Sangre, Dolor y Sufrimiento Infantil
Todas las casas gritan.
Pasáis, y de esta ventana rota sale un grito de muerte.
Seguís. De ese hueco sin puerta sale una sangre y grita.
Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados,
gritan, gritan. Son los niños que murieron.
Por la ciudad gritando un río pasa;
un río clamoroso de dolor que no acaba.
No lo miréis: sentidlo.
Pequeños corazones, pechos difuntos, caritas destrozadas.
No los miréis: oidlos.
Por la ciudad un grito de dolor grita y convoca.
Sube y sube y nos llama.
La ciudad anegada se alza por los
tejados y alza un brazo terrible.
Un solo brazo. Mutilación heroica de la ciudad o su pecho.
Un puño clamoroso, rojo de sangre libre,
Que la ciudad esgrime, iracunda y dispar.
Estos versos duros, directos y certeros pertenecen al poema de Vicente Aleixandre “Oda A Los Niños de Madrid Muertos Por La Metralla”. Lo he encontrado hace apenas una semana dentro de un libro titulado “Los Niños Republicanos” escrito por Eduardo Pons Prades dentro de la colección Testimonios de la Guerra Civil del editorial RBA.
Y aunque, evidentemente, la oda está dedicada a los niños que perecieron por las balas, las bombas o la metralla disparadas por el bando nacional, creo que no sería justo, hoy después de más de sesenta años, pensar que sólo los disparos franquistas mataron o mutilaron niños.
Por eso creo que los versos de este poeta sevillano, homosexual, de izquierdas y premio Nobel de Literatura en 1977 pueden servir, desde la perspectiva de la distancia, el dolor y los años como homenaje no sólo a los niños que murieron en Madrid durante la Guerra Civil Española, sino a todos los que murieron en Valencia, Barcelona, Bilbao o Zaragoza; así como a todos aquellos que tuvieron que marcharse de su país, separándose de sus padres y familias, en una mutilación tan real como la física.
Y por supuesto que pude servir como ofrenda y reconocimiento a todos aquellos que han dado su vida, mientras jugaban o hacían la compra con sus padres, en estúpidos conflictos en los que la sinrazón y la sangre son los únicos luceros que guían a unos con las pistolas y a otros con las palabras, con las que muchas veces niegan posibilidades.
Pero como esto sólo es una revista literaria me gustaría que una lágrima de papel y tinta caiga cada vez que piense en ellos, que fueron, y por desgracia en los que serán. Porque aunque no nos lo parezca la literatura, si nos lo proponemos, puede muy bien vencer a la bala, aunque para ello haya que creer.
