La Ciudad del Renacimiento
Existen ciudades poderosas, bellas, misteriosas, o delicadas, capaces de captar los sentidos de quien llega hasta ellas sin que pueda ser evitado. Mas la representante por excelencia del Renacimiento, es Florencia a mi entender. En ella confluyen las artes más refinadas, y las obras escultóricas de mayor relevancia que se puedan hallar en cualquier parte del mundo.
Allí y no en otra parte es donde renace el hombre, donde muere la oscuridad y sale a flote lo mejor del ser humano escondido por siglos bajo la barbarie de La guerra. Pasear bajo los arcos ojivales que se adelantan en balconadas abiertas a las calles, adornando edificios de varias plantas, supone traspasar los límites de lo permitido en el tiempo en que el hombre se desligaba del yugo cruel de la religión dominante.
Al llegar a la Plaza de la Señoría sentí que mi alma se relajaba como si en realidad regresase a casa. En ella campa el David de Miguel Ángel, bueno en realidad una muy buena copia, pero el efecto que causa es de una impresión fantástica que se presenta de repente, sin previo aviso. Junto a él reina Neptuno y el edificio en sí, impone su presencia sin desmerecer a quien lo guarda como varón guerrero, vencedor de Goliat.
Visité en primer lugar la galería en la que se exponen las obras del más genial escultor que como tal admiro. Entrar en aquel sitio me produjo una subida de adrenalina que nadie que no sea escultor y admirador de Miguel Ángel se puede imaginar. Un pasillo flanqueado por estatuas de Mármol de Carrara y granito, responden por el autor a las preguntas de quienes ven con los ojos de la imaginación. Pero la obra central que luce bajo la media cúpula, es el David. Di varias vueltas a su alrededor y miré las manos de aquel muchacho, con unos dedos que dicen de la incultura de quien fue capaz de romperle dos de ellos, y acaricié con los ojos, las piernas que me pareció se movían del pedestal. La curvatura de la espalda y los rizos del cabello, de corte más griego que hebreo. Ni un solo defecto.
Tras recrearme cuanto pude en él, salí dejando parte de mi sangre en sus venas y parte de mi alma en su cuerpo frío que semejaba latir. Crucé el puente medieval que concentra en su interior a los mejores orfebres del mundo, tallando oro y plata, adornando con perlas y brillantes, pulseras y colgantes que contienen el fuego mismo de la madre tierra. La seda abunda y las telas se extienden como alas de mariposas elegantes que ostentan sus colores. Al otro lado me esperaba un tesoro de los que nunca se olvidan, el Palacio Pitti. Tuve la gran suerte de poderlo ver sin que ni un solo turista estuviese dentro de sus cámaras. La fuente clásica con bellas esculturas se arrimaba al edificio que se alza como titán mítico. Y me perdí en el dédalo de corredores que conforman los setos jugando a los laberintos, para salvaguardar la intimidad de los caballeros que cortejaban a sus damas. Jardines tan grandes como la ciudad de Bilbao que se desenrollan como alfombras mágicas ante el visitante advirtiendo de su eterna vida y su frescor reconfortante.
Unas horas más tarde me metí entre el gentío que se agolpaba en el mercado de la paja, donde adquirí a buen precio una escultura de dos luchadores en mármol de carrara, y que aún hoy son el centro de mi salón, a pesar de su pequeño tamaño. En él escuché la voz cotidiana de los que compran y venden a diario, y de los que como yo miraban a éstos.
La luz de la primavera y el calor excesivo, me impelieron a visitar otro museo. Esta vez fue la galería de la ciencia y la técnica de Leonardo da Vinci, la que atrapó mi atención. En ella vi los amagos de un visionario que se acercó a siglos posteriores aferrando en sus manos el futuro, del que sería protagonista en distintos campos. Alas que no volaron jamás y que fueron las precursoras de las delta actuales, molinos de gran ingenio, y aparataje diverso, que crea admiración y da a ver cómo pudo ser el renacimiento de una raza obligada por las circunstancias a ser casi destruida por la espada. En Florencia vi cada disciplina artística fielmente reflejada como si de un espejo se tratase. Nada escapó en aquellos días a la mirada escrutadora de quienes poseían el talento.
Florencia, ¡ah Florencia! ¡Cuanta belleza derrochada en los ojos de quien la ve!
La Galería de los Ufficci, me ofreció doce salas de esculturas y más de treinta de pinturas que semejaban ser el paraíso hecho realidad. El patio se abre como agradeciendo ser visitado, y el sol penetra halagador entre sus arcos medievales. El color de las mejores paletas y de los mejores cinceles, deleita los sentidos embriagando con sus texturas, sus marcos dorados y los vapores de los elixires de los alquimistas, que no consiguieron la piedra filosofal, pero sí el paraíso en sus telas. La arcada de columnas que da a la plaza externa, gris y decolorada nada dice a quien la ve. Pero dentro se ocultan los tesoros que son patrimonio del que los admira.
La noche cayó sobre mí y me dirigí a la Plaza de la República donde unos toldos cercaban la cafetería restaurante en la que una joven de no más de veinte años, cantaba con voz de diva canciones diversas. Me senté y cené con sus notas acariciándome los oídos, con el olor de la carne de la pampa, y vino de Italia en el paladar. La luz de las farolas iluminaba escasamente la plaza, dejando que ella, la cantante fuese la estrella que alumbrase mi velada.
Soñé con ser uno de aquellos mercaderes que importaban ricas mercancías del Oriente Extremo, marfil, oro, perlas y rubíes de Ceilán. Echado entre cojines al estilo de los que cerca, en el mismo mar, admiraban el vientre de la mujer que bailaba al son de los instrumentos de cuerda, al amparo de la techumbre de uno de los vetustos palacios de la Florencia renacentista.
