La Saeta de Antonio Machado: Nostalgia y Melancolía
Para la inmensa mayoría de la gente las estaciones más tristes o melancólicas son el otoño y el invierno. Probablemente la tristeza de los días encapotados, las horas de luz que se acortan y el frío que hiela hasta el alma, son las causas de ese pesar inquieto y difuso que duele dentro pero acompaña.
A mi me ocurre lo contrario. El otoño y el invierno no me gustan, si pudiese hibernaría, pero cuando realmente estoy como ausente, con sensaciones nostálgicas, aflicciones sin causa y pesar anímico es en las estaciones que me enamoran: el verano y la primavera.
Quizá (quizá no, seguro) sea porque los mejores recuerdos que tengo (a veces los únicos) pertenecen a días de sol y calor. Y aunque no soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, sí que opino que cualquier tiempo pasado es recordado sin los malos momentos, lo que, desde luego, lo hace maravilloso.
Pero bueno, sí alguien ha llegado hasta aquí leyendo, probablemente se preguntará a qué vienen estos desvaríos nostálgico-estivales en una artículo que tenía que estar dedicado a la literatura, y tendrá razón. El caso es que a mí la nostalgia y la melancolía se me acentúan si leo poesía; y como creo que dentro de cada escritor hay un masoquista inconfeso, yo leo poemas. Y uno de ellos quería compartirlo aquí (con los que hayan tenido suficiente paciencia).
La Saeta
¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
al Jesús del madero?
Saeta popular
¡Oh la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
Sí es de Antonio Machado, por el que tengo una especial predilección. Y este poema pertenece a su libro “Campos de Castilla”. Si cierro los ojos todavía puedo escuchar a mi madre cantándolo.
