Literatura y Astrofísica I
7-mayo-2008Raúl del Valle Rodríguez
Un agujero negro es el cadáver de una estrella tan grande que no ha podido evitar sucumbir aplastada por su inmenso tamaño, como las ballenas varadas en las playas que acaban muriendo asfixiadas por su propio peso; una región del espacio donde la gravedad es tan intensa que el propio espacio ha colapsado. Cualquier cosa, ya sea materia o energía, que se acerque a un agujero negro más allá de un cierto punto, será engullida sin remedio, después de ser aplastado por la monstruosa fuerza de su atracción gravitatoria.
A mí me gusta pensar en la literatura en términos gravitatorios, como si la literatura fuese una especie de agujero negro cuya fuerza de la gravedad amenaza con engullir a todo aquel que se acerque demasiado a su horizonte de sucesos (que es el hermoso nombre que tiene el punto de no retorno, el punto a partir del cual se hace imposible cualquier idea de regreso). A partir de un cierto punto, ya no hoy regreso posible. Ese es el punto a alcanzar.
Al leer a Kafka uno tiene la impresión de que él sabía, de que era consciente de esa tendencia a fagocitar a sus creadores de la que hace gala la literatura y que fue capaz de, sabiéndolo, caminar hacia el abismo sin parpadear ni apartar la vista, como la víctima de un sacrificio azteca que, con la espalda desnuda apoyada en el altar de obsidiana, sostiene la mirada del sacerdote que oficia el rito incluso cuando éste le muestra su propio corazón chorreando sangre.
La última colección de cuentos que publicó Kafka en vida recibe el título de “Un Artista del Hambre” y está compuesto por cuatro narraciones, una de las cuales da título al volumen. El relato en cuestión es la historia de un ayunador profesional, un tipo capaz de estar sin comer cuarenta días al que un empresario centroeuropeo exhibe de ciudad en ciudad, en cada una de las cuales nuestro artista permanece cuarenta días, expuesto al público dentro de una jaula sin ingerir alimento alguno. De hecho, él afirma que puede estar sin comer mucho más de cuarenta días, pero el empresario, temeroso de que la muerte por inanición acabe con su, en aquel momento, floreciente negocio, le obligaba a alimentarse durante los días que duraba el traslado a la nueva ciudad.
Y así siguieron las cosas mientras el negocio fue viento en popa. Pero en un determinado momento la gente perdió el interés y, en cada nueva ciudad, la asistencia de público era sensiblemente inferior. Así que el empresario, antes de que la cosa empezase a generar pérdidas, vendió el pack completo (ayunador, jaula y camión para el transporte) a un circo ambulante que seguramente lo compró más que nada por la jaula y el camión y el artista del hambre acabó situado, dentro de su jaula, junto al resto de fieras que formaban parte del circo.
En un primer momento nuestro ayunador se las prometía muy felices en su nueva situación, los del circo le aseguraron que podría estar sin comer cuantos días deseara y pensaba que al fin el mundo iba a ser testigo de lo que él era capaz. Pero, para su sorpresa, el público encontraba mucho más interesantes la jaula de los leones o la pareja de elefantes y prácticamente nadie se detenía frente a la jaula del artista del hambre, que acabó muriendo olvidado de todos, delgadísimo, enterrado en un montón de paja.
Si uno busca por ahí la causa de la muerte de Kafka, lo más probable es que lea o escuche que Franz Kafka murió de tuberculosis; si rasca un poco más y busca información más precisa descubrirá que eso es cuando menos inexacto. Digamos que la tuberculosis fue la causa estructural: el colchón harmónico que posibilitó la melodía final: la coyuntura concreta de una muerte espantosa y profundamente literaria.
Porque lo que he llamado coyuntura concreta fue que la tuberculosis se cebó especialmente con su garganta y llegó un momento en el que el acto de tragar se le hizo tan dolorosamente insoportable que dejó de comer y, como en mil novecientos veinticuatro todavía no se había descubierto la posibilidad de alimentar a la gente por vía intravenosa, Kafka murió de hambre. Pocos días antes de que esto sucediera, recibió por correo las pruebas de imprenta de “Un Artista del Hambre”, libro que ya no llegó a ver publicado.
