Un Día Perfecto Para El Pez Baila
Mi amigo y yo hemos venido sólo a pasar el rato, a ver si pescamos algo desde este espigón cercano a nuestro domicilio. Me llamo Teopéprides. Sí, vaya nombrecito… Mi amigo, Trinidad. Es un nombre poco usual para un hombre. Le llamo Trino. Él me dice habitualmente Teo. Teo por aquí, Teo por allá. Teo en griego significa Dios. No pienso que sea un dios ni mucho menos, aunque hay gente que se lo cree de sí misma. A pesar de que soy muy joven, tengo claro que en este mundo que nos ha tocado vivir Dios hace lo que puede, así que yo… Soy un soñador, eso sí. Tengo una imaginación desbordante. Desde que murió mi muy amada madre, más. Me acuerdo mucho de ella. Mucho. Yo la llamaba mother y ella reía. Me quedó esa manía desde que estudiaba inglés en secundaria, porque poco más aprendimos entonces: mother, father, bye,…, y pare usted de contar.
Sé que mi madre está en el cielo porque lo dice mi hermana mayor, Gertrudis, para consolarme, pero sé que el cielo no es un lugar al que van los muertos.
En un momento determinado durante la sesión de pesca mi amigo me gritó Teo, mira, una baila. La baila es un pez costero, de carne muy estimada, parecido a la lubina, pero más pequeño. Intento hacerla picar mirando atentamente hacia abajo y desplazando el anzuelo a derecha e izquierda. Es difícil con un simple cordelito del que pende un anzuelo. El reflejo de la superficie del agua, además, no me permite ver con claridad.
Lo que sí contemplo con una claridad meridiana reflejadas en el agua son las nubes blancas que salpican el cielo en este día tan luminoso. Estratos blancos se perfilan sobre nosotros, moteando el cielo y dejando algunos espacios de color azul celeste entre ellos y su reflejo sobre la superficie acristalada del mar presenta una bella imagen. Asemeja el lienzo acabado de un pintor.
De repente me oigo decir a media voz:
—Mother, mother.
Trino me mira sorprendido, pero no le presto atención. No dejo de contemplar fijamente la superficie del agua. Me agacho para acariciar suavemente la superficie que queda ante mí, delicadamente, para que la imagen reflejada en ella no se desvanezca.
—¡Es ella y está allí!— exclamo dirigiéndome a Trino.
—¿Quién es ella?— pregunta mi amigo.
—¡Quién va a ser!— concluyo.
Tras un cambio de impresiones con mi amigo, al que expliqué, excitado, nervioso, intranquilo, qué es lo que veía, Trino terminó por confesarme que honestamente no observaba nada fuera de lo normal.
—¡Mo…, mo…!
De repente, tal como apareció, la imagen se esfumó, la perdí de vista. Estuve pensativo toda la mañana, sumido en un mar de reflexiones, confuso, abatido.
Al final de la jornada matutina regresamos a casa y telefoneé a mi hermana mayor.
—¿Sí?
—Soy yo, Gertrudis. Llevas razón, nuestra madre está en el cielo. La he visto hoy mientras pescaba…
Narración: Antonio Senciales
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
