El Más Allá y Otros Relatos: Amistad

Desde que conocí a mi mujer he recuperado el concepto extraviado de amistad. Nunca tuve muchos amigos. En el colegio, me veía obligado a deambular solo por el patio del recreo, ajeno a los entretenimientos de los otros niños, que jamás me invitaron a participar de sus juegos, de sus chismes ni de sus fábulas falsas de amores iniciales. En la clase yo tenía siempre reservado mi lugar en la axila de un rincón, convenientemente separado de los demás por un espacio en blanco, sin pupitres. Hice la carrera a distancia. Me declararon inútil en el servicio militar por pies planos y exceso de dioptrías, pese a que yo quería compartir con mis quintos el desagrado del encierro. Heredé de mis padres un chalet grandísimo, situado en el vientre de un páramo, un poco alejado de la civilización, al que me fui a vivir inmediatamente una vez conseguido mi primer empleo: programador y corrector de una página web. Por supuesto, el trabajo lo desempeñaba desde mi casa. Conocí a Lucía en un chat. Me casé con ella, empecé a salir más y recobré el sentido de la amistad.
Conocí a Luis Flores debajo de la cama de matrimonio de nuestra habitación. Luis tiene casi mi edad, así que salvadas las reticencias generacionales y recompuesto su gesto después de sorprenderle desnudo bajo nuestra cama, le propuse una copa de coñac, que degustamos cálidamente bajo el humo espeso de un Montecristo del cuatro, que también le ofrecí gustosamente. Charlamos hasta las tantas y descubrimos que compartíamos muchas aficiones en común. Después de concluida una partida de ajedrez, que ganó él (Luis es un gran estratega), me dijo que se tenía que marchar, que era ya muy tarde. Me negué en rotundo a que condujera por la noche, después de haber ingerido tanto alcohol, y le invité plácidamente a que compartiera esa noche nuestra humilde vivienda. Le cedí mi plaza de cama, porque a un invitado se le agasaja con lo mejor. Yo dormí esa noche en el sofá.
En cambio, a Pedro Gonzalo le encontré acurrucado en un rincón de la terraza, aterido de frío, tiritando, al borde de la congelación, porque en esas fechas el frío es como un homicida lento y parsimonioso. Le reñí tibiamente y le insté a que me explicara cómo se le había ocurrido salir a la terraza con lo bien que se estaba frente a la chimenea. Le preparé una sopa calentita y le obligué a tomar un cálido café para que entrara en calor. Hablando con él, llegamos a la conclusión de que nuestros padres habían sido vecinos en la infancia y quizá también algo parientes. Nunca se sabe dónde puede encontrar uno a su parentela. Pedro no quiso compartir la noche en nuestra casa (tenía una cena inapelable con su esposa), pero quedamos para ir a pescar el día siguiente.
Nadie conoce las ventajas de disponer de una esposa como Lucía. El fontanero y electricista (algunas personas poseen la suerte de compartir dos oficios) no nos quiere cobrar las facturas. Claro, que yo creo que abusa. Por lo menos, le veo en casa dos veces a la semana, desde hace más de un mes. Su defensa es manifestar que la instalación eléctrica está muy deteriorada y que las cañerías andan ya muy carcomidas por la humedad. Cuando le exijo que me cobre la deuda, se niega en rotundo. Yo le veo con ese mono embrutecido de mugre y la cara y las manos empañadas de óxido, y me da pena. No conozco a nadie que trabaje sin cobrar, por eso, como no acepta dinero, le he comprado un reloj de oro y un cartón de Marlboro para subsanar el débito.
Mi mejor amigo desde que conozco a Lucía es Pablo Casares. Pablo es el jefe de Lucía. Lucía es su secretaria. La primera vez que le vi, reconozco que me acometió una especie de prudencia, porque es un hombre muy educado y muy digno y no quería yo que algo que dijera o hiciera perjudicara laboralmente a Lucía. Ya se sabe, con los jefes hay que tener cautela. Después de esa primera impresión, todo marchó a las mil maravillas. Viene frecuentemente a comer, a cenar, pasa con nosotros intensas veladas de risas y vino. Da gusto verlos retozar en la piscina, regalándose aguadillas cariñosas y arrumacos dulces. Da gusto comprobar que un jefe y una empleada congenien tan bien. A mí me ha aportado muchas cosas. He podido disfrutar de la sabiduría de un hombre tan experimentado y avezado en anécdotas vitales. Me ha enseñado a cazar la perdiz y he aprendido a degustar la caricia de la brisa y el aroma de la altamar cuando salimos de travesía en su velero. Sé que Lucía está en buenas manos cuando Pablo la requiere para esos viajes de negocios que acostumbra.
A Lucía ahora le ha dado por patrocinar a un equipo de rugby. Es una mujer emprendedora y dinámica. No se contenta con subvencionarles los desplazamientos y lavarles sus ropas sucias, sino que acude con ellos a todos los partidos (fuera y dentro de nuestra localidad) y luego, pierdan o ganen, los honra
con una parrillada en el jardín de nuestra casa. Yo me entiendo muy bien con todos ellos, y aunque tengan esos aspectos tan fieros y tan corpulentos, en el fondo son como almas de cántaro. Son líderes de su liga y atribuyen este éxito a la presencia divina de Lucía. Es su musa y el espíritu del equipo.
Son muchas las personas (siempre del género masculino) que he conocido por mediación de Lucía. Me gusta hablar de arte con Klaus, un pintor novel con aires de bohemio famélico, que se está especializando en retratos al natural de Lucía. Es admirable conocer la tensión poética y la visión metafórica de la vida de Gustavo, un poeta sevillano que nos visita los días de luna llena. Pero, en cambio, con Martín, el adolescente tímido y sobrino de Lucía, que se ha mudado estos días a nuestra casa, advierto que nuestra amistad es imposible. Me mira como atemorizado y evita mi presencia cuando puede, como si le hubiera hecho algo. Quizá sea por la diferencia de edad.
Narración: Juan Carlos Fernández León
(Premio Ediciones Beta de Relato Corto 2007)
El Más Allá y Otros Relatos
Voz: Llum Samuell Pascual
