“Escribió un Epitafio: Dijeron que se Creía Difunto”
Anoche mi amigo Tito me narró que cuando despertó, no sólo el dinosaurio estaba allí, sino también un montón de ovejas negras, todas las que habían matado sus compañeras blancas, para luego arrepentirse y convertirlas en estatuas a las que rendir homenaje.
Anoche mi amigo Tito me contó que desde allá arriba vio como un rayo cayó dos veces en el mismo árbol, pero luego el rayo le dijo que se deprimió mucho porque había sido innecesario.
Anoche mi amigo Tito me confesó que quería ser Rana, pero una Rana auténtica, no como sus personajes que se disfrazan de moscas, perros, jirafas o simples aspirantes a escritores, pero que en realidad no lo son.
Anoche Tito lloró cuando le llamé Augusto para explicarle que estaba muerto. Primero de incredulidad, porque aseguró sigue imaginando relatos, y los muertos, dice él, no tienen imaginación. Después de rabia, cuando tuvo la certeza de que sí, de que estaba muerto, porque su vida le había parecido más breve que el más breve y famoso de sus relatos. Lloró de pena, luego, por no haberme creído siendo yo su amiga.
Por último, lloró de desasosiego: “en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros…lo único malo es que aquí el cielo no se ve”.
Dedicado a mi amigo Mario, narrador y compañero de sección, porque me contó que el micro relato del dinosaurio no le dejaba ver el magnífico bosque de relatos de Augusto Monterroso.
Augusto Monterroso nació en Tegucigalpa en 1921 para quedarse para siempre en el centro de la fábula. Adolescente se trasladó con su familia a Guatemala y después se vio obligado, por motivos políticos (ya que sus fábulas eran consideradas peligrosas porque hacían pensar) a instalarse en México des 1944 hasta su muerte, en 2003.
