombra gris se alzaba sobre su lomo, se elevó unos metros para volver a lanzarse en picado. Yo me incorporé y corrí como nunca lo había hecho. La puerta estaba a escasos 40 metros y sentía el aliento de la bestia en mi espalda.

Supongo que fue suerte. El caso es que alcancé la acogedora entrada, donde las robustas columnas que la decoraban me relajaron y detrás de mí, presentí más que oí, un golpe seco y unas palabras en un idioma desconocido y áspero. No me atreví a salir pero supuse que el extraño murciélago no había podido alzar el vuelo a tiempo y había estampado sus huesos contra la vieja piedra. Realmente no me importó lo que hubiera pasado y sólo osé permanecer allí apenas unos minutos, esperando que alguien más apareciera. No fue así.

Llegué al laboratorio donde me esperaban ansiosos. Una sonrisa iluminó la cara del hombre y la mujer vestidos con batas blancas cuando me vieron entrar. Me preguntaron si el profesor Tolkien me había dado algo para ellos, asentí y se lo entregué con desgana, pues me costó mucho desprenderme del paquete que había estado apretando con fuerza en la mano. Lo abrieron y un destello dorado ilumino la estancia, luego lo echaron, con el pesar que vi en sus ojos, en una gran probeta, donde el líquido burbujeante lo deshizo y un suspiro de alivió se escapó de sus labios.

Salí de allí sin que ninguno me dijera nada y en el exterior, donde el cielo volvía a ser azul, me miré la mano que había transportado el paquete y en ella vi, como una escarificación, una cicatriz en forma de anillo, que me acompañaría para siempre y evitaría que olvidara el extraño episodio de mi vida.

Mario Alfageme  

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Narrado por Mario Alfageme el 21-07-2008 [5 Comentarios]

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5 Comentarios

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  • 1.- Narrado por Fernando el 21-07-2008

    Si al final va a ser verdad eso de que leer es malo para el coco ;)
    Bien hecho, Mario.


  • 2.- Narrado por Llum el 21-07-2008

    Mario, ¡me ha encantado! Como siempre, cuando narras algo de aventura y acción, haces que me meta desntro de la historia… Estaba sufriendo por “mi tesooooooooro”… Ah, y la foto te hace justícia: bonachón y sonriente. :-) Claro que nos afecta al coco, Fernando… Aquí estaríamos, si no!


  • 3.- Narrado por Raúl el 21-07-2008

    Pues sí que ha estado bien, sí… Y si os fijáis, además, el compadre Mario tiene un cierto parecido físico al Frodo de la peli del Señor de los Anillos, jejejeje…


  • 4.- Narrado por Llum el 21-07-2008

    Es cierto Raúl! Tienes toda la razón!


  • 5.- Narrado por ‘Bienvenido Herr Di el 18-10-2008

    [...] creo que muchos de los que habitualmente pasáis por aquí sabréis de quién estoy hablando (¿sabéis incluso que alguno le asociamos a una raza de la Tierra Media tolkieniana?) Un abrazo Herr [...]




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