Letonia, La Hermana Mediana
Letonia no es ni la hermana menor de las repúblicas bálticas, ni la mayor tampoco, por lo que queda encasillada entre ambas sin por ello desmerecer en absoluto.
Cuando llegué a ella y me deslicé por el dintel de piedra de la Puerta de Riga, y penetré en su enorme plaza que abraza a quien entra en ella con sus edificios bien cuidados y de aspecto señorial, sentí que algo alimentaba mi espíritu, y me relajé.
Un museo de fachadas hermosamente decoradas con esculturas antropomorfas de delicada factura, flanqueadas por columnas delgadas y elegantes, da la bienvenida a quien entra en el reino de lo medieval por excelencia. En ella fui grabando en mi retina cada detalle que pude, pues muchos eran, y difíciles de contener por su amplitud y exquisitez.
Me perdí como hago siempre de la mano de Marta por las callejas que salen radialmente de la plaza, para meterme en sus estrechas y adoquinadas callejuelas de edificios con altas y coloristas paredes. Una iglesia de ladrillo con una terraza de mesas de madera al aire libre me atrajo y nos sentamos a tomar una cerveza de las que en Riga tienen merecida fama.
Tras nosotros una tríada de esculturas se elevaba desgastada conformando un extraño conjunto. Un burro sostenía a un cerdo que a su vez sostenía a un gallo sobre sus lomos… las gentes tocaban sus broncíneas hechuras para atraer a la suerte, cosa que suele suceder al revés, y razón por la que entre otras, no hice lo mismo.
La noche caía con prontitud y dejamos que el azar decidiese por nosotros el destino de nuestros pies, de manera que conocimos una iglesia de fachada azul y blanca, en la que penetramos para observar los ritos desde detrás del todo. La gente colocaba velas en atriles preparados a tal efecto, y rezaban fervorosamente en su interior. Abandonamos el recinto eclesiástico y deambulamos para mezclarnos con sus gentes y conocerlas a fondo en lo posible.
Edificios ruinosos convivían con restaurados palacetes que se erguían orgullosos ante nuestros ojos. Paseamos y exploramos tiendas y talleres en la que es la ciudad más grande del Báltico y el mayor centro cultural, religioso, económico y político de las tres hermanas Bálticas.
Visitamos el museo de historia con el enorme patrón de los marineros en su interior y que tiene una réplica en el malecón, envitrinado para que no se repitan los ataques de los que no valoran su bagaje histórico.
La noche nos llevó a restaurantes y cafeterías de corte romántico que me recordaron vagamente a las de la Gran Viena. Conocimos a los habitantes de Riga y nos interesamos por sus historias, leyendas y gustos en el vestir y el comer…
Nos recibieron con placer, y sus rubias cabelleras se quedaron grabadas en nuestras mentes, como un vívido recuerdo que permanecerá para siempre en nuestros álbumes y experiencias.
