Fernán Caballero y Cecilia Böhl de Faber
Sevilla tiene un color especial. Lo pensaba aquella noche, calurosa y seca, que paseaba por los alrededores de La Maestranza. Hacía mucho tiempo que todos los bares, chiringuitos y locales en los que se podía tomar un café o comer unas tapas de pescadito frito, habían cerrado. Y esa había sido la causa de que decidiera dar ese paseo nocturno, encontrarme cara a cara y en silencio y soledad con la esencia de la Sevilla monumental.
Durante media hora había recorrido calles peatonales, grandes avenidas y los alrededores de la catedral. No había visto ni un alma. Nadie parecía estar despierto aquella noche de mayo. Por eso cuando me encontré en una calleja estrecha a un hombre mirando los azulejos de un bar taurino, primero me sorprendí y luego me alegré de que hubiera alguien más como yo. Alguien que necesitara la soledad de la noche para contemplar las maravillas de una hermosa ciudad.
- Buenas noches amigo. – Me aventuré a saludar. – Bonita noche para pasear.
El hombre me miró y sonrió. Vestía un traje de rayas, zapatos de charol bruñido y un hermoso sombrero de fieltro. Su cara barbilampiña tenía bien definido el contorno de los labios, así como perfectamente perfiladas las cejas. Me gustó su sonrisa.
- Quizá un poco calurosa, pero realmente es una noche hermosa. – Tenía un ligero acento francés, que procuraba ocultar hablando bajo.
- Bonitos azulejos.
- ¿Sabe?, este local ya estaba aquí hace más de cien años y en él imaginé como La Paloma embelesaba a toda la aristocracia sevillana con su voz. – Yo no le entendí pero asentí con la cabeza, temeroso de que se tratara de un loco y arrepintiéndome de mi osadía al haber entablado conversación con él.
Él pareció adivinar mis pensamientos y amplió su sonrisa que me siguió pareciendo franca.
- ¡Oh! No tema. No estoy loco, sencillamente estoy haciendo un ejercicio de nostalgia. Hace mucho tiempo escribí un libro, cuya protagonista La Paloma, se traslada a la gran ciudad y a la vez que triunfa cantando ópera, su matrimonio se deshace cuando se enamora del torero Pepe Vera, héroe de muchas tardes en La Maestranza.
Yo me volví a relajar y sin darme cuenta comencé a caminara junto al hombre. Durante un rato lo hicimos en silencio. Después él volvió a hablar. Me dijo que hablaba bajito para que no se notara tanto su acento, pues en el pasado le había traído problemas, sobre todo porque supo entender y escribir las costumbres españolas mucho mejor que la mayoría de los escritores patrios de la época. Yo por mi parte me disculpe y le dije que lo sentía mucho pero que creía, que no conocía el libro del que me estaba hablando.
- Se titula como la protagonista, “La Paloma”. – Y me miró esperanzado.
- No, lo siento. – Y con la cabeza agachada, negué triste.
- No importa, supongo que ha pasado mucho tiempo.
Al llegar a una bifurcación de calles, me dijo que era el momento de separarnos y me tendió la mano. Yo se la acepte. No fue un apretón vigoroso, sino suave y cálido, como el de dos seres que durante unos momentos han compartido mucho más que un paseo.
- Antes de que nos despidamos. ¿Me puede decir su nombre? Así quizás pueda subsanar mi error y comprarme su libro para leerlo.
- Mi nombre. – Y durante unos instantes, dudó. – El libro, lo más seguro es que siga publicado bajo el seudónimo de Fernán. Pero mi verdadero nombre es Cecilia. – Y con un cautivador y ensayado movimiento se quitó el sombrero dejando que su larga cabellera rizada, bailara y brillara a la luz de las farolas. – Me ha gustado mucho conocerle.
Y se marchó. La vi alejarse, disfrazada de hombre, como cuando escribía. Yo regresé a mi hotel. Sevilla tiene un color especial.
