Artículo Completo

París, la Ciudad de los Mil Puentes

Foto de la Torre Eiffel de ParísUna ciudad sin duda fascinante es la que ejerce de capital de Francia, y que por su fama, bien merecida, o no, se halla en el centro del mundo mismo. Cuando salimos del hotel para iniciar la que sería nuestra primera visita por ella, sentí que mi alma se impregnaba de aquella esencia dejada por los padres de la revolución, tiempo atrás, cuando el hombre carecía de derechos, que ahora nos son tan familiares y cotidianos.

En sus calles adoquinadas anchas y bien trazadas, vi las huellas de filósofos y escritores dibujándose en cada piedra, en cada escultura de las mil que adornan sus palacios y edificios gubernamentales, sabiamente elegidos. Visitamos en primer lugar la Ópera de París donde su pórtico casi catedralicio, presidido por estatuas doradas, semejan guardar los preceptos de una Carta Magna que otorga el don de la igualdad.

Su majestuosidad me impresionó, y vi en su altivez el desmedido orgullo del hombre, que sin embargo merece ser encumbrado por obras como aquella, en la que las artes escénicas se desarrollan para el deleite de quienes las saben apreciar. Un mundo lleno de matices me envolvió al penetrar en aquel santuario sagrado en el que los “dioses” y “diosas” del teatro y la lírica, emanan su ambrosía como néctar para los sentidos.

Paseé por la ciudad con la prisa de quien desea alimentarse de ese líquido ambarino, que resbala por las gargantas y los ojos de los admiradores del arte que florece como fiel primavera en París, a cada paso que se da. Llegué como perdido en el mar de alamedas, hasta los campos elíseos y de allí al arco del triunfo que se eleva como símbolo, no de París sino de un mundo que salió vencedor de una guerra, en la que el hombre luchó contra sí mismo, en el afán de salir victorioso contra sus propios miedos y terrores.

Subimos hasta lo más alto de sus viejas piedras y divisé una ciudad que compagina viejo con nuevo, y bello con vulgar de un modo magistral.

No tardé en alzar la vista y ver a lo lejos la tremenda mole de hierro de la Torre Eiffel, que me provocaba para que visitase sus cuadrangulares patas sobre las que se elevan trescientos metros de metal marrón, desafiando como Torre de Babel al cielo mismo. Ascender por sus entrañas, supuso un reto para alguien que no gusta de las alturas extremas, pero el premio de ver el mundo desde aquel ángulo imposible que otorga la cima de la torre a quien se digna llegar a ella, compensa el miedo, y la tensión sufridas.

El Sena discurre, atravesando la ciudad, confiriéndole ese manto de realeza que adorna sus encantos, a modo de coqueta dama de una corte inexistente. Deseé navegar por sus aguas y sentir el frescor que producen sus suaves oleajes, y dicho y hecho, como por ensalmo, al poco estuve en un bateax mouche desde el que la conserjerí, apareció como ese palacio siniestro en el que la reina María Antonieta esperó su sentencia de muerte ataviada con un vestido negro y sobrio, muy diferente a los que lucía en sus desenfrenadas fiestas palaciegas, consumiendo los recursos de los parisinos en caprichos sin fin. Descendía para visitarlo, y penetré en el mundo en el que descansa la reina, sufriendo las críticas eternas, de quienes llegan a conocer sus excesos. Una figura de cera vuelta de espaldas da la impresión a uno de hallarse en presencia de la difunta reina y el ambiente parece densificarse en un intento de convertir el recinto, en el refugio eterno de la reina.

Caminando llegamos Marta y yo hasta Notre Dame, y entramos en ella con un sentimiento de aprensión, pues las numerosas velas y la atmósfera que en ella se respira, crea una sensación de agobio imposible de describir. Sus paredes de piedra relumbran ante los hachones de luces ya eléctricas, que se confunden con los que realmente portan antorchas. Salir supuso volver a respirar y pasamos un hermoso puente hasta dar con el ayuntamiento, que por cierto es uno de los edificios que más me gustó. Las esculturas guardan celosamente sus conversaciones en intramuros, y los viandantes lanzamos nuestras fotos como luces en su honor.

