La Pasión de Jules Gabriel Verne
Por una serie de problemas financieros que nacieron a la vez que la empresa donde trabajo comenzó a operar en Francia, tuve que pedir asesoría económica y judicial. Me propusieron el nombre de Pierre Verne, cabeza visible de un bufete de abogados cuya sede estaba en Nantes y cuya valía era reconocida hasta en París.
Sin pensármelo dos veces y confiando plenamente en la persona que me hizo la recomendación, tomé un vuelo para Francia y pedí cita a través del teléfono ya que no conseguí contactar con el bufete del señor Verne, ni a través de Internet ni por medio del fax.
El día que acordé la entrevista me presenté puntual. Esperaba encontrarme unas modernas oficinas en las que el ajetreo cotidiano y el caos de llamadas y prisas estuviera presente. En vez de eso hallé un despacho austero, pequeño y decorado al estilo de finales del siglo XIX. Me sorprendió que no tuvieran ordenadores y que el tableteo de las máquinas de escribir, ensordeciera cualquier intento de comunicación oral.
Un hombre afable y sonriente me atendió y se mostró comprensivo cuando yo maltraté su lengua, intentando rescatar del fondo de la memoria palabras y construcciones gramaticales de mi época de bachiller. Me condujo a un despacho pequeño y decorado de igual manera, que se escondía detrás de una puerta que había pasado desapercibida para mí hasta entonces. En él conseguimos entendernos y me aseguró que se haría cargo de todo lo que yo le estaba pidiendo. Bueno él y su hijo, al que me presentó al cabo de unos minutos.
- Éste es mi hijo, Jules Gabriel. Será un gran abogado en cuanto se quite de la cabeza todas esas ideas fantasiosas que le rondan.
El joven de cabello rizado y mirada amable sonrió comprensivo ante las palabras de su padre. Me tendió la mano y se la estreché con energía.
- Bueno tengo asuntos pendientes, así que si me perdona… mi hijo le pondrá al corriente de los pormenores de las acciones a tomar. Buenos días.
Volví a estrechar la mano del señor Pierre Verne y le desee buenos días, luego dirigí mi atención a el joven. Tendría unos veintidós o veintitrés años pero algo en él me inspiró confianza y su mirada franca me alentó a preguntar.
- ¿A qué ideas se refiere su padre?
Jules Gabriel volvió a sonreír comprensivo.
- Mi padre quiere continúe con su labor en el bufete y lo entiendo. Es la obra de su vida y le gustaría que fuera su propio hijo quien la continuara gestionando pero… pero a mí aunque no me disgusta el derecho, prefiero la literatura. Me gusta escribir e imaginarme historias. Creo personajes que llevan a cabo aventuras imposibles y aunque mi padre dice que mis ideas son irreales, yo estoy seguro de que el Hombre algún día será capaza de llevar a cabo semejantes empresas.
- ¿A qué empresas se refiere usted?
- Pues a poner el pie en la luna por ejemplo, atravesar África en globo, viajar alrededor de la tierra o crear un barco sumergible capaz de navegar debajo del agua por los cinco océanos.
Mi estupor ante la respuesta del joven fue mayúsculo y en el momento en el que le iba a decir que todo eso ya se había hecho, volvió a entrar su padre. Hablaron entre ellos tan rápido que sólo puede captar palabras sueltas, luego el joven me volvió a tender la mano y desapareció.
El padre, después de cerrar los pormenores que tenía que haber cerrado con el hijo, me acompañó hasta la puerta y me despidió con una sonrisa y unas palabras de confianza. Ya en la calle tuve que caminar durante más de diez minutos hasta que encontré un taxi que me llevara de vuelta al hotel y aunque entonces no me extrañó, hoy pienso en lo raro que era que por allí no pasara ni un solo coche.
Al día siguiente cogí el avión de vuelta y aunque no volví a tener contacto con ninguno de los dos y todos los problemas que teníamos en Francia se fueron solucionando paulatinamente, hay noches en las que no puedo dormir y pienso en el joven Jules Gabriel Verne, en la pasión que ponía cuando hablaba de de sus historias imposibles y en lo convencido que estaba de que podrían llevar a cabo. Y muchas de esas noches cuando el sueño comienza a vencerme, pienso que ojalá consiguiera su deseo y escribiera hermosas novelas de grandes y portentosas hazañas.
- Julio Verne, Emilio Salgari, Karl May y Muchos Otros
- Cien Años de Soledad
- La Poesía es un Arma Cargada de Futuro
