Londres, la Ciudad del Ladrillo Rojo
El avión descendió suavemente y nos dejó en Gatwick. Un tren nos llevó a la capital de Inglaterra, y allí desembarcamos con la intención de conocer una ciudad tan cercana, y tan lejana a la vez.
El primer día trazamos una diagonal de este a oeste, y caminamos disfrutando de cada monumento que Londres nos ofrecía. En primer lugar visitamos el British, el museo en el que el arte egipcio y griego cobran un sentido y una magnitud especiales. Por entre las columnas, penetramos en aquel templo de reliquias que cada día vistan miles de viajeros, interesados en conocer las raíces del mundo.
Sala tras sala, nos alimentamos de los conocimientos que regalan, quienes cuidan de que permanezcan al alcance de quienes sepan apreciarlos.
Pero Londres es mucho más que museos y monumentos, es una ciudad llena de gentes, de razas venidas de todas las partes del mundo, y de cada uno de sus confines. Crean una heterogénea mezcolanza, que da la impresión de que no podrá haber más guerras entre los que lo pueblan. Disfrutamos de un capuchino en una de sus exquisitas cafeterías y salimos a las calles envueltos en esa luz diurna que semeja la penumbra de un otoño suave.
El Parlamento apareció con su enorme torre del Big Ben apuntando al cielo, junto a la ribera del Támesis. Hicimos cola para penetrar en aquel lugar emblemático en el que como llama eterna, se conserva desde hace más de setecientos años la democracia. Asistimos a una sesión de los Comunes y otra de los Lores, con sumo deleite, embriagándonos del ambiente político que allí se respiraba.
Las horas transcurrían raudas y pasear por Trafalgar Square, Picadilly Circus o visitar el Palacio de Buckimgham, resultó una tarea que hubo que dividir en varias etapas en las que penetramos en ambientes tan diversos como interesantes.
He dejado para el final la Torre de Londres, en la que me deleité dejándome imbuir por su aspecto medieval perfectamente conservado, y en la que tuvimos ocasión de conversar con un par de Beefeaters. Durante la explicación que nos dieron uno de los dos comenzó a contar chistes, con verdadera gracia, algo que jamás sospeché de tales rudos soldados de la guardia de la reina inglesa.
Las salas de armas repletas de alabardas, espadas y armaduras, daban una impresión general de que sus dueños podían entrar en cualquier momento, para revestirse de acero y salir a guerrear. La noche cayó sobre nosotros y al cruzar el Tower Bridge, sentimos que el Támesis cobraba esa vida mágica que posee todo aquello que tiene personalidad propia.
Londres es una ciudad edificada en ladrillo rojo, por carecer de piedra en abundancia y de esta forma generó palacios, casas y castillos, que difieren bastante de los que encontramos en el continente europeo. El desarrollo industrial que tuvo lugar en primer lugar, en la Inglaterra que despertaba a la modernidad, dejó de esta manera su impronta. Cenamos en el Soho, cerveceamos (válgame la palabreja), y nos mezclamos con las gentes que compartieron con nosotros dos, con Marta y conmigo, sus costumbres y usos.
Sin embargo la experiencia mágica por excelencia, la tuvimos al visitar tiendas en las que, la decoración (eran fiestas de navidad) resultaba algo excepcional y digno por tanto de mención. Especialmente en los Almacenes Maison, (casualidades de la vida) los escaparates de estos almacenes, los más veteranos de Londres, tenían engalanados sus productos con escenas de “Alicia en el País de las Maravillas”. Aún conservo las fotografías de aquellos días en los que las cartas de una Alicia de cartón, delicadamente pintada, eran echadas por los aires, tan magistralmente que hube de intentar ver como lo habían podido realizar. Daba la impresión de que se habían detenido en el aire en un segundo concreto.
Londres vestida de gala para la ocasión nos regaló unos días de vacaciones agradables que es más que posible repitamos…