Pero sin duda lo que más me llenó de aquella ciudad resultó ser el Louvre, con sus inmensos salones llenos de la obra de manos maestras que dejaron para la posteridad sus genialidades. Elegimos salas de arte egipcio, pues yo estaba escribiendo “El Laberinto Prohibido” y toda información al respecto era útil, y las que correspondían a la insuperable Babilonia. Toros alados extendían sus enormes alas de piedra tallada para recibir a quienes les rescataron del olvido dándoles la importancia merecida. Visité las habitaciones privadas del emperador Napoleón III con su lujo exquisito, y el mobiliario en el que se aposentaron los consejeros reales y se decidieron los destinos de varios imperios.

Pero dejamos para el final algo que veníamos deseando ver desde largo tiempo atrás, la escultura de los maestros del XIX franceses, dignos de ser mencionados aparte. Haré mención especial del Espartaco que cruza sus brazos lanzando una mirada desafiante a quien le amenace con robarle la libertad, protegido por las gentes de una nación que entregó sus más preciadas generaciones, en pro de esta misma libertad. Lo admiramos y nos quedamos absortos en aquella obra que reflejaba a la perfección el sentir de una raza.

Vimos cuadros de interés como La Coronación del Cruel Napoleón, y por supuesto La Mona Lisa del insigne Leonardo Da Vinci, tan de moda actualmente.

Cruzamos el puente de Alejandro III a mi gusto el más hermoso, de todos pues algunos son los que se erigieron provisionalmente tras la segunda guerra mundial, y los que tuvo ayer en la historia se perdieron, aunque no todos afortunadamente. El sol brilló todo el día y el atardecer nos brindó la posibilidad de conocer como llora el astro rey al abandonar París. La torre Eiffel se iluminó y una etapa diferente comenzó para quienes son aves nocturnas.

Yo creo que realmente es la ciudad de los mil puentes.

 

Artículos Relacionados
Narrado por Kendall Maison el 4-07-2008 [Escribir comentario]

Hacer Comentarios



Hacer Comentarios

Para escribir un comentario a este artículo, solo tienes que rellenar el siguiente formulario y pulsa el botón "Enviar»".Todos los comentarios son moderados por nuestro equipo de editores, por lo que es posible que tu comentario tarde algunas horas en hacerse público.

Es necesario cumplimentar los campos que aparecen con asterisco (*)

 

En cumplimiento de la LOPD 15/1999 y de la LSSI-CE 34/2002, te informamos de que los datos de carácter personal que voluntariamente nos facilitas, incluido tu correo electrónico, se incorporarán a un fichero automatizado, inscrito en el Registro General de Protección de Datos, cuya finalidad es la gestión de las consultas realizadas a través de la Web.Al remitirnos tus datos nos autorizas expresamente a la utilización de los mismos para realizar comunicaciones, incluyendo las que se realicen vía correo electrónico, y que Editorial Narradores, S.L. llevará a cabo para enviarte la información solicitada. Si lo deseas, puedes ejercer los derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición de tus datos, remitiéndonos un escrito a Editorial Narradores, S.L., CM/ Otxarkoaga n° 2 - 1 ° (Edifício Arzubi); 48004 - Bilbao (Bizkaia), adjuntando una copia del documento que acredite tu identidad.

 

Hacer Comentarios


Índice de Artículos Publicados | Participar en el Blog | Política de Comentarios | Propiedad Intelectual | Retirada de Contenidos
©2010 narrador.es

narrador.es en faceboor    narrador.es en twitter


Wikio | Top Blogs | Literatura



Valid XHTML 1.0 Transitional     Validador CSS     Valid Atom 1.0        Directorio de Empresas de Cultura